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MIGUEL DE UNAMUNO

Mr. H. G. Wells, el novelista inglés, nos es profundamente simpático por lo mismo que es antipático a casi todos los idiotas. Y aquí conviene que definamos esto de idiota -en griego: hombre particular, o privado- diciendo que es el que no tiene más que sentido común, el que no discurre más que con lugares comunes y que por tanto odia las paradojas. Mr. Wells forjó paradojas y hace luego juegos malabares, malabariza con ellas, y cuando, al fin, esas paradojas han logrado entrar en el sentido común de los idiotas, éstos las convierten en lugares comunes, las clasifican y etiquetan y las meten en unas cajitas donde las tienen guardadas para enseñárselas a sus hijos.

A Mr. Wells le preguntaron por los seis más grandes hombres de las historia y en vez de mandarle a paseo al humorista -o caso idiota, si tomaba la pregunta en serio- que se lo preguntó, contestó diciendo que eran Cristo, Buda, Aristóteles, Asoka, Roger Bacon y Lincoln. ¿Verdad que es divertido? Y ello ha servido, por lo menos, para que muchos se hayan preguntado: "¿y quién fue Asoka?" Lo cual, lector, debe importarnos muy poco. Dejemos, pues a Asoka.

Esta divertidísima, humorística y paradójica respuesta de Wells a una pregunta divertidísima, humorística y paradójica ha dado motivo a que otros escritores hayan terciado y escrito cosas bastante divertidas también. Y Wells, a su vez, ha replicado y al replicar se ha metido con Shakespeare. Que en Inglaterra es peor acaso que meterse con Cristo y tan grave como meterse con Cervantes. ¡No siendo los cervantistas que se meten con él a cada paso y le dejan al pobre!... Pero lo que no se le ha ocurrido a Wells, y eso que es ocurrente, es si Buda no es creación de algún Shakespeare indio, si tiene más realidad histórica que Hamlet, como Aquiles creación de Homero o de quien sea, y el mismo Cristo, según algunos... impíos ¡claro! creación poética, mito, de alguna comunidad judía.

Y cuenta que al decir que acaso Buda no tenga más realidad histórica que Hamlet no es que se la neguemos, sino todo lo contrario. Los que conocen nuestra filosofía de la historia -"anch´io sono pittore"- expuesta en nuestra Vida de Don Quijote y Sancho -cuya tercera edición acaba de publicarse- saben que creemos que Don Quijote y Sancho tienen más realidad histórica que Miguel de Cervantes Saavedra -y más que la del que esto escribe- y que lejos de ser éste, Cervantes, el que creó a aquéllos, son ellos los que crearon a Cervantes. Y vamos a emprender una campaña para que se canonice a Don Quijote, haciéndole San Quijote de la Mancha. Y si la Iglesia Romana, que ha canonizado a no pocos sujetos poéticos de menos realidad histórica que Don Quijote, se opusiera a ello, podría ser llegado el momento del cisma y de constituir la Iglesia Católica -es decir, Universal- Española, Quijotesca.

Hay quienes viven en un mundo de hielo, de agua sólida o congelada, con nubes, o sea agua en estado nebuloso y a las veces vapor, encima entre el documento histórico y la pseudo leyenda. Y estos tales no se dan cuenta del agua líquida, fluyendo de los ríos y arroyos que arrastran témpanos y de donde brota bruma. No tienen sentido histórico.

Si al que esto escribe se le preguntara por los seis más grandes hombres de la historia española, sabría responder, pero obligado a ello, no omitiría Don Quijote, Sancho Panza, Segismundo, Don Juan Tenorio, Pedro Crespo, San Isidro Labrador y... ya van seis y es lástima que no quepan el Cid, Pizarro, Prim y otros mitos más.

Dicen que Simón Bolívar -¡otro mito!- solía decir que los tres grandes majaderos de la historia habían sido Cristo, Don Quijote y él, Bolívar. Y teniendo en cuenta que majadero es un instrumento para majar, resulta que el dicho, por más que a un cristiano irreverente pueda parecerle irreverente, no está mal, pues ¡cuidado con lo que majaron Cristo, Don Quijote y Bolívar!

Y una de las cosas que prueban mejor la genialidad paradójica -aunque de no ser paradójica no sería genialidad- de Bolívar, es que se puso al lado de dos a quienes él debía de creer míticos, pues Bolívar, que habría leído a Volney, no estaría muy seguro de la realidad histórica del Cristo al modo que la entienden los idiotas.

No hace mucho que un amigo nuestro que acababa de leer la formidable novela de Emilia Brontë, titulada Wuthering heights -traducida y publicada recientemente en español con el título de Cumbres borrascosas- nos preguntaba que de dónde pudo sacar a Heathcliff, ese prodigioso ejemplo de pasión trágica, aquella pobre muchacha, hija de un pobre clérigo, que murió soltera a los treinta años en un pueblecito inglés. Y le dijimos que Emilia Brontë sacó esa su tormentosa criatura de donde todo creador las saca, de sí misma. O más bien que fue Heathcliff el que hizo a Emila Brontë.

