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MIGUEL DE UNAMUNO

Mr. H. G. Wells, el novelista inglés, nos es profundamente simpático por lo mismo que es antipático a casi todos los idiotas. Y aquí conviene que definamos esto de idiota -en griego: hombre particular, o privado- diciendo que es el que no tiene más que sentido común, el que no discurre más que con lugares comunes y que por tanto odia las paradojas. Mr. Wells forjó paradojas y hace luego juegos malabares, malabariza con ellas, y cuando, al fin, esas paradojas han logrado entrar en el sentido común de los idiotas, éstos las convierten en lugares comunes, las clasifican y etiquetan y las meten en unas cajitas donde las tienen guardadas para enseñárselas a sus hijos.

A Mr. Wells le preguntaron por los seis más grandes hombres de las historia y en vez de mandarle a paseo al humorista -o caso idiota, si tomaba la pregunta en serio- que se lo preguntó, contestó diciendo que eran Cristo, Buda, Aristóteles, Asoka, Roger Bacon y Lincoln. ¿Verdad que es divertido? Y ello ha servido, por lo menos, para que muchos se hayan preguntado: "¿y quién fue Asoka?" Lo cual, lector, debe importarnos muy poco. Dejemos, pues a Asoka.

Esta divertidísima, humorística y paradójica respuesta de Wells a una pregunta divertidísima, humorística y paradójica ha dado motivo a que otros escritores hayan terciado y escrito cosas bastante divertidas también. Y Wells, a su vez, ha replicado y al replicar se ha metido con Shakespeare. Que en Inglaterra es peor acaso que meterse con Cristo y tan grave como meterse con Cervantes. ¡No siendo los cervantistas que se meten con él a cada paso y le dejan al pobre!... Pero lo que no se le ha ocurrido a Wells, y eso que es ocurrente, es si Buda no es creación de algún Shakespeare indio, si tiene más realidad histórica que Hamlet, como Aquiles creación de Homero o de quien sea, y el mismo Cristo, según algunos... impíos ¡claro! creación poética, mito, de alguna comunidad judía.

Y cuenta que al decir que acaso Buda no tenga más realidad histórica que Hamlet no es que se la neguemos, sino todo lo contrario. Los que conocen nuestra filosofía de la historia -"anch´io sono pittore"- expuesta en nuestra Vida de Don Quijote y Sancho -cuya tercera edición acaba de publicarse- saben que creemos que Don Quijote y Sancho tienen más realidad histórica que Miguel de Cervantes Saavedra -y más que la del que esto escribe- y que lejos de ser éste, Cervantes, el que creó a aquéllos, son ellos los que crearon a Cervantes. Y vamos a emprender una campaña para que se canonice a Don Quijote, haciéndole San Quijote de la Mancha. Y si la Iglesia Romana, que ha canonizado a no pocos sujetos poéticos de menos realidad histórica que Don Quijote, se opusiera a ello, podría ser llegado el momento del cisma y de constituir la Iglesia Católica -es decir, Universal- Española, Quijotesca.

Hay quienes viven en un mundo de hielo, de agua sólida o congelada, con nubes, o sea agua en estado nebuloso y a las veces vapor, encima entre el documento histórico y la pseudo leyenda. Y estos tales no se dan cuenta del agua líquida, fluyendo de los ríos y arroyos que arrastran témpanos y de donde brota bruma. No tienen sentido histórico.

Si al que esto escribe se le preguntara por los seis más grandes hombres de la historia española, sabría responder, pero obligado a ello, no omitiría Don Quijote, Sancho Panza, Segismundo, Don Juan Tenorio, Pedro Crespo, San Isidro Labrador y... ya van seis y es lástima que no quepan el Cid, Pizarro, Prim y otros mitos más.

Dicen que Simón Bolívar -¡otro mito!- solía decir que los tres grandes majaderos de la historia habían sido Cristo, Don Quijote y él, Bolívar. Y teniendo en cuenta que majadero es un instrumento para majar, resulta que el dicho, por más que a un cristiano irreverente pueda parecerle irreverente, no está mal, pues ¡cuidado con lo que majaron Cristo, Don Quijote y Bolívar!

Y una de las cosas que prueban mejor la genialidad paradójica -aunque de no ser paradójica no sería genialidad- de Bolívar, es que se puso al lado de dos a quienes él debía de creer míticos, pues Bolívar, que habría leído a Volney, no estaría muy seguro de la realidad histórica del Cristo al modo que la entienden los idiotas.

No hace mucho que un amigo nuestro que acababa de leer la formidable novela de Emilia Brontë, titulada Wuthering heights -traducida y publicada recientemente en español con el título de Cumbres borrascosas- nos preguntaba que de dónde pudo sacar a Heathcliff, ese prodigioso ejemplo de pasión trágica, aquella pobre muchacha, hija de un pobre clérigo, que murió soltera a los treinta años en un pueblecito inglés. Y le dijimos que Emilia Brontë sacó esa su tormentosa criatura de donde todo creador las saca, de sí misma. O más bien que fue Heathcliff el que hizo a Emila Brontë.

Pero es la misma Emilia Brontë la que nos lo dice en el último hermosísimo poema que escribió. "Oh Dios de mi pecho; todo poderosa, siempre presente Divinidad! ¡La vida -que en mí tiene descanso- como yo -vida inmortal- tenemos poder en Ti!... Con amor que mucho abarca tu espíritu anima los eternos años penetra e incuba arriba, cambia, sostiene, disuelve, crea y cría. Aunque la tierra y el hombre se fueran y los soles y los universos dejaran de ser y te quedaras Tú solo, cada existencia existiría en Ti." La que escribió esto era una creadora, una poeta -mejor que poetisa- y cada verdadera existencia, cada acción que es pasión, vive en el Creador, así cada criatura de pasión y de amor como Heatchcliff vive en quien la creó. Y como Heathcliff vive y vivirá, vive y vivirá Emilia Brontë. Y muy de otro modo que como se lo figuran los idiotas.

El deán Inge -deán de la catedral anglicana de San Pablo, de Londres, de quien os hemos ya más de una vez hablado-, dice de esas palabras de Emilia Brontë moribunda que parecen contener "una verdadera filosofía" y añade: "Esta concepción de la relación de Dios al mundo es también la de la Iglesia Católica y ha sido defendida por una larga serie de filósofos cristianos que no me parecen inferiores en agudeza y penetración a los más celebrados pensadores modernos desde Spinoza hasta nuestros días". Pero no estamos muy seguros de que esa concepción de la Brontë "sea la general en la Iglesia Católica, ni mucho menos. Más se parece a la del propio deán Inge. Porque los Idiotas de la iglesia -y en ésta como en cualquier otra congregación los idiotas son los más- los que no tienen más que sentido común, como carecen de sentido propio y de pasión propia, no pueden concebir, ni menos sentir, esa especie de inmortalidad. Esa la siente un Heathcliff. Es decir, una Brontë". Para los idiotas, para los del puro y recto sentido común, no hay más que una inmortalidad común, una comunidad inmortal. Como no tienen más que individualidad corpórea, al deshacérseles el cuerpo se les deshace la individualidad. Y nada pierden.

Vamos a consultar con Bolívar, que ¡claro! sigue viviendo, nuestro propósito de hacer que la España Máxima canonice a don Quijote. Y no vayan a creer los semi-idiotas -que son peores que los idiotas puros- que se trata aquí de nada de espiritismo, ¡no! Para ponernos al habla con Bolívar no necesitamos espiritismos. Vamos a hablar con él en español claro y recio y no en ninguna clase de esperanto y vamos a hablar con él a solas, alma a alma, sin comunidad ambiente que nos estorbe. Y estamos seguros de que aprobará nuestro proyecto, con la condición ¡claro está! de que luego se le canonice a él también y le hagamos San Simón Bolívar. Y os aseguramos que ambos, San Quijote de la Mancha y San Simón Bolívar tendrán más realidad histórica que pueda tenerla aquel don San Diego Matamoros de que hablaba don Quijote.

(Se admiten adhesiones).

M. Unamuno

Publicado el 15 de abril de 1923 en La Nación de Buenos Aires

MIGUEL DE UNAMUNO

10 noviembre 1905

Sr. D. Ricardo Palma

Mi buen amigo: Adjunto carta que quiero que haga llegar al joven José de la Riva Agüero, cuya tesis acabo de leer. Aunque ya en mi carta le felicito, felicítele usted de mi parte. Pocas veces he leído un trabajo en que se revela mejor buen sentido, más independencia de juicio y más sereno sentido crítico. Y además la tal tesis me viene de perillas, pues ha de servir para un largo artículo en la Esfera, en que tomando pie de lo que el joven Riva Agüero dice, diga yo, por mi parte, muchas cosas que me bullen cerca de las literaturas hispano-americanas, de su carácter y originalidad, de su mayor o menor hispanismo, de afrancesamiento, etc. y también acerca de usted y de sus deliciosas Tradiciones y del Sr. González Prada.

Al final de un despiadado estudio que dedico al horrible libro del Sr. Vicuña Subercaseaux La ciudad de las ciudades (modelo de snobismo afrancesado) hago ya honrosa mención de la tesis del joven La Riva Agüero y anuncio el estudio que he de dedicarlo.

