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MIGUEL DE UNAMUNO

Mr. H. G. Wells, el novelista inglés, nos es profundamente simpático por lo mismo que es antipático a casi todos los idiotas. Y aquí conviene que definamos esto de idiota -en griego: hombre particular, o privado- diciendo que es el que no tiene más que sentido común, el que no discurre más que con lugares comunes y que por tanto odia las paradojas. Mr. Wells forjó paradojas y hace luego juegos malabares, malabariza con ellas, y cuando, al fin, esas paradojas han logrado entrar en el sentido común de los idiotas, éstos las convierten en lugares comunes, las clasifican y etiquetan y las meten en unas cajitas donde las tienen guardadas para enseñárselas a sus hijos.

A Mr. Wells le preguntaron por los seis más grandes hombres de las historia y en vez de mandarle a paseo al humorista -o caso idiota, si tomaba la pregunta en serio- que se lo preguntó, contestó diciendo que eran Cristo, Buda, Aristóteles, Asoka, Roger Bacon y Lincoln. ¿Verdad que es divertido? Y ello ha servido, por lo menos, para que muchos se hayan preguntado: "¿y quién fue Asoka?" Lo cual, lector, debe importarnos muy poco. Dejemos, pues a Asoka.

Esta divertidísima, humorística y paradójica respuesta de Wells a una pregunta divertidísima, humorística y paradójica ha dado motivo a que otros escritores hayan terciado y escrito cosas bastante divertidas también. Y Wells, a su vez, ha replicado y al replicar se ha metido con Shakespeare. Que en Inglaterra es peor acaso que meterse con Cristo y tan grave como meterse con Cervantes. ¡No siendo los cervantistas que se meten con él a cada paso y le dejan al pobre!... Pero lo que no se le ha ocurrido a Wells, y eso que es ocurrente, es si Buda no es creación de algún Shakespeare indio, si tiene más realidad histórica que Hamlet, como Aquiles creación de Homero o de quien sea, y el mismo Cristo, según algunos... impíos ¡claro! creación poética, mito, de alguna comunidad judía.

Y cuenta que al decir que acaso Buda no tenga más realidad histórica que Hamlet no es que se la neguemos, sino todo lo contrario. Los que conocen nuestra filosofía de la historia -"anch´io sono pittore"- expuesta en nuestra Vida de Don Quijote y Sancho -cuya tercera edición acaba de publicarse- saben que creemos que Don Quijote y Sancho tienen más realidad histórica que Miguel de Cervantes Saavedra -y más que la del que esto escribe- y que lejos de ser éste, Cervantes, el que creó a aquéllos, son ellos los que crearon a Cervantes. Y vamos a emprender una campaña para que se canonice a Don Quijote, haciéndole San Quijote de la Mancha. Y si la Iglesia Romana, que ha canonizado a no pocos sujetos poéticos de menos realidad histórica que Don Quijote, se opusiera a ello, podría ser llegado el momento del cisma y de constituir la Iglesia Católica -es decir, Universal- Española, Quijotesca.

Hay quienes viven en un mundo de hielo, de agua sólida o congelada, con nubes, o sea agua en estado nebuloso y a las veces vapor, encima entre el documento histórico y la pseudo leyenda. Y estos tales no se dan cuenta del agua líquida, fluyendo de los ríos y arroyos que arrastran témpanos y de donde brota bruma. No tienen sentido histórico.

Si al que esto escribe se le preguntara por los seis más grandes hombres de la historia española, sabría responder, pero obligado a ello, no omitiría Don Quijote, Sancho Panza, Segismundo, Don Juan Tenorio, Pedro Crespo, San Isidro Labrador y... ya van seis y es lástima que no quepan el Cid, Pizarro, Prim y otros mitos más.

Dicen que Simón Bolívar -¡otro mito!- solía decir que los tres grandes majaderos de la historia habían sido Cristo, Don Quijote y él, Bolívar. Y teniendo en cuenta que majadero es un instrumento para majar, resulta que el dicho, por más que a un cristiano irreverente pueda parecerle irreverente, no está mal, pues ¡cuidado con lo que majaron Cristo, Don Quijote y Bolívar!

Y una de las cosas que prueban mejor la genialidad paradójica -aunque de no ser paradójica no sería genialidad- de Bolívar, es que se puso al lado de dos a quienes él debía de creer míticos, pues Bolívar, que habría leído a Volney, no estaría muy seguro de la realidad histórica del Cristo al modo que la entienden los idiotas.

No hace mucho que un amigo nuestro que acababa de leer la formidable novela de Emilia Brontë, titulada Wuthering heights -traducida y publicada recientemente en español con el título de Cumbres borrascosas- nos preguntaba que de dónde pudo sacar a Heathcliff, ese prodigioso ejemplo de pasión trágica, aquella pobre muchacha, hija de un pobre clérigo, que murió soltera a los treinta años en un pueblecito inglés. Y le dijimos que Emilia Brontë sacó esa su tormentosa criatura de donde todo creador las saca, de sí misma. O más bien que fue Heathcliff el que hizo a Emila Brontë.

Pero es la misma Emilia Brontë la que nos lo dice en el último hermosísimo poema que escribió. "Oh Dios de mi pecho; todo poderosa, siempre presente Divinidad! ¡La vida -que en mí tiene descanso- como yo -vida inmortal- tenemos poder en Ti!... Con amor que mucho abarca tu espíritu anima los eternos años penetra e incuba arriba, cambia, sostiene, disuelve, crea y cría. Aunque la tierra y el hombre se fueran y los soles y los universos dejaran de ser y te quedaras Tú solo, cada existencia existiría en Ti." La que escribió esto era una creadora, una poeta -mejor que poetisa- y cada verdadera existencia, cada acción que es pasión, vive en el Creador, así cada criatura de pasión y de amor como Heatchcliff vive en quien la creó. Y como Heathcliff vive y vivirá, vive y vivirá Emilia Brontë. Y muy de otro modo que como se lo figuran los idiotas.

El deán Inge -deán de la catedral anglicana de San Pablo, de Londres, de quien os hemos ya más de una vez hablado-, dice de esas palabras de Emilia Brontë moribunda que parecen contener "una verdadera filosofía" y añade: "Esta concepción de la relación de Dios al mundo es también la de la Iglesia Católica y ha sido defendida por una larga serie de filósofos cristianos que no me parecen inferiores en agudeza y penetración a los más celebrados pensadores modernos desde Spinoza hasta nuestros días". Pero no estamos muy seguros de que esa concepción de la Brontë "sea la general en la Iglesia Católica, ni mucho menos. Más se parece a la del propio deán Inge. Porque los Idiotas de la iglesia -y en ésta como en cualquier otra congregación los idiotas son los más- los que no tienen más que sentido común, como carecen de sentido propio y de pasión propia, no pueden concebir, ni menos sentir, esa especie de inmortalidad. Esa la siente un Heathcliff. Es decir, una Brontë". Para los idiotas, para los del puro y recto sentido común, no hay más que una inmortalidad común, una comunidad inmortal. Como no tienen más que individualidad corpórea, al deshacérseles el cuerpo se les deshace la individualidad. Y nada pierden.