Pero es la misma Emilia Brontë la que nos lo dice en el último hermosísimo poema que escribió. "Oh Dios de mi pecho; todo poderosa, siempre presente Divinidad! ¡La vida -que en mí tiene descanso- como yo -vida inmortal- tenemos poder en Ti!... Con amor que mucho abarca tu espíritu anima los eternos años penetra e incuba arriba, cambia, sostiene, disuelve, crea y cría. Aunque la tierra y el hombre se fueran y los soles y los universos dejaran de ser y te quedaras Tú solo, cada existencia existiría en Ti." La que escribió esto era una creadora, una poeta -mejor que poetisa- y cada verdadera existencia, cada acción que es pasión, vive en el Creador, así cada criatura de pasión y de amor como Heatchcliff vive en quien la creó. Y como Heathcliff vive y vivirá, vive y vivirá Emilia Brontë. Y muy de otro modo que como se lo figuran los idiotas.

El deán Inge -deán de la catedral anglicana de San Pablo, de Londres, de quien os hemos ya más de una vez hablado-, dice de esas palabras de Emilia Brontë moribunda que parecen contener "una verdadera filosofía" y añade: "Esta concepción de la relación de Dios al mundo es también la de la Iglesia Católica y ha sido defendida por una larga serie de filósofos cristianos que no me parecen inferiores en agudeza y penetración a los más celebrados pensadores modernos desde Spinoza hasta nuestros días". Pero no estamos muy seguros de que esa concepción de la Brontë "sea la general en la Iglesia Católica, ni mucho menos. Más se parece a la del propio deán Inge. Porque los Idiotas de la iglesia -y en ésta como en cualquier otra congregación los idiotas son los más- los que no tienen más que sentido común, como carecen de sentido propio y de pasión propia, no pueden concebir, ni menos sentir, esa especie de inmortalidad. Esa la siente un Heathcliff. Es decir, una Brontë". Para los idiotas, para los del puro y recto sentido común, no hay más que una inmortalidad común, una comunidad inmortal. Como no tienen más que individualidad corpórea, al deshacérseles el cuerpo se les deshace la individualidad. Y nada pierden.

Vamos a consultar con Bolívar, que ¡claro! sigue viviendo, nuestro propósito de hacer que la España Máxima canonice a don Quijote. Y no vayan a creer los semi-idiotas -que son peores que los idiotas puros- que se trata aquí de nada de espiritismo, ¡no! Para ponernos al habla con Bolívar no necesitamos espiritismos. Vamos a hablar con él en español claro y recio y no en ninguna clase de esperanto y vamos a hablar con él a solas, alma a alma, sin comunidad ambiente que nos estorbe. Y estamos seguros de que aprobará nuestro proyecto, con la condición ¡claro está! de que luego se le canonice a él también y le hagamos San Simón Bolívar. Y os aseguramos que ambos, San Quijote de la Mancha y San Simón Bolívar tendrán más realidad histórica que pueda tenerla aquel don San Diego Matamoros de que hablaba don Quijote.

(Se admiten adhesiones).

M. Unamuno

Publicado el 15 de abril de 1923 en La Nación de Buenos Aires

MIGUEL DE UNAMUNO

10 noviembre 1905

Sr. D. Ricardo Palma

Mi buen amigo: Adjunto carta que quiero que haga llegar al joven José de la Riva Agüero, cuya tesis acabo de leer. Aunque ya en mi carta le felicito, felicítele usted de mi parte. Pocas veces he leído un trabajo en que se revela mejor buen sentido, más independencia de juicio y más sereno sentido crítico. Y además la tal tesis me viene de perillas, pues ha de servir para un largo artículo en la Esfera, en que tomando pie de lo que el joven Riva Agüero dice, diga yo, por mi parte, muchas cosas que me bullen cerca de las literaturas hispano-americanas, de su carácter y originalidad, de su mayor o menor hispanismo, de afrancesamiento, etc. y también acerca de usted y de sus deliciosas Tradiciones y del Sr. González Prada.

Al final de un despiadado estudio que dedico al horrible libro del Sr. Vicuña Subercaseaux La ciudad de las ciudades (modelo de snobismo afrancesado) hago ya honrosa mención de la tesis del joven La Riva Agüero y anuncio el estudio que he de dedicarlo.

A otra cosa. El silencio que acerca de ello guarda usted en su nota, me hace sospechar que acaso no ha llegado a sus manos el ejemplar de mi Vida de Don Quijote y Sancho que en el mes de mayo le remití. Dígamelo para que repita el envío. Es mi obra y va, aunque poco a poco, abriéndose camino.