A otra cosa. El silencio que acerca de ello guarda usted en su nota, me hace sospechar que acaso no ha llegado a sus manos el ejemplar de mi Vida de Don Quijote y Sancho que en el mes de mayo le remití. Dígamelo para que repita el envío. Es mi obra y va, aunque poco a poco, abriéndose camino.

Otra cosa más. Me interesaría poder tener ahí un librero con quien entenderme directamente y a quien encargar de la propaganda y venta de mis libros en esa república, en las condiciones que él estimase convenientes. ¿A quién me recomienda usted? Me gustaría enviarle pronto alguna remesa de mí ya citada Vida de D. Quijote y Sancho, mi obra capital.

De quien nada sé es de su hijo D. Clemente. Dígale que me dé señales de vida, y que sepa yo de sus andanzas y fortunas.

Usted sabe que de veras le estima su amigo y atento lector

Miguel de Unamuno

MIGUEL DE UNAMUNO

De caballero andante a capitán de almas

Miguel de Unamuno no es el primero que ha estudiado a Don Quijote. Recuerdo haber leído, entre otros, un ensayo de Turghenief, en el que se comparaba al héroe manchego con el conocidísimo príncipe de Dinamarca que sirvió de vocero al alma del gran Will.

El libro de Cervantes, como todos -como, por ejemplo, la Odisea, las Mil y una noches y los Viajes de Gulliver- puede darse a los niños para entretenimiento y puede servir como texto a un filósofo, para una teoría acerca de la vida. Está en él la corteza, el sentido literal, que agrada al gusto de los niños de diez años y a los doctos de sesenta, y está en él, el germen, la substantificque mouelle, que cita Rabelais, y que tan sólo los hombres suficientemente grandes, para no sentir contrariedad por bromas y absurdidades, pueden sorber hasta el fin. ¡Cuánta sabiduría existe para quien la supiera buscar, en la literatura popular burlesca de todos los países y de todos los siglos! Tras las facecias, los chistes graciosos, hallas a menudo la sátira exacta; al final de aventuras inverosímiles, una crítica de la realidad, en medio de la locura más escandalosa, das con la revelación imprevista de alguna verdad paradojal más exacta que muchas sentencias ratificadas por los autorizados. Podríase construir la filosofía de los espíritus sencillos, de los pobres de espíritu y de los demasiado listos, que no tendría de qué avergonzarse en la comparación con la de los laureados. Francia nos daría su inmortal Monsieur de La Palice, su Jocrisse, su Bobèche y el infeliz Prudhomme; Alemania, el aventurero Simplicissimus, el valiente barón de Münchhausen y ese sucio burlón que es Till Eulenspiegel; Inglaterra, el capitán Gulliver y Tristan Shandy; Turquía, su loco nacional Nasr-Eddin e Italia no quedaría a la zaga con su Bertoldo, su motejador Piovano Arlotto y con esos viejos arcatori (bribones) que se nombraron Gonnella y Basso della Penna.

España exhibirá a don Quijote con su fiel amigo y escudero Sancho, y bastaría ampliamente para su gloria. Don Quijote no es ya, tan sólo, el personaje de una novela, la feliz invención de un encarcelado genial. Pertenece, como Ulises, como Farinata, como Hamlet, como Gulliver, como Fausto, como Don Abbondio, a esa raza humana que no tiene descripción en ningún manual de antropología, pero es más vital que los otros cinco, tanto que sus ciudadanos han podido esperar la inmortalidad. Estos seres que nunca fueron de carne tienen un alma en la nuestra, tienen hasta un cuerpo en nuestra fantasía; conocemos sus hábitos y aptitudes; conocemos sus pensamientos, sus gustos, y adivinamos lo que harían y dirían en circunstancias dadas. Encarnan, gracias al soplo divino que dio a ellos el arte de sus padres, un lado, un carácter, un aspecto de la humanidad. Son tipos eternos, ideas platónicas; protagonistas del drama espiritual, y por eso más "verdaderos" que los hombres que nos pasan al lado y que poseen ficha individual en los registros del censo.

Si consideramos el libro de Cervantes literalmente, hallaremos una sátira literaria, una novela picaresca de primer orden, entretejida de cuentos; pero si arrancando de esta comprobación empírica sabemos introducirnos en los subterráneos de la obra e ir más allá -acaso- de las intenciones del autor, descubriremos bajo esas historias risibles, bajo esas chanzas irónicas y esas absurdas conversaciones, una de las más poderosas visiones de la tragedia humana. Desde hace casi un siglo la alta crítica cervantina se ejercita en este sentido y más de un ilustre exégeta de significados espirituales ha creído poner dique a las interpretaciones. Quien hiciera el relator de la humanidad podría actualmente compilar ya para Don Quijote un libro semejante al que Lichtenberg consagró a los múltiples hallazgos relativos al Fausto goethiano. Hemos visto un don Quijote símbolo del espíritu y un Sancho Panza símbolo de la materia; un don Quijote expresión de la aristocracia idealista y un Sancho Panza representante de la plebe positivista; un don Quijote símbolo del optimismo heroico y un Sancho Panza encarnación del pesimismo desilusionado. Se ha visto en el discurso del caballero a los cabreros un manifiesto comunista y en las justificaciones de Roque Guinart, un pre-anuncio del anarquismo: los molinos de viento se han vuelto la pre-representación de las máquinas modernas destinadas a aterrar la medieval civilización de la caballería y la rústica Dulcinea del Toboso, mondadora de granos, ha aparecido como una cruel parodia de las vírgenes de las cortes de amor, como la victoria de la sensualidad verista sobre el madrigalismo platónico de la lírica provenzal y del dolce stil nuovo ya en boga -merced al Petrarca- en la península occidental.

Todas estas interpretaciones -y otras más que no nombro- son, aunque diferentes entre sí, todas verdaderas. Verdaderas, se comprende, de aquella verdad que no puede ser medida con el metro de la lógica y demostrada mediante teoremas. Una creación artística vital y resistente como Don Quijote puede ser tan infinita cuan eterna es. Cada espíritu puede enriquecerla con algo propio sin deformarla, puede hacerle hablar sus mismas palabras y hallará siempre textos que refuercen y vigoricen con pruebas la propia intuición. Siendo literalmente viva, puede transmutarse de mil guisas, como todo lo que vive; existiendo, sin duda, en Don Quijote, como en la tierra y en el cielo de Shakespeare, muchas cosas que no ha alcanzado aún nuestra filosofía.

El último es, según mi parecer, el más afortunado y profundo entre todos los exégetas de Don Quijote: Miguel de Unamuno.

Unamuno nació en 1864 en Bilbao -Vasconia- y comenzó a escribir desde muy temprano. Su Vida de Don Quijote y Sancho Panza es la más célebre y la más significativa entre sus quince obras. Este rector de la Universidad de Salamanca es todo a la vez: poeta lírico y trágico, ensayista múltiple, sociólogo de fibra y filósofo sin miedo. Dejando a un lado la literatura pura, es el espíritu más representativo de la España de nuestros días. Es para su país algo semejante a lo que fueron Carlyle para Inglaterra y Fichte para Alemania. Su actividad de apóstol espiritual, que comenzó a desplegarse después de las amarguras y los desalientos de las derrotas causadas por los norteamericanos, tiene de hecho alguna relación con la de los animadores teutónicos. Trata él, como Fichte, de volver a elevar, mediante una fuerte disciplina mental, sacada de las tradiciones más intactas de la pasada vida ibérica, los ánimos debilitados de sus conciudadanos, y se vale como Carlyle de la ficción y de la lírica, porque su pueblo, que no tuvo filosofía propia y que desde tan luengo está fuera de las mayores corrientes europeas, vuelve a hallar en el idealismo moderno nuevas razones de vida más intensa y de grandeza más pura.

Este comentario a la obra maestra de su literatura es el más animoso mensaje de su apostolado nacional. Don Quijote ha sido resucitado en una atmósfera de espiritualidad, en un mundo de conceptos típicos y místicos; pero entrambos, atmósfera y mundo, son rígidamente españoles; más, vascos si queremos y tanto como castellanos. En este libro existe un Don Quijote ideal, idealizado, transfigurado, que guarda con el de Cervantes la sola concordancia de las acciones exteriores; pero semejante vivificación que lo magnifica no está hecha por un filósofo extranjero y cosmopolita que ve en el santo caballero ideas abstractas y universales, creadas para toda época, para todo país y para todo cerebro, pero sí por un poeta-filósofo-místico-español, nacido en la misma tierra de su héroe, cristiano como él, loco como él, y que vislumbra, en la esencia del quijotismo, la verdadera puerta maestra para entrar en el alma misma de su patria. Por eso esta obra no es tan sólo el comentario apasionado de una obra maestra, sino que es al mismo tiempo un ensayo de psicología de la raza española en uno de sus más sublimes momentos.

Unamuno no ve a su don Quijote tan solitario como puede imaginarlo un extraño. No es un loco, no es un anormal, no es un segregado. Como todos los biógrafos, también Unamuno parangona su héroe con otros héroes, y éstos se llaman el Cid, Santa Teresa, Pizarro, Ignacio de Loyola, sobre todo Ignacio de Loyola.

No hay que asombrarse de estos acercamientos. Unamuno se atreve con otros más tremendos: pone al caballero de la triste figura al lado de la sombra del Crucifijo, y más de una vez nos muestra de qué medios estupefacientes se vale el loco hidalgo para realizar, mejor que muchos cristianos, las enseñanzas de Jesús...