Vamos a consultar con Bolívar, que ¡claro! sigue viviendo, nuestro propósito de hacer que la España Máxima canonice a don Quijote. Y no vayan a creer los semi-idiotas -que son peores que los idiotas puros- que se trata aquí de nada de espiritismo, ¡no! Para ponernos al habla con Bolívar no necesitamos espiritismos. Vamos a hablar con él en español claro y recio y no en ninguna clase de esperanto y vamos a hablar con él a solas, alma a alma, sin comunidad ambiente que nos estorbe. Y estamos seguros de que aprobará nuestro proyecto, con la condición ¡claro está! de que luego se le canonice a él también y le hagamos San Simón Bolívar. Y os aseguramos que ambos, San Quijote de la Mancha y San Simón Bolívar tendrán más realidad histórica que pueda tenerla aquel don San Diego Matamoros de que hablaba don Quijote.

(Se admiten adhesiones).

M. Unamuno

Publicado el 15 de abril de 1923 en La Nación de Buenos Aires

MIGUEL DE UNAMUNO

10 noviembre 1905

Sr. D. Ricardo Palma

Mi buen amigo: Adjunto carta que quiero que haga llegar al joven José de la Riva Agüero, cuya tesis acabo de leer. Aunque ya en mi carta le felicito, felicítele usted de mi parte. Pocas veces he leído un trabajo en que se revela mejor buen sentido, más independencia de juicio y más sereno sentido crítico. Y además la tal tesis me viene de perillas, pues ha de servir para un largo artículo en la Esfera, en que tomando pie de lo que el joven Riva Agüero dice, diga yo, por mi parte, muchas cosas que me bullen cerca de las literaturas hispano-americanas, de su carácter y originalidad, de su mayor o menor hispanismo, de afrancesamiento, etc. y también acerca de usted y de sus deliciosas Tradiciones y del Sr. González Prada.

Al final de un despiadado estudio que dedico al horrible libro del Sr. Vicuña Subercaseaux La ciudad de las ciudades (modelo de snobismo afrancesado) hago ya honrosa mención de la tesis del joven La Riva Agüero y anuncio el estudio que he de dedicarlo.

A otra cosa. El silencio que acerca de ello guarda usted en su nota, me hace sospechar que acaso no ha llegado a sus manos el ejemplar de mi Vida de Don Quijote y Sancho que en el mes de mayo le remití. Dígamelo para que repita el envío. Es mi obra y va, aunque poco a poco, abriéndose camino.

Otra cosa más. Me interesaría poder tener ahí un librero con quien entenderme directamente y a quien encargar de la propaganda y venta de mis libros en esa república, en las condiciones que él estimase convenientes. ¿A quién me recomienda usted? Me gustaría enviarle pronto alguna remesa de mí ya citada Vida de D. Quijote y Sancho, mi obra capital.

De quien nada sé es de su hijo D. Clemente. Dígale que me dé señales de vida, y que sepa yo de sus andanzas y fortunas.

Usted sabe que de veras le estima su amigo y atento lector

Miguel de Unamuno

MIGUEL DE UNAMUNO

De caballero andante a capitán de almas

Miguel de Unamuno no es el primero que ha estudiado a Don Quijote. Recuerdo haber leído, entre otros, un ensayo de Turghenief, en el que se comparaba al héroe manchego con el conocidísimo príncipe de Dinamarca que sirvió de vocero al alma del gran Will.

El libro de Cervantes, como todos -como, por ejemplo, la Odisea, las Mil y una noches y los Viajes de Gulliver- puede darse a los niños para entretenimiento y puede servir como texto a un filósofo, para una teoría acerca de la vida. Está en él la corteza, el sentido literal, que agrada al gusto de los niños de diez años y a los doctos de sesenta, y está en él, el germen, la substantificque mouelle, que cita Rabelais, y que tan sólo los hombres suficientemente grandes, para no sentir contrariedad por bromas y absurdidades, pueden sorber hasta el fin. ¡Cuánta sabiduría existe para quien la supiera buscar, en la literatura popular burlesca de todos los países y de todos los siglos! Tras las facecias, los chistes graciosos, hallas a menudo la sátira exacta; al final de aventuras inverosímiles, una crítica de la realidad, en medio de la locura más escandalosa, das con la revelación imprevista de alguna verdad paradojal más exacta que muchas sentencias ratificadas por los autorizados. Podríase construir la filosofía de los espíritus sencillos, de los pobres de espíritu y de los demasiado listos, que no tendría de qué avergonzarse en la comparación con la de los laureados. Francia nos daría su inmortal Monsieur de La Palice, su Jocrisse, su Bobèche y el infeliz Prudhomme; Alemania, el aventurero Simplicissimus, el valiente barón de Münchhausen y ese sucio burlón que es Till Eulenspiegel; Inglaterra, el capitán Gulliver y Tristan Shandy; Turquía, su loco nacional Nasr-Eddin e Italia no quedaría a la zaga con su Bertoldo, su motejador Piovano Arlotto y con esos viejos arcatori (bribones) que se nombraron Gonnella y Basso della Penna.

España exhibirá a don Quijote con su fiel amigo y escudero Sancho, y bastaría ampliamente para su gloria. Don Quijote no es ya, tan sólo, el personaje de una novela, la feliz invención de un encarcelado genial. Pertenece, como Ulises, como Farinata, como Hamlet, como Gulliver, como Fausto, como Don Abbondio, a esa raza humana que no tiene descripción en ningún manual de antropología, pero es más vital que los otros cinco, tanto que sus ciudadanos han podido esperar la inmortalidad. Estos seres que nunca fueron de carne tienen un alma en la nuestra, tienen hasta un cuerpo en nuestra fantasía; conocemos sus hábitos y aptitudes; conocemos sus pensamientos, sus gustos, y adivinamos lo que harían y dirían en circunstancias dadas. Encarnan, gracias al soplo divino que dio a ellos el arte de sus padres, un lado, un carácter, un aspecto de la humanidad. Son tipos eternos, ideas platónicas; protagonistas del drama espiritual, y por eso más "verdaderos" que los hombres que nos pasan al lado y que poseen ficha individual en los registros del censo.

Si consideramos el libro de Cervantes literalmente, hallaremos una sátira literaria, una novela picaresca de primer orden, entretejida de cuentos; pero si arrancando de esta comprobación empírica sabemos introducirnos en los subterráneos de la obra e ir más allá -acaso- de las intenciones del autor, descubriremos bajo esas historias risibles, bajo esas chanzas irónicas y esas absurdas conversaciones, una de las más poderosas visiones de la tragedia humana. Desde hace casi un siglo la alta crítica cervantina se ejercita en este sentido y más de un ilustre exégeta de significados espirituales ha creído poner dique a las interpretaciones. Quien hiciera el relator de la humanidad podría actualmente compilar ya para Don Quijote un libro semejante al que Lichtenberg consagró a los múltiples hallazgos relativos al Fausto goethiano. Hemos visto un don Quijote símbolo del espíritu y un Sancho Panza símbolo de la materia; un don Quijote expresión de la aristocracia idealista y un Sancho Panza representante de la plebe positivista; un don Quijote símbolo del optimismo heroico y un Sancho Panza encarnación del pesimismo desilusionado. Se ha visto en el discurso del caballero a los cabreros un manifiesto comunista y en las justificaciones de Roque Guinart, un pre-anuncio del anarquismo: los molinos de viento se han vuelto la pre-representación de las máquinas modernas destinadas a aterrar la medieval civilización de la caballería y la rústica Dulcinea del Toboso, mondadora de granos, ha aparecido como una cruel parodia de las vírgenes de las cortes de amor, como la victoria de la sensualidad verista sobre el madrigalismo platónico de la lírica provenzal y del dolce stil nuovo ya en boga -merced al Petrarca- en la península occidental.