Otra cosa más. Me interesaría poder tener ahí un librero con quien entenderme directamente y a quien encargar de la propaganda y venta de mis libros en esa república, en las condiciones que él estimase convenientes. ¿A quién me recomienda usted? Me gustaría enviarle pronto alguna remesa de mí ya citada Vida de D. Quijote y Sancho, mi obra capital.

De quien nada sé es de su hijo D. Clemente. Dígale que me dé señales de vida, y que sepa yo de sus andanzas y fortunas.

Usted sabe que de veras le estima su amigo y atento lector

Miguel de Unamuno

MIGUEL DE UNAMUNO

De caballero andante a capitán de almas

Miguel de Unamuno no es el primero que ha estudiado a Don Quijote. Recuerdo haber leído, entre otros, un ensayo de Turghenief, en el que se comparaba al héroe manchego con el conocidísimo príncipe de Dinamarca que sirvió de vocero al alma del gran Will.

El libro de Cervantes, como todos -como, por ejemplo, la Odisea, las Mil y una noches y los Viajes de Gulliver- puede darse a los niños para entretenimiento y puede servir como texto a un filósofo, para una teoría acerca de la vida. Está en él la corteza, el sentido literal, que agrada al gusto de los niños de diez años y a los doctos de sesenta, y está en él, el germen, la substantificque mouelle, que cita Rabelais, y que tan sólo los hombres suficientemente grandes, para no sentir contrariedad por bromas y absurdidades, pueden sorber hasta el fin. ¡Cuánta sabiduría existe para quien la supiera buscar, en la literatura popular burlesca de todos los países y de todos los siglos! Tras las facecias, los chistes graciosos, hallas a menudo la sátira exacta; al final de aventuras inverosímiles, una crítica de la realidad, en medio de la locura más escandalosa, das con la revelación imprevista de alguna verdad paradojal más exacta que muchas sentencias ratificadas por los autorizados. Podríase construir la filosofía de los espíritus sencillos, de los pobres de espíritu y de los demasiado listos, que no tendría de qué avergonzarse en la comparación con la de los laureados. Francia nos daría su inmortal Monsieur de La Palice, su Jocrisse, su Bobèche y el infeliz Prudhomme; Alemania, el aventurero Simplicissimus, el valiente barón de Münchhausen y ese sucio burlón que es Till Eulenspiegel; Inglaterra, el capitán Gulliver y Tristan Shandy; Turquía, su loco nacional Nasr-Eddin e Italia no quedaría a la zaga con su Bertoldo, su motejador Piovano Arlotto y con esos viejos arcatori (bribones) que se nombraron Gonnella y Basso della Penna.

España exhibirá a don Quijote con su fiel amigo y escudero Sancho, y bastaría ampliamente para su gloria. Don Quijote no es ya, tan sólo, el personaje de una novela, la feliz invención de un encarcelado genial. Pertenece, como Ulises, como Farinata, como Hamlet, como Gulliver, como Fausto, como Don Abbondio, a esa raza humana que no tiene descripción en ningún manual de antropología, pero es más vital que los otros cinco, tanto que sus ciudadanos han podido esperar la inmortalidad. Estos seres que nunca fueron de carne tienen un alma en la nuestra, tienen hasta un cuerpo en nuestra fantasía; conocemos sus hábitos y aptitudes; conocemos sus pensamientos, sus gustos, y adivinamos lo que harían y dirían en circunstancias dadas. Encarnan, gracias al soplo divino que dio a ellos el arte de sus padres, un lado, un carácter, un aspecto de la humanidad. Son tipos eternos, ideas platónicas; protagonistas del drama espiritual, y por eso más "verdaderos" que los hombres que nos pasan al lado y que poseen ficha individual en los registros del censo.

Si consideramos el libro de Cervantes literalmente, hallaremos una sátira literaria, una novela picaresca de primer orden, entretejida de cuentos; pero si arrancando de esta comprobación empírica sabemos introducirnos en los subterráneos de la obra e ir más allá -acaso- de las intenciones del autor, descubriremos bajo esas historias risibles, bajo esas chanzas irónicas y esas absurdas conversaciones, una de las más poderosas visiones de la tragedia humana. Desde hace casi un siglo la alta crítica cervantina se ejercita en este sentido y más de un ilustre exégeta de significados espirituales ha creído poner dique a las interpretaciones. Quien hiciera el relator de la humanidad podría actualmente compilar ya para Don Quijote un libro semejante al que Lichtenberg consagró a los múltiples hallazgos relativos al Fausto goethiano. Hemos visto un don Quijote símbolo del espíritu y un Sancho Panza símbolo de la materia; un don Quijote expresión de la aristocracia idealista y un Sancho Panza representante de la plebe positivista; un don Quijote símbolo del optimismo heroico y un Sancho Panza encarnación del pesimismo desilusionado. Se ha visto en el discurso del caballero a los cabreros un manifiesto comunista y en las justificaciones de Roque Guinart, un pre-anuncio del anarquismo: los molinos de viento se han vuelto la pre-representación de las máquinas modernas destinadas a aterrar la medieval civilización de la caballería y la rústica Dulcinea del Toboso, mondadora de granos, ha aparecido como una cruel parodia de las vírgenes de las cortes de amor, como la victoria de la sensualidad verista sobre el madrigalismo platónico de la lírica provenzal y del dolce stil nuovo ya en boga -merced al Petrarca- en la península occidental.