Pero el mellizo de don Quijote es, para Unamuno, el creador de la Compañía de Jesús, el caballero errante de la fe, el antiguo soldado del mundo, que quiso volverse - y lo logró- capitán de almas. En esto el don Quijote de Unamuno es profundo, pues no es monocorde, no tiene un carácter solo, no personifica una idea fija. El vasco trata al manchego como a una auténtica personalidad histórica, como a un santo laico, del que Cervantes hubiese sido el único e imperfecto evangelista. Por eso no reduce su figura a un esquema unitario, quitándole y despedazándole el cuerpo que el arte le ciñó, sino que, al contrario, no satisfecho de lo que el libro da, añade en lugar de quitar, allí donde el viejo historiador calló o no dijo lo suficiente. Presa total de don Quijote, Unamuno no habla de Cervantes sino para reprocharle indirectamente el no haber comprendido a su héroe. El veterano de Lepanto es para él un interpretador necesario, y tan sólo por esto lo tolera.

El moderno biógrafo, a pesar de seguir fielmente capítulo por capítulo al biógrafo antiguo, no se presenta una vida mucho más complicada y completa que la que le sirve de texto y de cartabón; nos da la vida externa, explicada, justificada e ilustrada por lo interior.

Don Quijote es para Unamuno el espíritu humano que se acrecienta y ensancha en la locura, en el abandono al propio destino, en la búsqueda de la gloria y de la grandeza, y es, al mismo tiempo, el símbolo vivo de su raza, el sucesor y el compañero de aquellos idealistas valerosos y pugnaces y de aquellos cristianos místicos y enamorados, que constituyeron, en el pasado, la más verdadera nobleza de España.

Existe un pasaje en el comentario de Unamuno que ilumina singularmente esta repetida identidad. Narra, repitiendo a Cervantes, la manera como nuestro caballero, habiendo dado con algunos mercaderes toledanos, se plantó ante ellos, queriendo que atestiguaran que no existía en todo el mundo mujer más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

"Es ésta -comenta Unamuno- una de las más quijotescas aventuras de don Quijote, es decir, una de aquellas que elevan más alto el corazón de los redimidos por su locura. Esta vez don Quijote no busca contienda para defender a un necesitado o enderezar un entuerto o reparar una injusticia, pero sí en defensa y conquista del reino de la fe. Quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones mercantilizados veían solamente el reino material de las riquezas, que existe un reinado espiritual, redimiéndolos así a todas costas.

"Los mercaderes no se dieron por vencidos a las primeras, y, reacios a los discursos, acostumbrados a lo ambiguo, estiraron la confesión, aduciendo como disculpa el no conocer a Dulcinea". Y aquí don Quijote monta en quijotismo y exclama: "Si yo os la hiciera ver, ¿qué mérito habría en confesar una verdad tan manifiesta? Lo importante es que, sin verla, creáis, confeséis, juréis y sostengáis. ¡Admirable Caballero de la Fe! ¡Cuán profundo es el sentido de tus palabras! Fuiste de tu pueblo -del pueblo español- que bien alcanzó lejanías con la espada en la diestra y en la siniestra la cruz, para hacer confesar a desconocidas gentes un credo que ignoraban. Sólo que alguna vez equivocóse de mano, levantó la espada y golpeó con el crucifijo". No podríase mejor, en pocas palabras, exaltar el verdadero carácter del héroe creyente y -al mismo tiempo- disculpar la ignorancia religiosa de los españoles y los horrores de sus conquistas de allende los océanos.

[...] Todos aquellos que quieran entender mejor al eterno Don Quijote y quieran acrecentar su amor para la infeliz y desconocida España, deben volver a ella, siguiendo la voz de este Unamuno, que está entre los más austeros despertadores de espíritus que existen hoy en el mundo.

Por Giovanni Papini

(Traducción de Atilio E. Caronno)

Publicado el 10 de diciembre de 1923 en La Nación de Buenos Aires

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - LIMA BASQUE CENTER

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martes, 1 de marzo de 2011

Bruce W. Wardropper Don Quijote: ¿ficción o historia?

Aunque hoy día llamamos novela al Quijote, Cervantes no lo llamó así. La palabra novela es moderna en español; no existía entonces en el sentido de ficción extensa en prosa y se aplicaba solamente a las narraciones cortas de origen italiano. Otro grupo de palabras que se usaron para designar ficción más extensa en prosa derivan del latín romanice; en Francia, roman incluyó la obra de ficción en prosa, cuando la palabra equivalente en España, romance, tenía ya otros significados.1 No existía, pues, un nombre genérico para las tempranas obras de ficción en prosa.2 Las obras de caballerías y pastoriles se llamaron libros, y las sentimentales, tratados; La lozana andaluza de Francisco Delicado es un retrato, y las obras picarescas son vidas. En las portadas de los dos tomos de su obra maestra, Cervantes se abstiene cuidadosamente de clasificar su obra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. En el prólogo de la primera parte, el amigo que le aconseja sobre los preliminares de la obra la llama simplemente libro. Si, como el amigo supone, el Quijote es esencialmente una parodia de los libros de caballerías, se podría pensar que el término usado para designar el original —libro— sería el más apropiado a la parodia. Cervantes, sin embargo, lo usa rara vez en el texto. Prefiere llamar a su obra historia, en el sentido, no de invención ficticia, sino de historia verdadera. Naturalmente sabemos que no lo dice en serio; el Quijote puede ser libro de aventuras, novela u otra clase de ficción, pero indudablemente no es historia. Tenemos que hacer frente, pues, a una narración que pretende pasar por historia, una obra que se finge históricamente verdadera, dentro del marco de la ficción. A mi modo de ver, el estudio del Quijote ha de empezar por esta paradoja.

El problema de la falsa historicidad de la obra generalmente se presenta según los principios aristotélicos de la universalidad de la poesía y la particularidad de la historia. «La diferencia entre el historiador y el poeta», dice Aristóteles, «no está en la diferencia entre escribir en verso o en prosa; la obra de Heródoto podría ponerse en verso y seguiría siendo historia, tanto en verso como en prosa. La diferencia está en que una dice lo que ha ocurrido y la otra lo que podría ocurrir. De ahí que la poesía sea más filosófica y de más elevado valor que la historia; porque la poesía tiende más a unificar, mientras que la historia amontona».3 Esta aproximación al Quijote, adoptada por Américo Castro en El pensamiento de Cervantes (Madrid: Imprenta de la Librería y Casa Editorial Hernando, 1925) y con más cautela por E. C. Riley en Cervantes’s Theory of the Novel (Oxford: Clarendon Press, 1962; trad. española de Carlos Sahagún, Madrid: Taurus, 1981, 3.ª ed.), puede parecer sólida a primera vista. El Pinciano expone esta doctrina en su Filosofía antigua poética (1596),4 obra que sin duda alguna conocía Cervantes, y los personajes del Quijote también comentan la literatura desde este punto de vista aristotélico.5 En la terminología de la estética del siglo xvi, puede decirse que la historia es natural, puesto que narra sucesos según acaecieron (es decir, que cada uno sale de los precedentes conforme a la lógica de la Naturaleza),6 mientras que la ficción es artística —artificiosa— ya que hace suceder los acontecimientos de una manera peculiarmente satisfactoria.7 En el Quijote, Cervantes por una parte manipula las aventuras para conseguir un fin artístico, y, por otra, hace que cada aventura fluya naturalmente de la anterior. Llegamos así a la conclusión que la obra es al mismo tiempo poesía e historia, es decir, usando la imagen crítica de Castro, es como la cumbre de una montaña desde la que pueden contemplarse dos laderas, la vertiente poética y la vertiente histórica.8 El problema que plantea este acercamiento aristotélico es que no explica tanto la obra como parte de la teoría al fondo de ella.

Mi aproximación a la obra procede menos de estas consideraciones teóricas que de la historia de la literatura y de la historia de la historia. Este método histórico, por anticuado que sea, puede servir para ilustrar la forma y el sentido temático de la obra maestra cervantina.

Cervantes, pues, pocas veces llama a su libro otra cosa que una historia. ¿Se refiere quizá con ese término a una historia ficticia? La palabra podía servir para denominar una obra de ficción aun a principios del siglo xvii. El mismo don Quijote usa la palabra historia en este sentido en una ocasión: «tú has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo» (I, XX). Sin embargo, contrarias a esta cita, podrían darse centenares de ellas en que el término se usa en el sentido en que los historiadores usan la palabra historia. Éste es claramente el sentido en que Cervantes usa la palabra normalmente. Cervantes (o su alter ego, el fingido historiador Cide Hamete Benengeli) describe esta historia con gran variedad de adjetivos: sencilla, grande, curiosa, peregrina, apacible, sabrosa, moderna, nueva, imaginada. Pero el que repite una y otra vez es verdadera. El Quijote es una historia verdadera. Tenemos tendencia a descartar estas afirmaciones como la ironía juguetona del autor o como una convención de la época, al igual que las comedias verdaderas que no lo eran.9 ¿Tenemos, sin embargo, una excusa válida para desatender una clave, aunque sea irónica, de la naturaleza de la obra? Un poco de perspectiva histórica nos ayudará a encontrar la respuesta.