Todas estas interpretaciones -y otras más que no nombro- son, aunque diferentes entre sí, todas verdaderas. Verdaderas, se comprende, de aquella verdad que no puede ser medida con el metro de la lógica y demostrada mediante teoremas. Una creación artística vital y resistente como Don Quijote puede ser tan infinita cuan eterna es. Cada espíritu puede enriquecerla con algo propio sin deformarla, puede hacerle hablar sus mismas palabras y hallará siempre textos que refuercen y vigoricen con pruebas la propia intuición. Siendo literalmente viva, puede transmutarse de mil guisas, como todo lo que vive; existiendo, sin duda, en Don Quijote, como en la tierra y en el cielo de Shakespeare, muchas cosas que no ha alcanzado aún nuestra filosofía.

El último es, según mi parecer, el más afortunado y profundo entre todos los exégetas de Don Quijote: Miguel de Unamuno.

Unamuno nació en 1864 en Bilbao -Vasconia- y comenzó a escribir desde muy temprano. Su Vida de Don Quijote y Sancho Panza es la más célebre y la más significativa entre sus quince obras. Este rector de la Universidad de Salamanca es todo a la vez: poeta lírico y trágico, ensayista múltiple, sociólogo de fibra y filósofo sin miedo. Dejando a un lado la literatura pura, es el espíritu más representativo de la España de nuestros días. Es para su país algo semejante a lo que fueron Carlyle para Inglaterra y Fichte para Alemania. Su actividad de apóstol espiritual, que comenzó a desplegarse después de las amarguras y los desalientos de las derrotas causadas por los norteamericanos, tiene de hecho alguna relación con la de los animadores teutónicos. Trata él, como Fichte, de volver a elevar, mediante una fuerte disciplina mental, sacada de las tradiciones más intactas de la pasada vida ibérica, los ánimos debilitados de sus conciudadanos, y se vale como Carlyle de la ficción y de la lírica, porque su pueblo, que no tuvo filosofía propia y que desde tan luengo está fuera de las mayores corrientes europeas, vuelve a hallar en el idealismo moderno nuevas razones de vida más intensa y de grandeza más pura.

Este comentario a la obra maestra de su literatura es el más animoso mensaje de su apostolado nacional. Don Quijote ha sido resucitado en una atmósfera de espiritualidad, en un mundo de conceptos típicos y místicos; pero entrambos, atmósfera y mundo, son rígidamente españoles; más, vascos si queremos y tanto como castellanos. En este libro existe un Don Quijote ideal, idealizado, transfigurado, que guarda con el de Cervantes la sola concordancia de las acciones exteriores; pero semejante vivificación que lo magnifica no está hecha por un filósofo extranjero y cosmopolita que ve en el santo caballero ideas abstractas y universales, creadas para toda época, para todo país y para todo cerebro, pero sí por un poeta-filósofo-místico-español, nacido en la misma tierra de su héroe, cristiano como él, loco como él, y que vislumbra, en la esencia del quijotismo, la verdadera puerta maestra para entrar en el alma misma de su patria. Por eso esta obra no es tan sólo el comentario apasionado de una obra maestra, sino que es al mismo tiempo un ensayo de psicología de la raza española en uno de sus más sublimes momentos.

Unamuno no ve a su don Quijote tan solitario como puede imaginarlo un extraño. No es un loco, no es un anormal, no es un segregado. Como todos los biógrafos, también Unamuno parangona su héroe con otros héroes, y éstos se llaman el Cid, Santa Teresa, Pizarro, Ignacio de Loyola, sobre todo Ignacio de Loyola.

No hay que asombrarse de estos acercamientos. Unamuno se atreve con otros más tremendos: pone al caballero de la triste figura al lado de la sombra del Crucifijo, y más de una vez nos muestra de qué medios estupefacientes se vale el loco hidalgo para realizar, mejor que muchos cristianos, las enseñanzas de Jesús...

Pero el mellizo de don Quijote es, para Unamuno, el creador de la Compañía de Jesús, el caballero errante de la fe, el antiguo soldado del mundo, que quiso volverse - y lo logró- capitán de almas. En esto el don Quijote de Unamuno es profundo, pues no es monocorde, no tiene un carácter solo, no personifica una idea fija. El vasco trata al manchego como a una auténtica personalidad histórica, como a un santo laico, del que Cervantes hubiese sido el único e imperfecto evangelista. Por eso no reduce su figura a un esquema unitario, quitándole y despedazándole el cuerpo que el arte le ciñó, sino que, al contrario, no satisfecho de lo que el libro da, añade en lugar de quitar, allí donde el viejo historiador calló o no dijo lo suficiente. Presa total de don Quijote, Unamuno no habla de Cervantes sino para reprocharle indirectamente el no haber comprendido a su héroe. El veterano de Lepanto es para él un interpretador necesario, y tan sólo por esto lo tolera.

El moderno biógrafo, a pesar de seguir fielmente capítulo por capítulo al biógrafo antiguo, no se presenta una vida mucho más complicada y completa que la que le sirve de texto y de cartabón; nos da la vida externa, explicada, justificada e ilustrada por lo interior.

Don Quijote es para Unamuno el espíritu humano que se acrecienta y ensancha en la locura, en el abandono al propio destino, en la búsqueda de la gloria y de la grandeza, y es, al mismo tiempo, el símbolo vivo de su raza, el sucesor y el compañero de aquellos idealistas valerosos y pugnaces y de aquellos cristianos místicos y enamorados, que constituyeron, en el pasado, la más verdadera nobleza de España.

Existe un pasaje en el comentario de Unamuno que ilumina singularmente esta repetida identidad. Narra, repitiendo a Cervantes, la manera como nuestro caballero, habiendo dado con algunos mercaderes toledanos, se plantó ante ellos, queriendo que atestiguaran que no existía en todo el mundo mujer más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

"Es ésta -comenta Unamuno- una de las más quijotescas aventuras de don Quijote, es decir, una de aquellas que elevan más alto el corazón de los redimidos por su locura. Esta vez don Quijote no busca contienda para defender a un necesitado o enderezar un entuerto o reparar una injusticia, pero sí en defensa y conquista del reino de la fe. Quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones mercantilizados veían solamente el reino material de las riquezas, que existe un reinado espiritual, redimiéndolos así a todas costas.