Todas estas interpretaciones -y otras más que no nombro- son, aunque diferentes entre sí, todas verdaderas. Verdaderas, se comprende, de aquella verdad que no puede ser medida con el metro de la lógica y demostrada mediante teoremas. Una creación artística vital y resistente como Don Quijote puede ser tan infinita cuan eterna es. Cada espíritu puede enriquecerla con algo propio sin deformarla, puede hacerle hablar sus mismas palabras y hallará siempre textos que refuercen y vigoricen con pruebas la propia intuición. Siendo literalmente viva, puede transmutarse de mil guisas, como todo lo que vive; existiendo, sin duda, en Don Quijote, como en la tierra y en el cielo de Shakespeare, muchas cosas que no ha alcanzado aún nuestra filosofía.

El último es, según mi parecer, el más afortunado y profundo entre todos los exégetas de Don Quijote: Miguel de Unamuno.

Unamuno nació en 1864 en Bilbao -Vasconia- y comenzó a escribir desde muy temprano. Su Vida de Don Quijote y Sancho Panza es la más célebre y la más significativa entre sus quince obras. Este rector de la Universidad de Salamanca es todo a la vez: poeta lírico y trágico, ensayista múltiple, sociólogo de fibra y filósofo sin miedo. Dejando a un lado la literatura pura, es el espíritu más representativo de la España de nuestros días. Es para su país algo semejante a lo que fueron Carlyle para Inglaterra y Fichte para Alemania. Su actividad de apóstol espiritual, que comenzó a desplegarse después de las amarguras y los desalientos de las derrotas causadas por los norteamericanos, tiene de hecho alguna relación con la de los animadores teutónicos. Trata él, como Fichte, de volver a elevar, mediante una fuerte disciplina mental, sacada de las tradiciones más intactas de la pasada vida ibérica, los ánimos debilitados de sus conciudadanos, y se vale como Carlyle de la ficción y de la lírica, porque su pueblo, que no tuvo filosofía propia y que desde tan luengo está fuera de las mayores corrientes europeas, vuelve a hallar en el idealismo moderno nuevas razones de vida más intensa y de grandeza más pura.

Este comentario a la obra maestra de su literatura es el más animoso mensaje de su apostolado nacional. Don Quijote ha sido resucitado en una atmósfera de espiritualidad, en un mundo de conceptos típicos y místicos; pero entrambos, atmósfera y mundo, son rígidamente españoles; más, vascos si queremos y tanto como castellanos. En este libro existe un Don Quijote ideal, idealizado, transfigurado, que guarda con el de Cervantes la sola concordancia de las acciones exteriores; pero semejante vivificación que lo magnifica no está hecha por un filósofo extranjero y cosmopolita que ve en el santo caballero ideas abstractas y universales, creadas para toda época, para todo país y para todo cerebro, pero sí por un poeta-filósofo-místico-español, nacido en la misma tierra de su héroe, cristiano como él, loco como él, y que vislumbra, en la esencia del quijotismo, la verdadera puerta maestra para entrar en el alma misma de su patria. Por eso esta obra no es tan sólo el comentario apasionado de una obra maestra, sino que es al mismo tiempo un ensayo de psicología de la raza española en uno de sus más sublimes momentos.

Unamuno no ve a su don Quijote tan solitario como puede imaginarlo un extraño. No es un loco, no es un anormal, no es un segregado. Como todos los biógrafos, también Unamuno parangona su héroe con otros héroes, y éstos se llaman el Cid, Santa Teresa, Pizarro, Ignacio de Loyola, sobre todo Ignacio de Loyola.

No hay que asombrarse de estos acercamientos. Unamuno se atreve con otros más tremendos: pone al caballero de la triste figura al lado de la sombra del Crucifijo, y más de una vez nos muestra de qué medios estupefacientes se vale el loco hidalgo para realizar, mejor que muchos cristianos, las enseñanzas de Jesús...