Entre las lenguas indoeuropeas, sólo el inglés traza una división clara (aunque no absoluta) entre history como narración de sucesos verdaderos y story, narración de sucesos.10 Ambas palabras tienen el mismo étimo grecolatino, HISTORIA. En otras lenguas, una sola palabra —histoire, historia, storia, Geschichte— denota ambos tipos de narración de sucesos.

En el desarrollo semántico de HISTORIA habrá ocurrido una bifurcación, para posibilitar que la palabra abarque ambos significados, lo acontecido y lo imaginado. La bifurcación lingüística corresponde a un desarrollo, o más bien a repetidos desarrollos, en la historia de la literatura. En los siglos ii y iii por ejemplo, los Erotici Graeci escribieron varias historias imaginarias: la más famosa, la Historia etiópica de Heliodoro, a pesar de lo erudito de su título, fue una de las más inverosímiles obras de ficción que ha conocido el mundo. Importa reconocer que el libro de aventuras bizantino, única obra considerable de ficción en prosa en la Antigüedad, surgió, no de la epopeya, sino de la historiografía. Aunque esta hijastra de la historia encontró buena acogida, fue apenas consciente de su deuda a la historiografía, y su falsa pretensión de ser verdadera irritó tanto a los intelectuales como a los investigadores. Como la historia ficticia de los antiguos carecía de ironía, no llegó nunca a alcanzar la categoría de novela. A Luciano le pareció necesario parodiar este tipo absurdo de libros de aventuras en una obra titulada irónicamente Vera historia, al igual que, en tiempos modernos, Cervantes hubo de parodiar irónicamente otro tipo de libros de aventuras.11 La Vera historia de Luciano fue en cierto modo el Quijote de su cultura.

La misma bifurcación de HISTORIA ocurrió en el territorio de las lenguas románicas en la Edad Media y en el Renacimiento. Al principio, se observó rigurosamente la distinción que hizo la Antigüedad entre prosa y poesía: la poesía —ya fuera épica, lírica o dramática— se usó para la ficción, y la prosa para exponer el pensamiento no imaginado —sobre la astrología, la teología, la teoría lapidaria, etc.—, pero sobre todo se usó para la narración histórica.

Los investigadores tradicionales explican el surgimiento de la novela como una prosificación de la materia épica, con importantes mutaciones genéricas, resultado del cambio de oyente masculino a lectora femenina, de la plaza pública al tocador, de la recitación en público a la lectura privada.12 En sentido estricto, esta explicación abarca solamente la ficción idealizada de los libros de aventuras: narraciones de asuntos caballerescos, troyanos, alejandrinos, y más tarde pastoriles —en suma, asuntos fabulosos—.13 Mientras tanto, la gente del pueblo seguía contando sus cuentos de viva voz y en prosa. Del mismo modo, aunque con propósito didáctico, se importaron cuentos orientales, que se vertieron al latín o a las lenguas vernáculas a beneficio de predicadores o de quienes buscaran ilustraciones morales edificantes. La ficción medieval en prosa —si excluimos la obra de un innovador tal como el Boccaccio— se compuso de libros de aventuras, cuentos folklóricos y exempla. Ninguno de estos tipos de narración se relaciona claramente con la novela moderna. Esta novela se arraiga en la historiografía.14

Los primeros cronistas no pudieron contener completamente su imaginación. Las lagunas históricas se rellenaron de invenciones originales o de materia épica prosificada, que son por definición productos de la imaginación.15 La tragedia de la historiografía es que el historiador no puede nunca operar en un plano estrictamente intelectual u objetivo: imagina motivos; imagina conversaciones; imagina la información que sus fuentes dejan de darle.

En mayor o menor grado, toda historia no hace más que pretender ser histórica.16 Ahora, en el Renacimiento tardío, tenemos un nuevo factor: algunas obras de ficción, como el Lazarillo de Tormes y el Quijote, también pretenden ser históricas.

El escribir prosa llevaba consigo un dilema moral. ¿Tenía un autor el derecho a modificar lo que creía ser la verdad, mezclándolo con los caprichos de su imaginación? Por otra parte, ¿tenía el derecho a presentar los vuelos de su imaginación como verdad? La imaginación, dimensión de la poesía, era la facultad mental propia del mentir. En el siglo xv se llamaba abiertamente mentira a la ficción tanto en poesía como en prosa. Para los críticos ascetas de la Contrarreforma, Garcilaso y Montemayor eran unos mentirosos censurables que sembraban el error en las fértiles mentes de los jóvenes.17 El modo poético al menos no engañaba a nadie, porque había sido ideado a propósito para ese agradable mentir. La prosa, en cambio, vehículo de los documentos jurídicos, los sermones y la historia, se consideraba ahora abusada por los que la usaron para propagar las falsedades de la ficción. Los peligros que contenía la prosa de la ficción eran mayores. ¿Cómo iba a saber el lector de la prosa si el historiador o el cuentista decía la verdad o mentía? Es más fácil engañar al lector cuando se le quitan las defensas de la convención recibida. De ahí se sigue que la responsabilidad moral del prosista es mayor que la del poeta. Pero hay también una consecuencia estética de este análisis que es de mayor importancia aun para nosotros hoy en día. Los problemas que acarrea el escribir ficción en prosa son intrínsecamente asuntos excelentes para la ficción en prosa. El modo prosaico suministra una alegoría ya confeccionada para expresar el dilema moral del hombre, quien tiene que vivir en un mundo donde los límites entre la verdad y la falsedad son imprecisos.

El gran mérito del barroco español consistió en que los escritores de ficción, tanto en prosa como en verso, entendieron la analogía entre su dilema profesional y el de sus lectores, y lo explotaron al máximo.

Este argumento continuo giró en torno a las palabras engaño y desengaño, verdad y mentira. En las letrillas de Góngora, en las comedias de Calderón y en los sueños de Quevedo, se da respuesta clara a la confusa condición humana; se da un hilo para salir de la confusión o el laberinto de este mundo. Diríase que estos autores impusieron una solución artística y formal a un problema existencial. Debido a su naturaleza, sin embargo, la historia se abstiene de organizar y racionalizar el caos y la sinrazón del mundo de los hombres; refleja fielmente la confusión prevaleciente.

Por ser a la vez historiador y novelista, Cervantes era necesariamente menos dogmático que otros artistas contemporáneos suyos, y menos seguro de la línea de separación entre la verdad y el error. El Quijote no desenmaraña la ficción de la historia, sino que, al contrario, enfoca su lente telescópica sobre esa imprecisa frontera. Presenta las pruebas de la incertidumbre de la verdad, y le dice al lector: «¡Juzga tú mismo!». Cide Hamete Benengeli, dudando de la autenticidad del episodio de la cueva de Montesinos (II, XXIV) anota: «Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere». Esta manera de percibir la imprecisa frontera entre historia y ficción, entre verdad y mentira, entre realidad e invención, es lo que constituye el Quijote de Cervantes, es lo que distingue a la novela del libro de aventuras. La novela es el género más consciente de sí mismo y el más introvertido.18 A diferencia de los libros de aventuras bizantinos, la novela es sensible a sus orígenes historiográficos y reconoce la necesidad de manipular su pretendida exactitud histórica con grandes dosis de ironía.

La expresión cervantina de la autoconciencia novelística es compleja. Puesto que su tema es ficticio, tiene que recurrir a estratagemas diversas para persuadir, y si es posible convencer, al lector de que don Quijote de hecho vivió y realmente hizo lo que de él se dice que hizo. Hemos notado ya las repetidas pretensiones de que la suya es verdadera historia. Pero hay algo más que esto. El realismo de las ventas y los caminos de la Mancha,19 la perfecta verosimilitud de personajes tales como Maritornes o don Diego de Miranda, la autenticidad histórica comprobada del bandolero Roque Guinart; tales detalles cautivan en el lector la voluntad de no creer. Las alusiones a los Anales de la Mancha, a sus Archivos, al manuscrito que se halló en Toledo, al cofre de plomo lleno de versos que se descubrió en la destrucción de una ermita, las intrusiones del historiador Cide Hamete y de su traductor, todo ello contribuye a la creación de un vasto aparato histórico, que da a todos y a cada uno de los capítulos la ilusión de ser históricamente verificables. Las dudas que suscita el traductor sobre la naturaleza posiblemente apócrifa de la conversación entre Sancho y su mujer o el descenso de don Quijote a la cueva sirven para dar un mayor sentido de exactitud histórica al resto de la narración. Finalmente, gracias a la intervención providencial de Avellaneda, la autenticidad histórica del don Quijote cervantino queda establecida en contra de las falsas pretensiones del ficticio don Quijote que aparece en la segunda parte apócrifa de Avellaneda.20 El don Quijote real e histórico se ve forzado a salir al frente para identificarse.21 El lector del Quijote no quiere creer realmente que lo que se narra es historia; por eso el autor tiene que esforzarse por desgastar su resistencia crítica.

¿Qué ha conseguido Cervantes al hacer pasar su relato por historia? La respuesta neoaristotélica es sencilla: ha conseguido verosimilitud.22 Pero ha hecho algo más: ha borrado la línea divisoria entre lo actual y lo potencial, lo real y lo imaginario, lo histórico y lo ficticio, lo verdadero y lo falso. Hasta el punto que ha tenido éxito, ha eliminado el escrutinio crítico del testimonio. Ha escrito una novela, la primera novela, novela que trata del problema que acarrea el escribir novelas.