"Los mercaderes no se dieron por vencidos a las primeras, y, reacios a los discursos, acostumbrados a lo ambiguo, estiraron la confesión, aduciendo como disculpa el no conocer a Dulcinea". Y aquí don Quijote monta en quijotismo y exclama: "Si yo os la hiciera ver, ¿qué mérito habría en confesar una verdad tan manifiesta? Lo importante es que, sin verla, creáis, confeséis, juréis y sostengáis. ¡Admirable Caballero de la Fe! ¡Cuán profundo es el sentido de tus palabras! Fuiste de tu pueblo -del pueblo español- que bien alcanzó lejanías con la espada en la diestra y en la siniestra la cruz, para hacer confesar a desconocidas gentes un credo que ignoraban. Sólo que alguna vez equivocóse de mano, levantó la espada y golpeó con el crucifijo". No podríase mejor, en pocas palabras, exaltar el verdadero carácter del héroe creyente y -al mismo tiempo- disculpar la ignorancia religiosa de los españoles y los horrores de sus conquistas de allende los océanos.

[...] Todos aquellos que quieran entender mejor al eterno Don Quijote y quieran acrecentar su amor para la infeliz y desconocida España, deben volver a ella, siguiendo la voz de este Unamuno, que está entre los más austeros despertadores de espíritus que existen hoy en el mundo.

Por Giovanni Papini

(Traducción de Atilio E. Caronno)

Publicado el 10 de diciembre de 1923 en La Nación de Buenos Aires

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - LIMA BASQUE CENTER

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sábado, 1 de agosto de 2009

Pedro Salinas "El polvo y los nombres"

Mucha y hermosísima extensión de la española, es tierra polvorienta. Para el esperanzado que aguarda llegada, el polvo es paraninfo: si se levanta, en el camino por donde los ojos atienden al advenimiento del viajero, es que ésta ya se acerca. Y en el momento del apartarse, cumpliendo función pareja a aquella de la hora del ajuntar, cuando ya ni los ojos se vean ni las voces se oigan, un jirón de polvo, alzado en el horizonte de la ida, no lo mueven —parece— ni cascos de bestia, ni ruedas de carruaje, sino la voluntad de adiós del caminante que se marcha, y que lo agita, pañuelo último, al viento.

Todos, gente de verdad y gente fingida, héroes de carne y de letra, en la España del xvi y el xvii, nacieron, se diría, fadados al caminar. Con sus barajas marcadas en la faltriquera, aprendices aventajados de tafurería, los mozos de la picaresca; recatadas en sus carros, a tumbos, bajo un sol de justicia, monjas fundadoras; gran fieltro de viaje en la cabeza, botas de baqueta, cabalgando arrogante el caballero que va con pretensión de hábito, a la corte; llevándose tras sí todos los ojos de las mozas, por su buen ver, ese doncel, que no lo es, sino ultrajada damisela, que corre, disfrazada, tras el ladrón de su honra; pastores con carga de penas y desdenes, arrumbados a la cueva de la hechicera, que les haga elixir de enamorar; traficantes castellanos, que bajan a las moraledas de Murcia, a traerse sedas. Y hasta la más extraña de las parejas, el sabio y el inocente, los que persiguen la luz del conocimiento, Critilo y Andrenio, corren mundo y se manchan de polvo, no de los libros, sino de las rutas de la tierra. Todos, andarines, jinetes, van y vienen con sus mercancías, y a sus negocios, celestiales o terrenales. Quiénes, a salvar almas con rosario a la cintura; quiénes, a jugárselas, o a perderlas, salteando por dinero, o desgarrándose del hogar paterno, por pasión de malos amores.

Si don Quijote de la Mancha, nuestro mejor diamante, recoge todas las luces de lo español, y las devuelve por esos mundos, en destellos de sin igual limpieza, será quizá por haber andado siempre al sol y al aire, al polvo de su tierra. Novela de polvo, lo sintió Flaubert, que jamás pisara suelo español, moviéndose entre los renglones, al andar de los personajes. Un episodio hay en el libro, donde el polvo llega a suma significación poética. Es el de los rebaños, tomados por ejércitos.

Materia del poema

Lo primero que ve el caballero es que por la llanura venía hacia ellos «una grande y espesa polvareda». En el acto lo tiene por don de la fortuna: su sed heroica le hace presentir fuente de aventuras en todo lo que vislumbra. Sancho, que no ve sino una y luego otra nube de polvo por el lado opuesto, está un tanto incrédulo. Lo que aconseja la experiencia al hombre que, como él, se fía para vivir, primariamente, del testimonio de los sentidos, es aguardar a que las polvaredas se acerquen; y entonces los ojos dirán, con conocimiento de causa, lo que tras ellas se oculta. Pero don Quijote se guía por otra facultad, la que no espera dictamen final de los sentidos: la fantasía, que apenas otea algo en la lejanía, se dispara hacia ello, y arrojándose sobre su forma vaga la infunde significación y la preña de soñada realidad. Porque para él las apariencias del mundo todas tienen su porqué: ninguna hay vacía.

A aquel árbol que mueve la hoja

algo se le antoja,

había dicho un exquisito poeta. Así siente don Quijote. Todo lo que asoma a la mirada, entre cielo y tierra, raro será que no tenga signo y no lleve su querencia. ¿Polvareda a la vista? Magna aventura en puerta, dice don Quijote. Y de aquella masa de polvo se apodera su imaginación, afanosa de sacar de sus indecisos contornos rasgos precisos; de erigir un mundo heroico en su aparente vacuidad.

Aun la niebla tiene líneas y se esculpe

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esculpamos, pues, la niebla.

Si el tiempo funcionara al revés, lo cual no estaría mal después de todo, diríase que don Quijote prestó oídos a este consejo de su gran secuaz, Unamuno. Polvo y niebla se asemejan, a los ojos, en alzarse en la atmósfera, cual vagas masas flotantes, coberturas confusas de algo que no se sabe, que se cela bajo sus mantos. Y don Quijote, en esta aventura, esculpe con su imaginación en el menor y más pobre, hermano seco de la niebla, en el polvo, inventando allí un magnífico friso épico, uno de los grandes sucesos que su anhelo de gloria le pide. El polvo es la materia de su poemática invención. En las dos polvaredas opuestas, que nada dejan ver de lo que las causa, descubre don Quijote dos grandes ejércitos arrostrados. «Toda es cuajada de un copiosísimo ejército», dice. Pero ¿cómo convencer a Sancho, convencerse él, convencer al lector, de esa verdad de su alma? Afirmándola por la palabra, creándola, por virtud del verbo: modelando allí, a golpe de nombres, figuras y tropeles guerreros.