Pero el mellizo de don Quijote es, para Unamuno, el creador de la Compañía de Jesús, el caballero errante de la fe, el antiguo soldado del mundo, que quiso volverse - y lo logró- capitán de almas. En esto el don Quijote de Unamuno es profundo, pues no es monocorde, no tiene un carácter solo, no personifica una idea fija. El vasco trata al manchego como a una auténtica personalidad histórica, como a un santo laico, del que Cervantes hubiese sido el único e imperfecto evangelista. Por eso no reduce su figura a un esquema unitario, quitándole y despedazándole el cuerpo que el arte le ciñó, sino que, al contrario, no satisfecho de lo que el libro da, añade en lugar de quitar, allí donde el viejo historiador calló o no dijo lo suficiente. Presa total de don Quijote, Unamuno no habla de Cervantes sino para reprocharle indirectamente el no haber comprendido a su héroe. El veterano de Lepanto es para él un interpretador necesario, y tan sólo por esto lo tolera.

El moderno biógrafo, a pesar de seguir fielmente capítulo por capítulo al biógrafo antiguo, no se presenta una vida mucho más complicada y completa que la que le sirve de texto y de cartabón; nos da la vida externa, explicada, justificada e ilustrada por lo interior.

Don Quijote es para Unamuno el espíritu humano que se acrecienta y ensancha en la locura, en el abandono al propio destino, en la búsqueda de la gloria y de la grandeza, y es, al mismo tiempo, el símbolo vivo de su raza, el sucesor y el compañero de aquellos idealistas valerosos y pugnaces y de aquellos cristianos místicos y enamorados, que constituyeron, en el pasado, la más verdadera nobleza de España.

Existe un pasaje en el comentario de Unamuno que ilumina singularmente esta repetida identidad. Narra, repitiendo a Cervantes, la manera como nuestro caballero, habiendo dado con algunos mercaderes toledanos, se plantó ante ellos, queriendo que atestiguaran que no existía en todo el mundo mujer más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

"Es ésta -comenta Unamuno- una de las más quijotescas aventuras de don Quijote, es decir, una de aquellas que elevan más alto el corazón de los redimidos por su locura. Esta vez don Quijote no busca contienda para defender a un necesitado o enderezar un entuerto o reparar una injusticia, pero sí en defensa y conquista del reino de la fe. Quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones mercantilizados veían solamente el reino material de las riquezas, que existe un reinado espiritual, redimiéndolos así a todas costas.

"Los mercaderes no se dieron por vencidos a las primeras, y, reacios a los discursos, acostumbrados a lo ambiguo, estiraron la confesión, aduciendo como disculpa el no conocer a Dulcinea". Y aquí don Quijote monta en quijotismo y exclama: "Si yo os la hiciera ver, ¿qué mérito habría en confesar una verdad tan manifiesta? Lo importante es que, sin verla, creáis, confeséis, juréis y sostengáis. ¡Admirable Caballero de la Fe! ¡Cuán profundo es el sentido de tus palabras! Fuiste de tu pueblo -del pueblo español- que bien alcanzó lejanías con la espada en la diestra y en la siniestra la cruz, para hacer confesar a desconocidas gentes un credo que ignoraban. Sólo que alguna vez equivocóse de mano, levantó la espada y golpeó con el crucifijo". No podríase mejor, en pocas palabras, exaltar el verdadero carácter del héroe creyente y -al mismo tiempo- disculpar la ignorancia religiosa de los españoles y los horrores de sus conquistas de allende los océanos.

[...] Todos aquellos que quieran entender mejor al eterno Don Quijote y quieran acrecentar su amor para la infeliz y desconocida España, deben volver a ella, siguiendo la voz de este Unamuno, que está entre los más austeros despertadores de espíritus que existen hoy en el mundo.

Por Giovanni Papini

(Traducción de Atilio E. Caronno)

Publicado el 10 de diciembre de 1923 en La Nación de Buenos Aires

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - LIMA BASQUE CENTER

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viernes, 1 de mayo de 2009

Geoffrey Stagg "Sobre el plan primitivo del Quijote"

Muchos cervantistas comparten la opinión de que Cervantes, al empezar el Quijote, sólo pensó en escribir una novelita, y que luego cambió de plan. Es típica la forma que da a esta idea Martín de Riquer:

Se ha supuesto que, tras el escrutinio y quema de los libros del hidalgo, se acababa una primera versión del Quijote, concebido como novela breve al estilo de las Novelas ejemplares. En efecto, estos seis primeros capítulos que constituyen la primera salida del protagonista, tienen una evidente unidad por sí solos… No obstante, todo esto no pasa de ser una conjetura…