Precisamente en esta destrucción de la facultad crítica y en este fallo en discenir entre historia y ficción se basa la locura de don Quijote. La causa de su locura no es tanto la excesiva lectura de libros de caballerías como su manera tergiversada de leerlos y de interpretarlos.23 Juan de Valdés, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola continuaron perfectamente cuerdos aunque devoraron todos los libros de caballerías que cayeron en sus manos.24 Don Quijote enloqueció porque no supo distinguir entre sucesos ocurridos de verdad a seres vivos y sucesos que ocurrieron solamente en la imaginación de algún autor y a seres que no eran más que criaturas de su imaginación. Don Quijote opinaba que, aunque el Cid Ruy Díaz fue muy caballero, no llegaba a la altura del Caballero de la Ardiente Espada.25 Confundió la dimensión de los hechos con la de la imaginación, la historia con la invención. Cervantes, procurando socavar la facultad crítica del lector, lleva la mímesis a su extremo lógico; trata de hacer participar al lector en la locura del personaje. Dejando aparte la cuestión moral que presenta al intentar hacer perder el juicio al prójimo, cabría preguntarse si ese objetivo era alcanzable. Seguramente lo fue, hasta cierto punto. Cualquier profesor que haya dictado un seminario sobre el Quijote sabe que el estudiante inteligente enloquece un poco cuando discute este libro. Esta especie leve de locura, nos atreveríamos a creer, es parte innata de la condición humana. Por cierto que casi todos los personajes del Quijote —exceptuando solamente el Caballero del Verde Gabán, el capellán de los duques y unos cuantos más— van manchados de esta forma de demencia, que consiste en la incapacidad de distinguir lo ficticio de lo real.26 Tarde o temprano, tenemos que preguntarnos: «¿Ocurrió realmente tal cosa, o es que lo he imaginado yo?». Esta especie de locura prevalece especialemente entre los hombres de letras.27 La verdad histórica no es en absoluto tan cierta como nos gustaría que fuera. ¿Llevó a cabo realmente Lorenzo de Arabia, caballero andante moderno, las empresas que se le atribuyen, o tienen razón sus detractores cuando le presentan como impostor? ¿Hemos de creer a Jean-Jacques Rousseau o a la historia de la literatura sobre si metió a sus hijos en un orfanato?

Un hombre culto lee tanto historia como ficción. Los historiadores hacen que sus historias se lean como novelas; y los novelistas hacen que sus novelas se lean como historias. Los escritores —lo mismo los investigadores que los poetas— conspiran para que el lector pierda el pie en la realidad, para llevarle al borde de la locura. El intelectual, el lector de libros, se ve forzado a preguntarse una y otra vez: «¿Qué es realidad?», o más aún: «¿Qué es verdad?». «El chancero Pilatos», así caracterizado por Francis Bacon, puede que haya hecho esta última pregunta con más seriedad de lo que creemos.

Un hombre analfabeto tiene el mismo problema, pero lo siente con menor intensidad. Él también tiene momentos en que no sabe si «todo lo soñó» o si «de veras ocurrió»; pero como su experiencia no va corroborada por el testimonio de la lectura de mil libros, da por sentada su debilidad humana. Por eso está también más seguro de su percepción de la realidad. En la parte primera de la obra, el analfabeto Sancho Panza no duda de que los ejércitos que ve don Quijote son ovejas, y los gigantes, molinos de viento. Sin embargo, cuando se trata de algo alejado de su experiencia, como el estruendo de los batanes golpeando en la oscuridad, Sancho tiene que enfrentarse con el misterio; siente el terrible miedo de lo desconocido que el intelectual saca de los libros. En la parte segunda, después de haber convivido largamente con don Quijote, espíritu libresco, se le adhieren algunas de las inquietudes del intelectual acerca de la verdad. Aunque, al hacer pasar a una fea aldeana por Dulcinea, es Sancho mismo quien obra el encantamiento con su mentira, las palabras de la duquesa y su autoflagelación acabarán por convencerle de que la moza escogida al azar es verdaderamente Dulcinea. Sabe la verdad, pero al mismo tiempo no puede estar seguro de saberla.28 Cogido en la red del mundo ficticio cervantino, ya no sabe distinguir entre invención e historia, entre la realidad de una aldeana, vista con sus propios ojos, y la mentira que él mismo ha inventado acerca de ella. El texto nos asegura que en la segunda parte Sancho se vuelve tan loco como su amo. Debemos notar que su locura tiene la misma causa y es del mismo tipo.

La preocupación de Cervantes con los problemas de la verdad histórica y su reconocimiento fue estimulada, a mi parecer, por la crisis que estaba pasando el arte del historiador. Si los cronistas medievales habían combinado inocentemente —quizá sin querer— la ficción con la narración de los hechos, a partir del siglo xv los historiadores se habían atareado en una falsificación intencional de la historia. Pedro del Corral, en la Crónica sarracina que compuso hacia 1430, fue tan imaginativo, que su contemporáneo Fernán Pérez de Guzmán dijo de la obra que en vez de una crónica, «más propiamente se puede llamar trufa o mentira paladina».29 Los críticos modernos, más caritativos pero menos exactos, llaman a la obra la primera novela histórica española.30 Lo importante es que pretendió pasar por historia y fue aceptada como tal por historiadores posteriores. Se imprimió en 1499, y tuvo gran número de ediciones hasta la época de Cervantes. Pedro del Corral inició la moda de lo que se ha venido a llamar «la historia novelesca y fantaseada».31

Dicha moda por poco enloquece a los eruditos. Historiadores humanistas como Jerónimo de Zurita (1512-1580) y Ambrosio de Morales (1513-1591) hicieron un esfuerzo heroico por discenir la verdad de la mentira. Estudiando cuidadosamente las fuentes, investigando en los archivos, aportando nuevos tipos de pruebas, como medallas, inscripciones y monumentos, restituyeron a la historia parte de su dignidad perdida. Éstos prepararon el terreno para el más grande y más fidedigno de los historiadores del Siglo de Oro, el Padre Juan de Mariana (1536-1624). Pero estos esfuerzos concienzudos para conseguir la verdad en la historia apenas contuvieron la oleada de la falsa historiografía; hasta es posible que hayan inculcado nuevas ideas en la mente de los falsificadores.

El descubrimiento en el Sacro Monte de Granada, entre 1588 y 1595, de los llamados libros plúmbeos reveló el más monstruoso intento para rehacer la historia anterior a la compilación de la Enciclopedia soviética. Según Ticknor, estas láminas metálicas,

cuando se descifraron, parecían ofrecer materiales en apoyo de la doctrina de la Inmaculada Concepción, favorecida por la Iglesia española, y de la llegada a España del apóstol Santiago, patrón del país, piedra angular de la historia eclesiástica española.

Este craso fraude fue aceptado como historia auténtica por Felipe II, Felipe III y Felipe IV, cada uno de los cuales en un Consejo de Estado […] juró solemnemente ser verdad; de tal modo que, en algún momento de las discusiones, algunos llegaron a creer que los libros plúmbeos llegarían a incorporarse a las Sagradas Escrituras.32

Otro gran fraude fue lo que la historia de la cultura conoce por falsos cronicones, una serie de fragmentos de crónicas que circularon en forma manuscrita desde 1594 y en forma impresa desde 1610.33 Pretendían haber sido escritos por Flavio Lucio Dexter, Marco Máximo, Heleca y otros cristianos primitivos, y contenían afirmaciones importantes y novísimas acerca de la primitiva historia civil y eclesiástica de España. En ellos se crearon a la medida ficciones halagüeñas para revestir hechos reconocidos, como si lo imaginado y lo auténtico estuvieran basados en la misma autoridad. Se inventaron nuevos santos para iglesias mal provistas en el departamento de hagiología; se encontró un origen decoroso a algunas familias nobles, que hasta entonces no habían podido presumir de sus fundadores; y un gran número de victorias y hazañas se insinuaron o se anotaron, las cuales enorgullecieron a la nación entera, tanto más cuanto que hasta entonces nadie había oído hablar de ellas.34

La creencia en estos engaños fue muy persistente. Todavía en el siglo xviii algunos escritores archicrédulos seguían citando los libros plúmbeos y los falsos cronicones, pese a la evidencia en contra, como autoridad para apoyar los supuestos hechos históricos. Mientras tanto, la Iglesia de Roma —hacia mediados del siglo xvii— había declarado que los libros plúmbeos eran falsificaciones, y una España obediente tuvo que dejar de aceptar, a desgana, invenciones que habían pasado por historia. Resultó más difícil deshacerse de las crónicas inventadas. Durante casi un siglo se desencadenaban controversias enérgicas respecto a su autenticidad. El mismo autor de ellas, el jesuita padre Higuera de Toledo, tuvo el descaro de expresar sus propias dudas sobre su veracidad. En la temprana fecha de 1595, Juan Bautista Pérez, obispo de Segorbe, puso de manifiesto el fraude. A pesar de esto, todavía hacia 1667-1675 Gregorio de Argáiz, «hombre de mucha erudición fútil»,35 publicó seis extensos volúmenes en folio en defensa de los falsos cronicones. El golpe de gracia lo recibieron, sin embargo, en 1652, cuando el gran bibliógrafo Nicolás Antonio empezó a escribir su Censura de historias fabulosas, libro que, aunque incompleto e inédito en vida de su autor, no dejó lugar a dudas sobre la naturaleza y la extensión del fraude del padre Higuera.