Dos ejércitos son, asevera don Quijote. Van a pelear. Y para su alma noble, cualquier pugna, cualquier ejército, lucha siempre por el bien o contra él, son mesnadas de la justicia o del dolo: su esfuerzo está siempre al servicio de un ideal. Por consiguiente, no cabe neutralidad posible. Su deber, dice a Sancho, es alistarse con los menesterosos y desvalidos en este, de seguro, memorable encuentro que se acerca con el aproximarse de las dos polvaredas. Porque este loco tiene la suma locura de no hacerse el loco ante la violencia y la opresión de los hombres —a diferencia de los cuerdos de ayer y de hoy—; y se va, más y mayor locura, no con los que ofrecen promesa de ganancia, sino con los que llevan las de perder. Él, su fuerte brazo, variará las desigualdades de la lucha, y les hará triunfar.

Iluminado don Quijote de heroico entusiasmo, empieza su discurso sobre los ejércitos que ve en la polvareda; como primera chispa de la gran lumbre que empieza a nacer ante nuestra pasmada atención, salta el primer nombre que don Quijote da al adalid del ejército adverso: «este que viene por nuestra frente le conduce y guía el gran emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana». Empieza la doble aventura: el polvo se va a poblar de nombres. En su vaga, blanda masa, que todo lo acepta, el caballero inicia la obra prodigiosa de las palabras. Usándolas a manera de recurso mágico. Sabido es que el lenguaje tiene una época de actividad mágica. «Las estructuras verbales aparecen como entidades míticas, dotadas de ciertos poderes, y la palabra se convierte en una fuerza primaria en la que se originan ser y hacer», dice Cassirer. Si este estado mágico del idioma es luego dominado por el conceptual y racional, sobrevive siempre en muchos vocablos que usamos el antiguo misterioso poder: recuérdese la mujer, en el ejemplo de Vendryes, que siente aliviársele su dolor de cabeza cuando el doctor lo califica de cefalalgia.

Don Quijote, alma pura y primitiva, tiene confianza en la palabra, en su poder de realizar. Y ahora se va a poner a palabrar, ejercitando la lengua como «una técnica del deseo».

Esta feliz expresión de H. Delacroix condensa su idea de que hablar es, a veces, «asegurar al deseo su realización por los medios nacidos del mismo deseo». Explica esto el íntimo origen de este soberbio discurso que se nos vendrá encima, de labios de don Quijote. Puesto que él desea, con toda su alma, que tras el polvo haya, impacientes de victoria, dos huestes, lo que hay que hacer es llenar los ingentes mundos de polvo, de vocablos, de nombres, exponer a los guerreros ante los ojos y oídos asombrados de su escudero y de su lector. De esa manera, el caos, polvo sin formas, se hará mundo, mundo de heroicos ademanes. Que también esa función, convertir en mundo lo caótico, es propia, según los filólogos, del lenguaje, del habla divina.

El altillo

Ahí la tenemos, ya presto a ponerle nombres al polvo. ¿Pero semejante voluntad, no es idéntica a la del poeta? Carlyle tiene dicho que toda la poesía es poner nombres. Don Quijote, pues, se halla, ahora, en trance de poeta. Va a poetizar, a crear algo por medio del verbo inspirado. Lo cual ayuda a entender la frase que dirige a su escudero: «Retirémonos a aquel altillo que allí se hace desde donde se deben descubrir los dos ejércitos».

Le es al poeta necesario, primero, retirarse, recogerse, aunque sólo sea como se recogen los músculos del felino, para saltar mejor sobre su presa. La poesía y su lenguaje son asunto de nivel. Y luego, cambiar de nivel. El poeta es un hombre como todos, sí, cuando va y viene por el mundo de todos. Pero que se le anuncie el afán de poetizar, y habrá de separarse, alzándose de sus prójimos. Lo poético siempre ha llevado connotación de altura. En un monte de la Fócida se entronizan Apolo y las Musas. El soplo divino de la altura viene. Por lo que tiene lo poético de celestial, no se le puede esperar más que de arriba. Y por eso, nivel de poeta es nivel superior al común: no por arrogancia sino por obligación profesional. Don Quijote lo dice: allí se verán mejor los ejércitos. El poeta verá mejor cómo se despliega su poema en el futuro, elevándose sobre el nivel común de la vista. Y lo mismo ocurre con su lengua: siendo la poética la de todo el mundo, cuando la usa el poeta se cierne, pasa a otro nivel de tensión, que no es el de conversar o el enseñar.

En este pasaje cervantino, el concepto tan purpúreo, tan coturnado, tan altivo, de la inspiración, se enrosa de humildad y gracia, cuando don Quijote lo llama altillo. Porque para mí el caballero sube al altillo como el poeta al nivel de su inspiración; se hace así poeta que, ya trepado a esa altura, ve con claridad —puesto que sabemos hoy que la inspiración no ciega ni deslumbra con su raudal, sino que aclara y define— y siente que le afluyen a los labios las divinas palabras, los nombres de las gentes y las cosas, que ya brotan el poema.

El poema: los nombres

Este discurso poético de don Quijote ante el polvo tiene dos partes. En la primera se contrae a cantar nombres y títulos de caudillos de ambos bandos. En la segunda, a enumerar las distintas tropas que les siguen, las masas soldadescas.

Ya desde el capítulo primero de la novela hemos visto al hidalgo sirviéndose del nombrar, como de mágico utensilio de metamorfosis. Su paso de un mundo a otro, del lugar incógnito de la Mancha al universo de la fama, lo da por el puente del nombre que se pone: don Quijote de la Mancha.

Halla corcel adecuado para la empresa heroica, en un rocín viejo y huesudo, sin más que ponerle encima un apelativo sonoro y significativo: Rocinante. Y cuando se echa en recuesta de una dama de sus pensamientos y quereres, no buscará a la tal princesa por castillos ni cortes; es más, no correrá tras la persona, que lo que busca es un nombre, nada más que un nombre; en cuanto haya dado con él, Dulcinea del Toboso, que también corresponde a su sueño, ya puede la presunta titular de carne hueso hacer con ellos lo que le plazca, seguir invisible e incógnita: en su nombre es donde su enamorado la vive. Hasta de nombres sale armado: porque su morrión, que de eso no pasa, con cuatro remiendos que le pone, se cree autorizado a llamarlo celada, lo cual ya es bastante defensa.

También ahora, en el altillo, va a vivirse por arte del nombrar. Nombres estos que lanza al aire, dudosos y ambiguos. Cervantes, en ellos, vuelve a su estilo de la doblez de visión, de las realidades cruzadas, y que se desfiguran una a otra. Adelanto ya mi idea de que algunos de ellos son parodias mínimas, células de lo paródico, repitiendo así, en reducido, la intención confesada de la novela: burlarse de la caballería; y en su interior se representa el tema mismo del Quijote, la comedia trágica del despropósito, de lo dispar o el disparate. Examinemos algunas.

La primera, Alifanfarón: es un solo compuesto vocablo, dos factores se oponen y el uno ridiculiza, deshace al otro. Alí es corriente nombre árabe, que lo fue de héroes de novela, sin sombra de burla; pero al juntarlo al segundo miembro de la composición, el fanfarón, queda deformado y el tipo del adalid árabe desciende, por la vertiente humorística, a un adefesio finchado y vanaglorioso, a un Alí de burla. Otro es Pentapolín, de resonancias etimológicas ilustres. Bien podría ser señor de las cinco villas, poderoso y respetable, sin ningún resón de chanza; pero el diminutivo, ese modo de acabar con la altilocuencia de las cuatro primeras sílabas, en punta o rabo, achica al caballero de la grandeza que le confería el quíntuple señorío; como si se diera a entender que es poco, mínimo señor para tanta villa.