Como conjetura insostenible fue rechazada por Menéndez Pidal por parecerle (cito sus propias palabras) «que el primitivo plan de Cervantes no podía terminar ni en el capítulo quinto o sexto ni en el noveno: el primer capítulo, sin recordar otros pasajes convincentes, anuncia ya una novela mayor». En cuanto al capítulo primero, César Real, después de un análisis estilístico de gran acierto, creyó poder señalar allí una serie de frases interpoladas por Cervantes cuando decidió éste convertir su primitivo cuento en obra de mayor extensión. Pero queda en pie la otra objeción de Menéndez Pidal: es cierto, como hace notar, que se descubren en los primeros capítulos pasajes convincentes que anuncian ya una novela mayor. En el capítulo segundo, en un discurso que preludia claramente la aparición de Cide Hamete, el hidalgo se dirige al sabio, quien, según cree, narrará sus hazañas; en el mismo capítulo se alude a dos aventuras de la segunda salida, la de los molinos de viento y la del Puerto Lápice; en el capítulo tercero, los consejos del ventero anticipan la introducción de Sancho Panza. Moreno Báez no se rinde a esta evidencia. Según él, «esto no significa que Cervantes, una vez escrita la novelita y conforme le agregaba capítulos nuevos, no reformara su texto original para armonizarlo con lo que seguía». Siguiendo esta observación, Bertrand y López Navio han creído encontrar en los primeros capítulos varios pasajes intercalados que apoyan esta teoría de la reelaboración. Pero sus afirmaciones, más o menos arbitrarias, no bastan para resolver el problema. Falta todavía una demostración razonada de la validez de la teoría de las interpolaciones. Mi propósito es intentar tal demostración mediante un examen del texto de los primeros capítulos.

Estos capítulos ofrecen la particularidad de contener ciertas anomalías narrativas cuyo estudio resulta sumamente revelador. Tratemos, en primer lugar, tres casos de anomalía con características comunes.

Primer caso: el cura y el barbero

Ya desde el tercer párrafo del libro sabemos que el barbero del lugar se llama maese Nicolás; que éste y el cura son amigos del hidalgo, y que conocen su afición a los libros de caballerías:

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo…

El cura y el barbero están en casa de don Quijote cuando éste vuelve de su primera salida; sigue el texto:

Estaban en ella [es decir, la casa de don Quijote] el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

—¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez —que así se llamaba el cura—, de la desgracia de mi señor?…

La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:

—Sepa, señor maese Nicolás —que éste era el nombre del barbero—, que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches… Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado…

Todo esto extraña al lector. ¿Por qué nos dice otra vez Cervantes en este capítulo quinto que el cura y el barbero eran amigos del hidalgo? ¿Por qué dice de nuevo que el barbero se llamaba maese Nicolás? Sobre todo, ¿por qué habla la sobrina como si los dos amigos no supiesen nada de la locura del hidalgo? Ya la conocían perfectamente.

Segundo caso: el nombre del hidalgo

En el capítulo primero Cervantes discute gravemente la cuestión del nombre del hidalgo, y no una, sino dos veces:

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Segundo texto:

y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir.

Echemos ahora una ojeada al capítulo quinto. El labrador Pedro Alonso encuentra a don Quijote tendido en el suelo. Sigue la narración:

le limpió el rostro…, y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:

—Señor Quijana —que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante—, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte?

Se ve que el problema textual planteado es parecido al ya expuesto. ¿Por qué Cervantes, después de insistir en el asunto, nos declara, como por vez primera, cuál debía de ser el verdadero nombre del hidalgo?

Tercer caso: el campo de Montiel

La aventura de los molinos de viento tiene necesariamente por escenario el campo de Montiel, y allí le lleva Cervantes a don Quijote al comienzo de la segunda salida:

Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada…

«Su primer viaje, que fue por el camino de Montiel»: nos encontramos aquí con otra explicación innecesaria: Cervantes había consignado ya el hecho:

subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel.

Cabe preguntar ahora la razón de todas estas aclaraciones superfluas, de estas contradicciones narrativas. Algunos pueden suponer que Cervantes, a medida que escribía, iba olvidando varios detalles importantes que había incorporado ya al texto. No me convence esta explicación. Las anomalías indicadas prefiero suponerlas el resultado de una reelaboración efectuada demasiado de prisa después de cierto lapso de tiempo. Desde este punto de vista, las primeras alusiones al cura y al barbero, al nombre del hidalgo y al campo de Montiel serían interpolaciones agregadas en una etapa posterior de la composición.

Dos serían los motivos principales para esta reelaboración. El primero lo ha indicado Moreno Báez: Cervantes, al añadir nuevas aventuras, volvería sobre lo escrito para armonizarlo con lo que seguía. Pero no bastaría este recurso. Al cambiar de plan, se vería obligado también a un cambio de técnica narrativa. La técnica del cuento es distinta de la de la novela mayor. En general, el cuento es escueto, impresionista, prescinde de detalles accesorios, se limita al tema central. La novela larga se complace en crear un ambiente, acumula los detalles, insiste más en lo circunstancial. Esto explicaría el supuesto procedimiento de Cervantes. Mediante las interpolaciones podría ubicar la primera salida con mayor precisión topográfica en el campo de Montiel; dar mayor consistencia al cuadro del vivir cotidiano del hidalgo, pintando su trato con el cura y el barbero, y subrayar la importancia de averiguar el verdadero nombre del héroe de su verdadera historia.