Si los eruditos estaban perplejos de la enorme cantidad de historia ficticia que salía de las prensas españolas, ¿qué pensarían los legos? Un ingenuo, como el ventero en el Quijote, creía en la exactitud histórica de las supercherías, basándose en que se habían imprimido con autorización real. Un escéptico, como Cervantes, difería el juicio, y consideraba la dificultad que hay en separar el hecho histórico del engaño ficticio. Y si, también como Cervantes, tenía la mentalidad libre e inquisitiva, reflexionó en el dilema humano que presentaba la incierta frontera entre la ficción y la historia.

Me inclino a creer que en parte el Quijote se inspiró en todavía otro ejemplo de falsa historia: la obra de Miguel de Luna, Historia verdadera del Rey don Rodrigo, compuesta por Albucácim Tárif.36 La primera parte de esta verdadera historia apareció en Granada en 1592 y la segunda en 1600, «tres años antes y cinco después del falso hallazgo de los libros plúmbeos que poblaron de mártires fantásticos el Sacro Monte de aquella ciudad», según preciso comentario de Menéndez Pidal.37 Miguel de Luna, intérprete oficial de árabe de Felipe II, tuvo el atrevimiento de dedicar al rey esta atroz muestra de fraude intelectual. Pretendió ser mero traductor de una obra escrita en el siglo viii por Albucácim Tárif, un moro que se suponía tuvo libre acceso a los archivos del rey don Rodrigo y a las cartas escritas por Florinda y don Pelayo. Para dar a su obra un viso de autenticidad, Luna anotó al margen palabras árabes del fingido original, pretendiendo que eran difíciles de verter al castellano.38 Dado el carácter fraudulento de su empresa, llega casi a la blasfemia cuando en el prefacio hace a Albucácim invocar la ayuda de Dios: «solo Dios criador, y sumo hazedor de todas las cosas criadas en este mundo […], a quien humilmente suplico me dé aliento para que sin género de inuención pueda contar con verdad clara y abierta la historia del suceso de la guerra de España».39 Se apela a Dios que sea testigo de la verdad de esta historia falsificada. Este nuevo enfoque de Luna (o Albucácim) sobre la conquista de España por los árabes sirve para ilustrar innumerables historias escritas posteriormente por historiadores incautos, aunque fueran bien intencionados. 40

Es obvio que no puedo demostrar que Cervantes viera en Albucácim Tárif al progenitor de Cide Hamete Benengeli, pero lo importante es que, al mismo tiempo que Cervantes estaba componiendo el Quijote, se tomaban tales libertades con la historia. Cervantes lleva a cabo, con una agradable ironía, lo que Luna hace con toda la seriedad de un falsificador.41 Una generación entera había perdido el respeto a la verdad histórica.

Junto a esta ficcionalización y falsificación de la historia se produjo un cambio fundamental en el papel del narrador. En la «historia auténtica, el autor se retrae modestamente tras la narración, apareciendo, si acaso, solamente en el prólogo, donde de costumbre menciona sus dotes para escribir la obra. La ficción, sin excluir el libro de aventuras que antecede a la novela, es más autoconsciente que la historia; el autor no puede ocultarse. En los libros de caballerías, como el Amadís de Gaula, el apóstrofe de los oyentes —legado de los juglares medievales— sigue apareciendo en la narración, como luz entre grietas: «como oýdes», «el enano que oýstes», «que sería largo de contar». En el libro de aventuras sentimental Cárcel de amor, el autor desempeña un papel importante en la ficción.42 En La lozana andaluza, el autor aparece en una serie de autorretratos, como pintor que reproduce lo observado en la realidad.43 Con el Lazarillo de Tormes, fingida autobiografía, el autor ficticio pasa a ser el tema principal de la historia, mientras que el autor verdadero se esconde bajo el velo del anónimo. En el libro de aventuras pastoril, el autor se esconde tras la narración, pero la narración y los personajes que la pueblan reflejan sus propias experiencias y problemas personales. Cervantes, que en el Quijote está escribiendo la primera novela, se obliga a complicar enormemente el papel desempeñado por el autor. Así interviene en los sucesos para aconsejar al lector lo que debe creer o para apartarle de la locura total con la frase «y así era la verdad».44 Inventa un seudohistoriador, cuyo crédito es a la vez atacado y defendido. Y este falso historiador desempeña un papel en la novela secundario solamente al de los protagonistas don Quijote y Sancho. Esta novela es, pues, una falsa historia, en la que el historiador toma aún mayor importancia que la del autor en los libros de aventuras. La novela surge de la falsa historia y resulta ser mucho más autoconsciente que los antiguos libros de aventuras.

La cuestión más intrigante es el por qué Cervantes, al inventar la novela accidentalmente, dio con este dudoso asunto del falso cronicón. Una posible respuesta es que era un espíritu satírico. Aunque el blanco declarado de su sátira fueran los libros de caballerías, éste no pudo ser el principal. El más importante fue la credulidad humana —credulidad en cuanto a hechos que pretendían ser históricos—. Pero, como ya hemos visto, prefirió satirizar esta condición humana de una manera arriesgada: estimulando y fomentando hasta cierto punto en su lector el mismo defecto que estaba ridiculizando. ¿Por qué quiso pisar terreno tan peligroso? A mi juicio, lo hizo porque estaba —en la terminología estética antigua— imitando el dilema humano. Hoy día diríamos que estaba recreando el dilema humano, moldeándolo en una forma artística. A pesar del catequismo, el hombre no cree de corazón que la verdad sea categórica; resiste las tendencias dualísticas de la ortodoxia eclesiástica. No escoge entre el bien y el mal, como dicen los moralistas, sino entre diferentes grados del bien y entre diferentes grados del mal. Del mismo modo, tampoco elige entre verdad y mentira, sino entre verdades de diferente escala, más altas o más bajas, y mentiras de diversos grados, más leves o más graves. Así es como Cervantes ve la condición humana. Para él todo lo humano es cuestión de matiz. Hemos visto cómo difiere fundamentalmente a este respecto de los escritores dogmáticos del barroco: Calderón, Quevedo,45 Gracián. El Quijote es, entre otras cosas, una tremenda protesta contra la confianza moral de la España de la Contrarreforma. Es en este sentido que quisiera parafrasear la brillante intuición que tuvo Américo Castro con respecto a la hipocresía cervantina.46 A pesar del furor47 suscitado por esta expresión en mala hora formulada, había algo de verdad en ella. «Protesta irónica contra una excesiva simplificación dogmática» sería mejor manera de expresar la supuesta hipocresía cervantina. La ironía es el modo artístico que escoge Cervantes para protestar contra el dogmatismo tridentino; era perfectamente apropiada a su comprensión seria del complejo mundo moral que se estaba enmascarando. El jugar con la verdad histórica, como todo juego, tiene una base seria.

Cervantes corrió ese riesgo —el riesgo de fomentar la locura que deploraba— porque en esta locura común yacía la prueba de una verdad relacionada con el mundo humano que la Contrarreforma estaba suprimiendo. La verdad, lejos de ser sencilla, es compleja y en último extremo inalcanzable en toda su complejidad. Es imposible abarcar la verdad en su totalidad; se pueden alcanzar solamente diversos aspectos de una verdad parcial. Ésta es la gran lección de la historiografía, si no de la historia misma. De ahí que la obra de Cervantes sea abierta. El loco es también cuerdo. ¿Quién puede decir cuándo empiezan y cuándo terminan los intervalos de lucidez de don Quijote?48 ¿Hemos de simpatizar con el cura de la aldea, cuyas buenas intenciones —el amor a su amigo y el deseo de que se cure— vienen contrarrestadas por su afición al histrionismo? ¿Hemos de condenar al grave eclesiástico, capellán de los duques, cuyo gesto agrio y severidad inhumana hacen de él uno de los más desagradables personajes de la obra, pero que, al mismo tiempo, es el único entre los miembros de la casa ducal que protesta de que los ricos ociosos, para su entretenimiento, atormenten a un loco? Estos personajes, todos los personajes cervantinos, son compuestos de cualidades antitéticas. Ésta es la realidad humana que Cervantes intenta comunicar. La obra misma —fusión de diversos tipos de ficción, caballeresca, sentimental, pastoril, picaresca, cuentos/poesías— es un reflejo fiel de la hechura multifacética del hombre. El medio artístico que elige Cervantes para presentar su sentido complejo de la verdad es naturalmente una obra híbrida.

El Quijote es un compendio de todos los géneros literarios anteriores, y supone la continua eliminación de fronteras imprecisas, al mismo tiempo que desdibuja los límites entre la historia y la ficción. Ésta es la principal intuición sobre la que Cervantes construye su novela. El comprender esta intuición es hallar respuesta a la más inquietante pregunta que cabe hacerse sobre la obra: ¿cómo es que a través de los siglos no haya podido haber dos personas de acuerdo sobre el sentido del Quijote?

(*) Este artículo fue originalmente y en forma más breve una ponencia dada ante la sección de lenguas románicas en la reunión de la Modern Language Association que tuvo lugar en Nueva York el 28 de diciembre de 1964. [Modern Philology, 63 (1965), pp. 1-11; trad. de Isabel Civil.]