Otras veces los nombres imponen, por su largueza silábica y su magnificencia fonética: Micocolembo, Bandabarbarán. En ambos casos la retumbancia se apodera del oído. Sólo que dentro del primero, haciéndole fisgas, poniéndola en ridículo, están las dos sílabas iniciales, mico, actuando, en efecto, como un simio que con sus visajes se burla de la palabra en que se halla. El segundo nombre no usa más vocal que la a; el juego aliterativo a base de ella, y la consonante b, que aparece tres veces, con su pompa de oclusiva labial, da una sensación de majestad, de entereza, de noble señor; pero la alusión a barbarie, tan graciosamente usada como si fuese una forma verbal en futuro —barbarán— de no existente verbo, es la zancadilla en que tropieza para caer en lo cómico. Sonoro tetrasílabo con la elegante terminación aguda en én, es otro: Alfeñiquén. Por la hábil variedad de sonidos, elevación con que lo abre la primera sílaba, rotundidad con que lo cierra la última, satisfaría al oído por completo, como cumpliendo a un altivo capitán; pero es la significación, la mención de la pasta de azúcar, de la persona melindrosa que aparece hecha con ella, la que derrota miserablemente la arrogancia sonora, el orgullo de la fonética. Los dos valores del idioma: el sensual y el conceptual, aquí libran breve guerra civil. Como en casi todos esos ejemplos, una parte de la palabra sabotea el propósito de la otra.

Por si fuera poco, muchas veces añade don Quijote, al nombre propio, un mote, según el uso de las novelas de caballerías, de origen o de cualidad. Por ejemplo, Alifanfarón es señor de Trapobana. El nombre lo era en el siglo xvi de una isla de veras, la de Ceilán. Y no obstante, no hace falta saberlo y más vale ignorarlo para la intención de Cervantes, porque lo que prevalece en nuestra impresión es un mixto y cómico efecto de trapería y vanidad, de muñeco que completa a maravilla el ya anticipado en el nombre propio. Al famoso Brandabarbarán le cuelga un de Boliche. ¡Brandabarbarán de Boliche! Terrible condena: el personaje es arrastrado al fondo del ridículo, porque se le ata al nombre ese diminutivo despectivo de bola, un boliche, remate de mueble cama o silla, o término de juego, enemigo de toda idea de grandeza y terribilidad. Hasta las letras de los escudos de tales caballeros les hacen morir del mismo mal. Como la dama de Timonel de Carcajona se llama Miaulina, el escudo ostenta un gato de oro, con el mote Miau.

Cervantes se burla, sin duda. En otros lugares de la novela se entrega al mismo tipo de regocijo, forjando nombres de comicidad: Caraculiambro, la hechicera Mentironiana, la princesa Antonomasia, el caballero Paralipomenón de las Tres Estrellas, Micomicón y Micomicona. Y sin embargo, en la nomenclatura del mundo caballeresco no es nada difícil hallar nombres, puestos en serio, y con la misma descarga de involuntarias asociaciones cómicas por su extrañeza o petulancia sonora: ¿esa Pintiquinestra, de Amadís, ese don Cirongilio de Tracia, no valdrían como modelos, en serio, de estos otros nombres paródicos? También aquí Cervantes nada entre las aguas de la seriedad y de la burla, aficionado ferviente al barroco mar de la ambigüedad.

Pero de todos modos, y eso es lo importante, lo que Cervantes consuma en los nombres de esos paladines de la polvareda es operación hermana de esa a que tiene sometido a su héroe, a lo largo de la novela. Ponerle en facha heroica, encumbrarle a estado de figura gallarda y valerosa, y al instante mismo, dejar que una ventolera del gran viento irónico que no cesa de correr por la novela lo eche por tierra como a un muñeco de papel, rematando en derrota y escarnio la soñada caballería. En estos nombres, igual que en minúsculos escenarios de unas sílabas, se representa en pequeño la tragedia mayor del libro. Don Quijote o Brandabarbarán arrancan, todo fuego y arrogancia; pero éste se encuentra de pronto con su de Boliche, el otro con las piedras de los galeotes, y acaban ambos entre befas la acción que empezaron para ganarse admiración. Cada nombre es una aventurilla; los antagonistas, sílabas contra sílabas, fonética contra significado. Revelan lo misteriosamente unido que se hallan en la gran novela la totalidad de la concepción y estos aparentemente leves detalles como la caprichosa composición de un nombre. Destino es el del héroe fatalmente cómico-heroico; la naturaleza de estos apelativos es asimismo cómico-heroica, en buscada convivencia de opuestos.

Interminable tejer y destejer, la ironía, el telar: los paladines son y no son; don Quijote los nombra, les da vida, nacen a los ojos de nuestra imaginación, y en el mismo aliento con que los denomina, se derrumban en lo ridículo. La poesía con que puebla don Quijote la gran nube de polvo viene del mismo numen que a Cervantes le anima en su poesía, la que derrama por todo el libro. Ambigua y oscilante, que da y en el momento quita, que tiene al alma en un hilo, entre creencia, sonrisa y melancolía.

¿Quién podría dejar de ver aquí, en este pasaje, una de las virtudes del genio cervantino, la del divino juego? Aquí le tenemos, entregado, dentro del gran deportarse en la invención total de la novela, a estos retozos menores, a este arrojar palabras llenas de pompa y colorines por el aire para que nos deleiten los ojos y luego se hagan trizas al caer, con un chasquido cómico. Fray Luis de Granada decía hermosamente que el deleite hace las obras. Leyendo el Quijote se verá, sí, al hombre que piensa, al Cervantes pensativo de Ortega y Gasset, de Castro, al abrumado de tristes experiencias de muchos años; pero hay que reclamar un sitio para ese Cervantes gozándose en los puros juegos del inventar divirtiéndose, al recreo incomparable de sacar de las palabras, las altas alegrías, inocentes siempre, de la poesía.