Pero tampoco bastarían estos leves retoques. El interés de la historia se centra en la locura de don Quijote, locura promovida por la lectura de los libros de caballerías. En un cuento serían suficientes unas cuantas alusiones a este género literario; en una historia sería preciso ahondar en el análisis y crítica del género, exponer más sistemáticamente las raíces de la monomanía del hidalgo. Es dudoso, a priori, que el escrutinio —en vista de su extensión— hubiese formado parte de un cuento primitivo, de existir éste. En cualquier caso, es dudoso que ocupase originalmente el lugar que le corresponde en el texto publicado. Se encuentra en medio de dos capítulos (quinto y séptimo) en que Cervantes, a imitación del Entremés de los romances, da erradamente un sesgo romancístico a la locura del héroe. El escrutinio, que no nombra nunca los romances, parece rectificar este error pasajero, y sin embargo, el capítulo siguiente, insistiendo otra vez en los romances, contradice esta rectificación. ¿Se trata, pues, de otra interpolación?

Cuarto caso: el escrutinio

Revisemos los hechos. Don Quijote regresa de la primera salida al atardecer, y se acuesta poco después. Al día siguiente el cura y el barbero vuelven a su casa para hacer el escrutinio. Casi terminado éste, lo interrumpen las voces que da don Quijote desde la cama. Sigue el texto:

Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido.

El cura le da consejos:

atienda vuestra merced a su salud por agora; que me parece que debe de estar demasiadamente cansado…

Ahora bien: don Quijote habrá estado en la cama unas doce horas, más o menos. Siendo así, ¿es lógico que se diga de él que está «tan despierto como si nunca hubiera dormido»? ¿Es lógico que al cura le parezca que don Quijote «debe de estar demasiadamente cansado»? Tales comentos no tienen sentido a menos que supongamos que el cura y el barbero acuden al hidalgo poco después de acostarse éste, es decir, que el escrutinio es un añadido posterior.

Refuerza esta conclusión otro hecho. Es extraño que los comentadores del Quijote no se hayan fijado más en el contrasentido verdaderamente lamentable que encierra el capítulo séptimo. Me permito leer el pasaje en cuestión:

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.

Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron, por entonces, para el mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase —quizá quitando la causa, cesaría el efecto…

En resumen: hacen murar la biblioteca para que su amigo no encuentre allí los libros que no están allí. (El ama los ha quemado todos.) Esta gran contradicción se explica mejor suponiendo otra vez que el escrutinio no constaba en el relato original, y que Cervantes, al añadirlo, no se dio cuenta del contrasentido que había cometido.

Quinto caso: Sancho Panza

Volvamos al capítulo tercero. El ventero, antes de armar caballero a don Quijote, le da varios consejos, como el de llevar dinero y camisas limpias, y le advierte que pocas veces salen los caballeros andantes sin escudero. Al salir el hidalgo de la venta (cito el texto):

determinó volver a casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recibir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante a su aldea…

Sobreviene la aventura de Andrés, y luego (cito el texto otra vez):

llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.

No deja de sorprender esta acción del hidalgo. Si tiene intención de volver a casa, ¿por qué, al llegar a la encrucijada, suelta la rienda a Rocinante? ¿Tan pronto ha olvidado su primera resolución? Nótese este importante aspecto: los consejos del ventero y la consiguiente decisión de don Quijote no influyen para nada en el itinerario del hidalgo al seguir éste su camino hacia su aldea. Pueden representar otro elemento intercalado.

Es interesante, a este respecto, considerar el comienzo de la segunda salida. Don Quijote insta a Sancho Panza a que lo acompañe sirviéndole de escudero, y (dice Cervantes):

Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su amigo.

(Obsérvese la concisión, típica del método narrativo del cuento, que caracteriza a la fraseología: «dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino».) Sigue la descripción de los preparativos para la salida, la cual termina así:

Proveyose de camisas y las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar…

«Sin despedirse Panza de sus hijos y mujer»: nos sorprende esta frase, visto que Cervantes ya ha afirmado terminantemente que Sancho «dejó su mujer y hijos». Esta divergencia significativa, junto con la confusión respecto a la determinación del itinerario de la primera salida, nos induce a concluir que todo lo relacionado con los consejos del ventero fue otro producto de una reelaboración.

Esta conclusión lleva a otra: la de que la idea de Sancho surgió en la mente de Cervantes después de terminada la primera salida; y que luego sintió el autor la necesidad de enlazar las dos salidas mediante la adición del tema de los consejos del ventero. Bertrand cree que hubo una pausa en la composición después del fin de la primera salida. Nuestros argumentos no contradicen en nada esta creencia. Al contrario: si hubo tal pausa, la conciencia de ella llevaría naturalmente a Cervantes a establecer elementos de continuidad. Y como reflejo de esta preocupación se puede juzgar otro pasaje del capítulo segundo:

Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día…

Este texto tiene sin duda aire postizo. Es sospechoso que Cervantes declare la posible primacía de dos aventuras de la segunda salida. No es verosímil que los autores confundiesen dos salidas distintas. Se trata seguramente de otra interpolación, hecha con el motivo de ligar la narración de la primera salida con la de la segunda, ideada en etapa distinta.