(**) Bruce W. Wardropper, «Don Quijote: ¿ficción o historia?», en G. Haley (ed.), El Quijote de Cervantes, Madrid: Taurus, 1984 (1965), pp. 237-252.

(1) Romance significaba ‘lengua vernácula’ y también un tipo de poesía narrativa popular.

(2) En el original se hace hincapié en la importante distinción entre las palabras inglesas romance y novel, distinción imposible de expresar en castellano. «La crítica de lengua inglesa ha utilizado habitualmentc el término romance para referirse a la forma predominante de la narrativa medieval. El romance es una historia de aventuras, con combates, amores, búsquedas; separaciones y reencuentros, viajes a otros mundos, todo ello en variadas combinaciones. El mundo en el cual sucede la acción está alejado del público en tiempo, espacio o clase social, y muy a menudo en las tres categorías. El romance no debe confundirse con la novela, por más que la tradición española no disponga de una terminología precisa para los diversos géneros narrativos y tienda a llamar novela a toda ficción en prosa» (Alan Deyermond, Edad Media, t. I de la Historia y crítica de la literatura española, ed. de Francisco Rico, Barcelona: Crítica, 1979, p. 381). Huelga decir que, aunque el romance tuviera su origen en el Medioevo, no es privativo de dicha época. En la versión al castellano de este ensayo se emplea el término libro de aventuras para traducir romance, término nuevo que no es más que un pis-aller, puesto que en los romances sentimentales y pastoriles hay poca aventura. Novel se traduce ‘novela’; aquí, pues, novela denomina únicamente una ficción en prosa que represente el mundo imaginado como si fuera real. [Nota del autor, añadida para esta traducción.].

(3) Aristóteles, On the Art of Fiction, trad. de L. J. Potts, Cambridge: Cambridge University Press, 1953, p. 29.

(4) Alonso López Pinciano, Philosophía antigua poética, ed. de Alfredo Carballo Picazo, 3 vols., Madrid: CSIC, 1953; vol. I, pp. 203-204, 206, 265-268; vol. III, pp. 165-67.

(5) Especialmente en los capítulos LXVII y LXVIII de la parte I. Pero sobre algunas reservas acerca de la sinceridad del aristotelismo cervantino en estos capítulos, véase mi artículo «Cervantes’ Theory of the Drama», en Modern Philology, LII (1955), pp. 217-221.

(6) Raymond S. Willis, Jr., en su admirable estudio estructural The Phantom Chapters of the Quijote, Nueva York: Hispanic Institute, 1953, pp. 98-100, sostiene que la frase «dice la historia», que sirve para restablecer la fluidez de la narración aparentemente dislocada, se refiere a la idea platónica de la historia de don Quijote, que es mítica, perfecta y completa.

(7) Véase mi artículo «The Pertinence of El curioso impertinente», en Publications of the Modern Language Association, LXXII (1957), pp. 587-600.

(8) El pensamiento de Cervantes, o. cit., p. 30. Aubrey F. G. Bell, en su Cervantes, Norman, Oklahoma: University of Oklahoma Press, 1947, p. 88, escribe: «Don Quixote is both true and imaginary: it is a historia verdadera and it is a historia imaginada (I, 22). Cervantes bends his whole genius to reconcile the two worlds» [‘Don Quijote es al mismo tiempo verdadero e imaginario: es una historia verdadera y es una historia imaginada (I, 22). Cervantes emplea todo su genio con el fin de reconciliar los dos mundos’].

(9) Algunos autores, naturalmente, no ven nada trascendental, no ven más que una convención divertida en la pretensión de la ficción de ser verdad histórica. El héroe ficticio de Estebanillo González advierte al lector que su autobiografía «no es la fingida de Guzmán de Alfarache, ni la fabulosa del Lazarillo de Tormes, ni la supuesta del Caballero de la Tenaza, sino una relación verdadera» (Madrid: Atlas, 1950 —Biblioteca de Autores Españoles, XXXIII—, p. 286; las cursivas son mías).

(10) Esta distinción ordinariamente no crea problemas, pero no debemos olvidar que a veces tendemos a confundirlos. Un cuento para niños puede titularse The Story of Ancient Rome (en vez de The History); H. G. Wells pudo escribir una (ficticia) History of Mr. Polly.

(11) Es interesante notar que para el Pinciano los libros de caballerías son cuentos milesios modernos: «las ficiones que no tienen imitación y verisimilitud no son fábulas, sino disparates, como algunas de las que antiguamente llamaron Milesias, agora libros de caballerías, los quales tienen acaescimientos fuera de toda buena imitación y semejança a verdad» (Philosophía antigua poética, ed. cit., II, 8).

(12) Véase, por ejemplo, Karl Vossler, «La novela en los pueblos románicos», en su libro Formas literarias en los pueblos románicos, Madrid: Espasa-Calpe, col. Austral, pp. 91-106.

(13) En este artículo sigo la distinción entre libro de aventuras y novela delineada en el siglo xviii y clarificada en nuestro tiempo por Northrop Frye en su Anatomy of Criticism, Princeton: Princeton University Press, 1957, pp. 304-307.

(14) Frye ve la conexión entre novela e historia, pero cree que la novela es un libro de aventuras que se orienta a una forma historiográfica: «La novela trata de extenderse hasta ser un acercamiento ficticio a la historia. La solidez del instinto de Fielding al llamar a Tom Jones historia se confirma por la regla general que, cuando más se agranda el esquema de la novela, más claramente se manifiesta su naturaleza histórica» (o. cit., p. 307). Phillip Stevick («Fielding and the Meaning of History», en Publications of the Modern Language Association, LXXIX [1964], pp. 561-568) no se concierne con la novela como historia; se interesa más bien en la historia intelectual que informó la noción del proceso histórico en Fielding.

(15) Cf. Pero Mexía, Historia del Emperador Carlos V, ed. J. de Mata Carriazo (Madrid: Espasa-Calpe, 1945), p. 7: «Los antiguos ystoriadores que escriuieron las vidas e ystorias de los grandes príncipes y rreyes, todos procuraron y trauaxaron de dar linajes y deçendencias muy ilustres y altas, a las vezes fingiéndolas quando las ciertas no eran a su contento, e aprovechándose de las fábulas poéticas para este efecto, haciendo ansimismo sus naçimientos y crianças de algunos dellos muy extrañas y llenas de misterios». Con frecuencia se afirma, siguiendo la opinión de Menéndez Pidal, que la épica española es históricamente exacta. Con demasiada frecuencia esta afirmación lleva a los estudiosos a pasar por alto lo esencialmente poético, su dependencia de la imaginación. Fue la tarea de Pedro Salinas («La vuelta al esposo», en sus Ensayos completos, Madrid: Taurus, 1983, t. III, pp. 27-37) y de Leo Spitzer («Sobre el carácter histórico del Cantar de Myo Cid», en Romanische Literaturstudien, Tübingen: Niemeyer, 1959, pp. 647-663) el rectificar las conclusiones erróneas que se derivaron de la conocida teoría de Menéndez Pidal.

(16) Mi colega Richard L. Predmore (El mundo del Quijote, Madrid: Ínsula, 1958, p. 21) hace una brillante observación al notar que Cervantes insiste en «el contraste […] entre la vida y cualquier intento de registrarla con exactitud».

(17) Cf. Pedro Malón de Chaide, quien en el prólogo a La conversión de la Madalena dice: «¿qué otra cosa son libros de amores, y las Dianas y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los Amadises, Floriseles y Don Belianís, y una flota de semejantes portentos como hay escritos, puestos en manos de pocos años, sino cuchillo en poder del hombre furioso?» (Biblioteca de Autores Españoles, XXVII, p. 279).

(18) Excelentes ejemplos de la autoconciencia de la novela, pueden encontrarse en novelas policiacas, que repiten ad nauseam fórmulas tradicionales. Por ejemplo, en The Body in the Library de Agatha Christie, el coronel Bantry, al ser informado de que se ha cometido un crimen en la casa, supone que su esposa lo ha imaginado, como resultado de su afición a leer novelas policiacas y dice: «En los libros, el cadáver de la víctima se encuentra siempre en la biblioteca, pero no he conocido ningún caso que ocurra así en la vida real». En la misma obra, un niño de nueve años le pregunta al subjefe de policía Harper: «¿Le gustan a usted las novelas policiacas? A mí me gustan mucho. Las leo todas y tengo autógrafos de Dorothy Sayers, Agatha Chistie, Dickson Carr y H. C. Bailey». La mención del nombre del autor es, en este tipo degenerado de la novela, equivalente a la aparición de «un tal Saavedra» en el Quijote.

(19) Los caminos son evocados más bien que descritos, como lo señaló ya Flaubert: «Comme on voit ces routes d’Espagne qui ne sont nulle part décrites!».

(20) El Quijote de Avellaneda también pretende haber sido escrito por un seudohistoriador, Alisolán, «historiador no menos moderno que verdadero». Pero a diferencia de Cervantes, Avellaneda cae en el más craso relativismo en su actitud hacia la verdad en la historia ficticia: «En algo diferencia esta parte de la primera suya [sc. de Cervantes]; porque tengo opuesto humor también al suyo; y en materias de opiniones en cosas de historia y tan auténtica como ésta, cada cual puede echar por donde le pareciere» (prólogo; las cursivas son mías).