La tristeza del positivismo

Deuda de mucha cuantía tenemos los lectores del Quijote con Rodríguez Marín. Él ha puesto en claro la letra de Cervantes, acaso mejor que nadie. Pero hoy, algunos, por lo menos, diferimos, sin falta de respeto a su memoria, en lo tocante a elucidaciones del espíritu del libro. Este episodio —y por eso traigo aquí la objeción, por lo que me parece que tiene de valor general— es ejemplo palmario de la cortedad de la interpretación realista, positivista, de una obra poética. Vio don Francisco en nuestra aventura, y en esos nombres, rebozadas alusiones de Cervantes a personajes de fuste de su época, a los que ponía, solapadamente, en ridículo. En las notas al capítulo XVIII y en el apéndice XIV de su edición póstuma se da no poca pena, con su saber e ingenio, para identificar a Pentapolín y a Timonel de Carcajona con ciertos conocidos señorones de su tiempo, duques los dos. El intento plantea gravísima cuestión en la que se juzga no poco, entre otras cosas, la calidad de alma de Cervantes. Si Rodríguez Marín tiene razón, sería hombre de condición cautelosa y vindicativa, que hasta en un vuelo de su imaginación creadora recuerda ojerizas o agravios, y se venga de ellos, por malos rodeos. Y la creación poética estaría siempre lastrada, conforme a eso, de minucias tristes, sin que su arrebato sirva al poeta para librarse de lo que tiene de más pequeñamente humano. No lo puedo sentir así: veo a Cervantes jugando por estos renglones, poetizando resueltamente, con su poesía, empapada de humorismo superior, no de maledicencias. Inventa figurillas, les da un papirotazo, erige otras, como un padre, rodeado de nosotros, sus hijos, a los que divierte, entregado al puro gusto, muy arriba de chismes rateros. Es el poeta en ejercicio de su alma genial e infantil, y no el encubierto rencoroso, que tira la piedra y esconde la mano. No cabe aquí transacción: o se busca en los archivos y en las gacetillas del tiempo, letra muerta con qué rebajar a un poeta; o se le sigue en su propia letra viva, continuamente, entregada el alma a las invenciones sin baja malicia de su espíritu. Sí, Cervantes casi siempre dice las cosas con segunda: pero la segunda que hay que encontrarle, es de primera.

La enumeración y lo que descubre

No se cansa el caballero de crear, por magia de las palabras, las dos huestes enemigas, nombrando y más nombrando. «Y de esta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y otro escuadrón, que él se imagina…» Pero a la mitad de su discurso introduce una variante, acaso para evitar la monotonía, pero que descubre, a mi juicio, hondo horizonte estético. Ha estado hasta aquí enumerando jefes, caballeros ilustres de las dos mesnadas; ahora evocará grupos de soldados, las masas anónimas. Completa así el cuadro de la batalla inminente. Porque sólo cobra pleno sentido la figura del individuo capitán si se la ve apoyada en el bulto de la tropa que le sigue. Cervantes, ut pictura poesis, pinta a brochazos grotescos los personajes principales, y luego aboceta firmemente los grupos que les hacen fondo. Ahora la burla desaparece. Esta segunda enumeración está basada en los nombres de nación de cada tropa de soldados, y las cualidades poetizadas de sus tierras de origen. «Aquí están los que beben las dulces aguas del famoso Xanto», dice por los troyanos; «los que pisan los montuosos masílicos campos», refiriéndose a los masilienses; «los que criban el finísimo y menudo oro en la Felice Arabia». Después, cuando ha terminado con las razas y pueblos remotos o exóticos, medos, etíopes, númidas, acerca su atención a los de la casa ibérica. Aparecen «los que beben las corrientes del olivífero Betis…; los que pisan los tartesios campos…; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados…». Y luego, manchegos, montañeses del Pirineo, hasta que, por fin, saltándoselo, mienta a «cuantos todos la Europa en sí contiene y encierra».

No se sienta esta lista como inventario, más o menos cansado, para desplegar su conocimiento de gentes y naciones, retóricamente. El propósito es otro. Aquí actúa la palabra, también mágicamente, a modo de conjuradora. Estudiando la enumeración en un poeta moderno, Walt Whitman, dice Leo Spitzer que su poesía enumerativa consiste en «vocativos conjugadores de mago». Aunque Cervantes no procede, gramaticalmente, por vocativos, al nombrar a estas gentes, las llama, las convoca a que se hagan presentes, allí, delante de su deseo, a que vayan poblando con más y más muchedumbre el polvo famoso. Quiere Cervantes que el lector se asombre de las multitudes que llegan, y así comenta: «Válame Dios y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían». Pero si decir es inventar, quehacer de poeta, si nombrar es crear, las provincias que dice, las naciones que nombra, están enviando a la polvareda castellana sus hombres por centenares, para poblarla, para convertir el polvo en humanidad. Y esa presteza con que los califica es, no facilidad de sabio, sino acierto repentino del poeta en su altillo, a cuya mente acude, ya hechos ritmos poéticos («las dulces aguas del famoso Xanto», «los montuosos masílicos campos»), el acierto calificativo, puros destellos.

Don Quijote habla como demiurgo: conjura, por virtud de la palabra, a la vida. Es el pasaje a modo de letanía; sus frases, versículos, con relumbres de poema, enumeración con antiguos precedentes, la Biblia, Homero, Virgilio. Pero es menester no quedarse en la interpretación encimera de este recurso enumerativo, tal y como lo usa don Quijote, teniéndolo no más que por alarde de estilo y retórica complacencia del autor. No: el alcance de la enumeración se aproxima más, creo, al designio de ciertas tiradas enumerativas modernas; observemos que está puesta en boca del personaje, no en pluma del autor que escribe, hablada, proclamada, gritada a los cuatro vientos. Supera la simple intención descriptiva, representativa, y se asimila al llamamiento invocatorio, conjurador.

Lo que don Quijote quiere no es que nadie se represente lo que él ve, sino que sea, que esté allí, que los héroes y sus huestes, obedientes a su palabra mágica, que a todo da vida, vengan a vivir a la polvareda. Su enumerar ni es embriaguez de retórico, ni pincelada de pintor: tiene un propósito rigurosamente vital: conquistar un espacio del mundo, para unas criaturas suyas.

Los dos espacios

En su imaginación tiene don Quijote visibles, en pie, vivos, a los héroes cabeceros y a las mesnadas de estos dos bandos, a los Alifanfarones y Espatofilardos, a los númidas y a los andaluces. Existen, en lo que llamaría su espacio psíquico, los senos de su alma. Pero si don Quijote corre mundos, es porque anhela realizar las visiones de su interior, dar cuerpo a sus fantasmagorías. Toda realidad que se le ponga por delante, venta o moza del partido, la usará como materia dócil donde corporeizar las figuras de su imaginación, el castillo o las castellanas. Ninguna apariencia de lo real más vaga, más blanda, más indecisa —y por consiguiente más apta a decir de ella lo que se quiera— que las polvaredas de la llanura manchega. Sin forma concreta, variando de contornos a cada instante, en ella cabrán todas las formas que vaya forjando la empeñada fantasía. En cuanto la ve, don Quijote echa mano de la enumeración para ganar espacio; al nombrar a los caballeros y sus tropas, al traerlos así a la vida, cada cual trae con el espacio que supone la existencia de un ser, su aire, su contorno vital. Es decir, la enumeración vitalizadora de los enumerados supone inevitablemente la idea de un espacio en que se mueven, la conquista de un ámbito.

Muy curioso es el problema de espacio y tiempo, en el lenguaje. Muchas palabras tuvieron primitivamente un sentido espacial, luego olvidado, pero que de cuando en cuando se percibe latente, detrás. Bergson cree que casi todas las formas verbales con que designamos lo temporal tuvieron en su origen sentido espacial. «Nuestro intelecto —dice W. M. Urban— está equipado para lidiar primeramente con el espacio y en este medio se mueve con más soltura.»