Sexto caso: «los autores desta tan verdadera historia»

Cide Hamete aparece por primera vez al comienzo de la primitiva segunda parte (en el capítulo noveno), y desde este punto en adelante el relato se ofrece como obra de un solo autor. Antes, en la primitiva primera parte, Cervantes ha hecho vagas alusiones a los anales o autores de la Mancha, sin concretar, corrigiéndose al final del capítulo octavo para hablar del «autor desta historia». ¿A qué obedece esta vacilación?

Dejando aparte por ahora el último párrafo del capítulo octavo, son cuatro los pasajes de la primera parte que aluden al tema. El primero lo acabo de citar («Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice…»). El segundo texto inicia el discurso que pronuncia don Quijote al emprender su primera salida:

¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera…?

Conviene recordar que este mismo discurso encierra también la primera alusión, ya citada, al campo de Montiel. Los otros dos pasajes son los que versan sobre la forma auténtica del nombre del hidalgo. En otras palabras: todos son pasajes que hemos supuesto ya, por otras razones, ser interpolaciones. Es significativo, además, que todas las alusiones, en esta primera parte, al Quijote como «historia», o a la verdad de la «historia», figuren en los pasajes mencionados. En estos hechos me fundo para concluir que en el primitivo cuento no se hablaba ni de autores, ni de anales, ni de la «historia», ni de la verdad de la historia, siendo añadidos después estos detalles para justificar la introducción de Cide Hamete, no prevista en los primeros momentos. En cuanto al último párrafo del capítulo octavo, claro está que Cervantes lo compuso al mismo tiempo para servir de transición entre dos planes sucesivos.

Como consecuencia de estas conclusiones, podemos afirmar la probabilidad de que Cervantes emprendiese su reelaboración al llegar al capítulo noveno, en que aparece Cide Hamete. En tal caso sería razonable presumir que este capítulo reflejase las mismas preocupaciones que impulsaran a Cervantes a elaborar sus interpolaciones, hechas simultáneamente. Deberíamos poder establecer una serie de paralelos entre el capítulo noveno y los textos intercalados (sin tomar en consideración, naturalmente, los ya establecidos entre el tema Cide Hamete y el tema «los autores desta tan verdadera historia»).

No faltan estos paralelos. Por ejemplo, al meditar Cervantes sobre el problema de convertir su cuento en historia, se le ocurre la idea de multiplicar los detalles descriptivos, no sólo en el capítulo primero, sino también en el capítulo noveno, y la fingida pintura en el primer cartapacio de Cide Hamete le permite ofrecer al lector una representación realista de Rocinante y de Sancho Panza. Las dudas que emite en el capítulo primero acerca del verdadero nombre de don Quijote son idénticas a las que manifiesta en el capítulo noveno respecto a Sancho Panza:

Junto a él estaba Sancho Panza… a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía… la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de Panza y de Zancas que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.

Sigue preocupándose por el escrutinio que acaba de redactar, y consiguientemente observa en el mismo capítulo noveno:

Pues entre sus libros se habían hallado tan modernos domo Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna…

Sobre todo, sigue perplejo ante el problema fundamental suscitado por su cambio de plan. Desde el capítulo noveno en adelante, su relato, bajo la supuesta autoridad de Cide Hamete, se puede presentar con toda propiedad como «historia». Pero, ¿los ocho primeros capítulos? Bien es verdad que, en su reelaboración, el deseo de la armonía estructural le ha impulsado a calificarlos también de «historia», pero en realidad no forman parte constitutiva de ésta. En este dilema, Cervantes resuelve la dificultad de modo completamente arbitrario: en el primer párrafo del capítulo primero inserta la denominación contradictoria de «cuento»:

Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración del no se salga un punto de la verdad.

Y en el capítulo noveno repite este procedimiento:

el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento.

El paralelo es exacto.

Y al fin y al cabo, la misma estructura del capítulo noveno constituye una prueba más de la validez de nuestros argumentos. Cervantes interrumpe allí la batalla con el vizcaíno para intercalar la descripción del descubrimiento de los cartapacios. La técnica de la interpolación, empleada en el capítulo noveno al descubierto, adquiere un alto valor artístico. Pero es precisamente la misma que ha empleado Cervantes en los ocho primeros capítulos, al entregarse a la labor de la reelaboración.

(*) Geoffrey Stagg, «Sobre el plan primitivo del Quijote», en Frank Pierce y Cyril A. Jones (eds.), Actas del primer congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Oxford: The Dolphin Book, 1964, pp. 463-471.