(21) El problema de Cervantes es el reverso del del novelista histórico. El lector de una novela histórica cree en la base histórica del argumento y acepta ingenuamente los añadidos no históricos.

(22) Es interesante comparar la defensa aristotélica de la verosimilitud por el canónigo de Toledo —«tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera»; «la verisimilitud y [&] la imitación en quien consiste la perfección de lo que se escribe» (I, XLVII)— con la actitud del historiador Cide Hamete, aferrado apasionadamente a la verdad: «las escribió [sc. las locuras de don Quijote] de la misma manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las objeciones que podían ponerle de mentiroso» (II, X). Un aspecto diferente de la relación entre la historia, la verdad y la verosimilitud aparece en el Elogio, escrito por Alonso de Barros al Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, donde nos dice que «por su admirable disposición y observancia en lo verosímil de la historia, el autor ha conseguido felicísimamente el nombre y oficio de historiador» (Biblioteca de Autores Españoles, III, p. 187).

(23) Esta explicación de la locura de don Quijote parece contradecir la afirmación de Cervantes que «del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio» (I, 1). De hecho es totalmente consciente con las dos cosas que sugieren: 1) que el hidalgo leía demasiado, y 2) que estaba predispuesto fisiológicamente a la locura. Otras afirmaciones, en el primer capítulo, y en el resto de la novela, añaden a esta información básica el hecho de que confundía la historia y la ficción.

(24) Américo Castro presenta testimonio de la imitación de lo leído en los libros por Santa Teresa y San Ignacio («La palabra escrita y el Quijote», en Hacia Cervantes, 3.ª ed., Madrid: Taurus, 1967, p. 380). Pero dejando aparte el hecho de que San Ignacio «vivió en su mocedad muy a tono con el espíritu de los libros de caballerías», ambos imitaron libros de devoción y no de ficción. Ignacio, en su juventud, adoptó los nobles ideales de los caballeros de ficción; pero no trató de llevar a cabo fazañas.

(25) I, i. Otro ejemplo de cómo don Quijote confunde ficción e historia lo encontramos en sus propias palabras confusas, después de que atacara los títeres de Maese Pedro: «a mí me pareció lodo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra; que Melisendra era Melisendra; don Gayferos, don Gayferos; Marsilio, Marsilio, y Carlo Magno, Carlo Magno» (II, XXVI). En cada caso la primera mención del nombre se refiere al personaje ficticio y la segunda al histórico.

(26) Casi todos los personajes cultos (y aun los medio cultos como el ventero) son ávidos lectores de libros de caballerías. Hay muchos matices en la manera de que aceptan lo ficticio como real. El cura de la aldea le dice al ventero que don Felixmarte y don Cirongilio son fingidos: «todo es compostura y ficción de ingenios ociosos que los compusieron para el efecto que vos decís de entretener el tiempo» (I, XXXII). Por su parte, el ventero está seguro de que son históricos. A veces cogemos al canónigo de Toledo desprevenido: «de mí sé decir que cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira y liviandad, me dan algún contento» (I, XLIX).

(27) Leo Spitzer, aunque no se ocupa de la historia como tal, subraya la importancia del libro como el tema principal discutido en el Quijote: «a theme which informs the whole novel: the problem of the reality of literature» (en «Perspectivism in Don Quijote», en su Linguistics and Literary History, Princeton: Princeton University Press, 1948, p. 51). Véase también su conferencia «On the significance of Don Quijote», en Modern Language Notes, LXXVIII (1962), pp. 113-129.

(28) Una experiencia paralela para don Quijote es la visión de la cueva de Montesinos: cree saber lo que vio y al mismo tiempo duda de saberlo (como resultado del escepticismo de Sancho, los dichos enigmáticos del mono de Maese Pedro, etc.). Esta afirmación sobre la naturaleza de la verdad y su reconocimiento difiere algo de teorías enunciadas anteriormente: verdad prismática, verdad objetiva, perspectivismo. La verdad se presenta paradójicamente y con ambigüedad en el Quijote: la tenemos y al mismo tiempo no la tenemos. Este aspecto paradójico de la verdad está en armonía, en mi opinión, con la tesis tan persuasivamente mantenida por Manuel Durán en La ambigüedad en el Quijote (Xalapa: Universidad Veracruzana, 1960).

(29) Generaciones y semblanzas, Madrid: Atlas, 1953 (Biblioteca de Autores Españoles, LXVIII), p. 697.

(30) Cf. Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Buenos Aires, 1943, t. III, p. 171, y Ramón Menéndez Pidal, Floresta de leyendas heroicas españolas, Madrid: Espasa-Calpe, («Clásicos Castellanos»), 1973, I, LXXXIX.

(31) Alonso Zamora Vicente, en Diccionario de literatura española, Madrid: Revista de Occidente, 1953 p. 764.

(32) George Ticknor, History of Spanish Literature, Boston, 1879, 4.ª ed., p. 215, n. 15.

(33) Véase J. Godoy Alcántara, Historia crítica de los falsos cronicones, Madrid: Rivadeneyra, 1868.

(34) Véase Ludwig Pfandl, Historia de la literatura nacional española en la Edad de Oro, Barcelona: Sucesores de Juan Gili, 1952, pp. 590-592.

(35) Ticknor, l. cit.

(36) El título completo de la «septima impression» (Madrid, [¿1676?]) que he consultado en la biblioteca de la Duke University, es como sigue: Historia / verdadera / del Rey don Rodrigo, / en la cual se trata la causa / principal de la pérdida de España, y la conquista / que de ella hizo Miramamolin Almançor, Rey / que fué de el África y de las Arabias; / y vida del Rey Jacob Al- / mançor. Compvesta / Por el sabio Alacayde Albucacim Tarif, / de Nacion Arabe. / Nuevamente traducida / de Lengua Arabiga por Miguel de Luna, veçino / de Granada, Intérprete [sic] de el Rey / nuestro Señor. Menéndez Pelayo, o. cit., t. III, p. 185, n. 2, dice: «Hay, por lo menos, nueve ediciones de este libro, que todavía es muy vulgar en España. Casi todos los catálogos de libros antiguos empiezan por él».

(37) O. cit., t. II, p. XLIII.

(38) Por ejemplo: «Cetro Real llama al Arabigo, harimalmulq» (ed. cit., p. 4). En las apostillas al margen se da cuidadosa consideración a las fechas, que se traducen libremente de la Hégira al calendario gótico «Era de César» y a la era cristiana Anno Domini. Algunas de las apostillas son semejantes a las de Cide Hamete en su historia; a propósito de una carta que se supone escrita por la Reina Anagilda al rey Rodrigo, Luna escribe: «Esta carta fue traducida por Abentarique, de Lengua Castellana en Arabiga y aora se bolviò à traducir de Arábigo en romance, y fue hallada en la Cámara del Rey Don Rodrigo, en la Ciudad de Cordoua» (p. 8).

(39) Pp. 1-2. Las cursivas son mías.

(40) Cf. Menéndez Pelayo, o. cit., t. III, p. 186: «logró […] una celebridad escandalosa, teniéndole muchos por verdadera historia y utilizándole otros como fuente poética».

(41) Cf. R. Menéndez Pidal, o. cit., t. II, p. XLIV: «La única preocupación de Miguel de Luna parece ser la de dar a luz un estupendo descubrimiento que le acredite en su oficio de docto arabista. Por eso no ceja en desfigurar o contrariar siempre las tradiciones históricas más recibidas, para dar a su relato una continua novedad. Todo falsario tiene un poco de perturbado, pero Luna tiene un mucho; sus invenciones aturden y marean al lector, como las de un loco, pues desquician y contradicen sin finalidad ni fundamento todo cuanto por tradición estamos habituados a tener como cosa sabida».

(42) Véase mi artículo «Allegory and the Role of El Autor in the Cárcel de Amor», en Philological Quaterly, XXXI (1952), pp. 39-44.

(43) Véase mi artículo «La novela como retrato: el arte de Francisco Delicado», en Nueva Revista de Filología Hispánica, VII (1953), p. 475-488.

(44) Cf. Richard L. Predmore, «El problema de la realidad en el Quijote», en Nueva Revista de Filología Hispánica, VII (1953), pp. 489-498.

(45) Para el caso del dogmático Quevedo, Carlos Blanco Aguinaga ha presentado brillantemente el testimonio de que la fachada monolítica del conformismo podía ser traspasada alguna rara vez por una angustia existencial: véanse «Dos sonetos del siglo xvii: amor-locura en Quevedo y sor Juana», en Modern Language Notes, LXXVII (1962), pp. 145-162.

(46) En El pensamiento de Cervantes, Castro dijo (aunque más tarde se retractó) que «Cervantes es un hábil hipócrita» (o. cit., p. 244). Con menos fuerza y con más sutileza expresa la misma idea en la p. 240 y en términos más aceptables: «Cervantes era un gran disimulador, que recubrió de ironía y habilidad opiniones e ideas contrarias a las usuales».

(47) Compendiado por Otis H. Green, «A Critical Survey of Scholarship in the Fiel of Spanish Renaissance Literature, 1914-1944», en Studies in Philology, XLIV (1947), p. 254, n. 120.

(48) El hijo poeta de don Diego de Miranda usa esta frase: «él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, XVIII).

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