Por eso el lenguaje se espacializa, y en tanto que representa la realidad tiende a ser espacial. Así, en el discurso conjurador de don Quijote la enumeración es procedimiento de tipo temporal: se desarrolla por una secuencia de elementos, que se presentan en sucesión como las notas; pero tal proceso repetitivo, desenvuelto en el tiempo, se transforma, por esa mixta naturaleza espacio-temporal de la lengua, en extensivo, de temporal en espacial. Tantos tipos, tanta gente, tanto pueblo de tres continentes como acuden a la voz del caballero que los tiene dentro, al ser ellos creados por conjuro de don Quijote se crean sus espacios. ¿Sería posible ni verlos ni imaginarlos en el vacío, fuera del área, del ámbito propio de lo humano? Las palabras de don Quijote los trasportan a este mundo, los descargan en la polvareda, en ese suelo, y conforme llegan unos tras otros, en segundos sucesivos por la vía del tiempo, van colocándose, va surgiendo en torno de ellos una extensión, un ambiente vital. Según Shakespeare, es esa función incumbente al poeta:

Turns them to shape and gives to airy nothing

A local habitation and a name.

Esa aérea nada, o casi nada, puras partículas de tierra flotando, es el polvo. El nombrar caballeros y hombres de a pie es darles forma. Y la enumeración es abrirles sitio, suministrarles habitáculo, lugar. Lo temporal se ha vuelto espacial. Y se vislumbra la verdadera magia del proceder enumerativo, que es lo que cuadra al ansia constante de don Quijote en esta y demás aventuras: conquistar un espacio físico para lo que lleva dentro, para su espacio psíquico. Tiene él la cabeza rebosante de visiones perfectamente delineadas en su fantasía. Pero su enorme hazaña es trasladarlas de su precario estado, dentro de esos psíquicos mundos, a firme condición, real, en el mundo exterior. Es decir, volver un espacio psíquico en otro físico. ¿Con qué hacerlo? ¿Con qué mejor que con lo que llamó Delacroix técnica del deseo, el lenguaje, y dentro del lenguaje, con un procedimiento poético, la enumeración? A cada frase, a cada nombre, de los que le salen a don Quijote de la fantasía, y le pasan por los labios, y cobran vida real, sonora, en el tiempo, va ganándose otro retazo de espacio físico, que se ensancha y se ensancha, cuantos más llegan a poblar la polvareda. El suelo de verdad que anhela dar a sus criaturas de su sueño, se amplía, a medida de su querer, tan sólo con añadir más versículos a su conjuradora letanía. El pobre Sancho nada ve y se mesa los cabellos. No importa. Cada cual ve poco más de lo que lleva dentro. Y llega el acto final de la aventura.

Vivirse en la creación

Ya están completos, repletas sus filas, a la cabeza los adalides, ambos escuadrones, el de los buenos y el de los malos, según la dialéctica quijotesca. Se arrostran y tiemblan de impaciencia —la del alma del hidalgo manchego— por embestirse. Invenciones son de su palabra, obra todo —ellos, el campo de batalla— de su inspiración de poeta, lograda sin más materia que dos nubarrones de polvo. Existen porque mentarles es darles vida. Ahora queda la maravillosa coronación de la hazaña: lanzarse a ese mundo de su propia creación, que rebota, llamándole, sobre su propio creador. Porque don Quijote no lo ha creado para contemplarlo, sino para vivirlo. Todo poeta se cree, fatalmente, la verdad de lo que inventa. Mientras lo está creando, lo está creyendo como su plena, su absoluta verdad, aunque luego se llame ficción o poesía. Don Quijote acaba de fabricar su mundo, su poema, lo tiene desplegado ante los ojos, en el polvo donde Sancho nunca lo verá.

Y ese mundo a su hechura y semejanza, lo llama; no desoirá la misteriosa voz. Los buenos van a dar batalla a los malos, y Pentapolín se encara con Alifanfarón. Sólo Sancho no entiende la perfecta lógica de lo que sigue. Don Quijote quiere hacerse uno con su creación, entrarse entre sus personajes, ir a la cabeza del ejército que acaba de poner en pie; en suma, vivirse de lo que ha inventado; ser, en su obra. «… déjame solo, que solo basto a dar la victoria a quien yo diere mi ayuda. Y diciendo esto puso las espuelas a Rocinante y puesta la lanza en ristre, bajó la costezuela de un rayo». Es, sin duda, la costezuela que Víctor Hugo veía cuando habló en verso inmortal de aquel que ya empezaba a descender por el otro lado del sueño.

Los encantadores del desencanto

No paran de trajinar por la novela cervantina los encantadores, como les dice don Quijote. Peculiar casta de encantadores, esa: su papel consiste en desencantar lo que el archiencantador, el único auténtico y no trapacista, el que encanta con toda su encantada alma, había encantado. Y por eso ahora resulta que alancea no fementidos paganos soberbios, sino mansas bestias, carneros y ovejuelas, los rebaños que levantaban todo aquel polvo. Los pastores acuden a sus armas, las hondas, y a muy poco, el caballero da con sus huesos en tierra, como casi siempre, maltrecho. Se escapan asustados los ovejeros, arreando sus ganados. Y, poco a poco, el polvo se disipa; la pulverizada tierra vuelve a descansar a su madre, la entera tierra solar. Limpísimo el aire. Todo vacío. Nada queda. Idos los dos ejércitos, los dos rebaños. Pero ¿que no queda nada? Responde un gran poeta de hoy, dando la clave de la aventura:

Final. Acaso nada.

Pero quedan los nombres.

Y con ellos, con los nombres de encantamiento, las palabras poéticas forjadas en la lumbre al rojo de la poesía, no pueden los malos encantadores, los desencantadores. Volteando sigue la rueda de la vida humana: encantar, desencantarse, volverse a encantar. Poesía que engaña, realidad que desengaña. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Si durase más que los dos rebaños, aquellos que se cruzaron un día por tierras de la Mancha, las palabras iluminadas con que el poeta los transmutó en lucidos y copiosos ejércitos, en paladines cómico-heroicos?

Traslado

Así trabaja el poeta. La materia, la vida, la pura experiencia real, no pasan de ser, aunque se presenten como sólida masa, otra cosa que materia dócil donde él inserta su voluntad creadora, inventando formas del espíritu. No importan ellas; pura polvareda, desaparecerán: las circunstancias, las anécdotas, los pastores y sus rebaños; volverá ese polvo a su tierra. Ya ha cumplido su oficio. Sirvió para que el poeta lo preñara de ansia creadora, forjara en sus entrañas la nueva realidad, su criatura. En ellos quedó para siempre la huella de un amor. Y como dijo uno de los grandes líricos de la materia y sus destinos, cuando pensaba en las últimas defensas de su cuerpo, de sus huesos, deshaciéndose,

Polvo serán, mas polvo enamorado.

(*) Pedro Salinas, «El polvo y los nombres», en Ensayos de literatura hispánica. (Del Cantar de Mio Cid a García Lorca), ed. y pról. de Juan Marichal, Madrid: Aguilar, 1961 (1958), 2.ª ed., pp. 127-142.