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MIGUEL DE UNAMUNO

Mr. H. G. Wells, el novelista inglés, nos es profundamente simpático por lo mismo que es antipático a casi todos los idiotas. Y aquí conviene que definamos esto de idiota -en griego: hombre particular, o privado- diciendo que es el que no tiene más que sentido común, el que no discurre más que con lugares comunes y que por tanto odia las paradojas. Mr. Wells forjó paradojas y hace luego juegos malabares, malabariza con ellas, y cuando, al fin, esas paradojas han logrado entrar en el sentido común de los idiotas, éstos las convierten en lugares comunes, las clasifican y etiquetan y las meten en unas cajitas donde las tienen guardadas para enseñárselas a sus hijos.

A Mr. Wells le preguntaron por los seis más grandes hombres de las historia y en vez de mandarle a paseo al humorista -o caso idiota, si tomaba la pregunta en serio- que se lo preguntó, contestó diciendo que eran Cristo, Buda, Aristóteles, Asoka, Roger Bacon y Lincoln. ¿Verdad que es divertido? Y ello ha servido, por lo menos, para que muchos se hayan preguntado: "¿y quién fue Asoka?" Lo cual, lector, debe importarnos muy poco. Dejemos, pues a Asoka.

Esta divertidísima, humorística y paradójica respuesta de Wells a una pregunta divertidísima, humorística y paradójica ha dado motivo a que otros escritores hayan terciado y escrito cosas bastante divertidas también. Y Wells, a su vez, ha replicado y al replicar se ha metido con Shakespeare. Que en Inglaterra es peor acaso que meterse con Cristo y tan grave como meterse con Cervantes. ¡No siendo los cervantistas que se meten con él a cada paso y le dejan al pobre!... Pero lo que no se le ha ocurrido a Wells, y eso que es ocurrente, es si Buda no es creación de algún Shakespeare indio, si tiene más realidad histórica que Hamlet, como Aquiles creación de Homero o de quien sea, y el mismo Cristo, según algunos... impíos ¡claro! creación poética, mito, de alguna comunidad judía.

Y cuenta que al decir que acaso Buda no tenga más realidad histórica que Hamlet no es que se la neguemos, sino todo lo contrario. Los que conocen nuestra filosofía de la historia -"anch´io sono pittore"- expuesta en nuestra Vida de Don Quijote y Sancho -cuya tercera edición acaba de publicarse- saben que creemos que Don Quijote y Sancho tienen más realidad histórica que Miguel de Cervantes Saavedra -y más que la del que esto escribe- y que lejos de ser éste, Cervantes, el que creó a aquéllos, son ellos los que crearon a Cervantes. Y vamos a emprender una campaña para que se canonice a Don Quijote, haciéndole San Quijote de la Mancha. Y si la Iglesia Romana, que ha canonizado a no pocos sujetos poéticos de menos realidad histórica que Don Quijote, se opusiera a ello, podría ser llegado el momento del cisma y de constituir la Iglesia Católica -es decir, Universal- Española, Quijotesca.

Hay quienes viven en un mundo de hielo, de agua sólida o congelada, con nubes, o sea agua en estado nebuloso y a las veces vapor, encima entre el documento histórico y la pseudo leyenda. Y estos tales no se dan cuenta del agua líquida, fluyendo de los ríos y arroyos que arrastran témpanos y de donde brota bruma. No tienen sentido histórico.

Si al que esto escribe se le preguntara por los seis más grandes hombres de la historia española, sabría responder, pero obligado a ello, no omitiría Don Quijote, Sancho Panza, Segismundo, Don Juan Tenorio, Pedro Crespo, San Isidro Labrador y... ya van seis y es lástima que no quepan el Cid, Pizarro, Prim y otros mitos más.

Dicen que Simón Bolívar -¡otro mito!- solía decir que los tres grandes majaderos de la historia habían sido Cristo, Don Quijote y él, Bolívar. Y teniendo en cuenta que majadero es un instrumento para majar, resulta que el dicho, por más que a un cristiano irreverente pueda parecerle irreverente, no está mal, pues ¡cuidado con lo que majaron Cristo, Don Quijote y Bolívar!

Y una de las cosas que prueban mejor la genialidad paradójica -aunque de no ser paradójica no sería genialidad- de Bolívar, es que se puso al lado de dos a quienes él debía de creer míticos, pues Bolívar, que habría leído a Volney, no estaría muy seguro de la realidad histórica del Cristo al modo que la entienden los idiotas.

No hace mucho que un amigo nuestro que acababa de leer la formidable novela de Emilia Brontë, titulada Wuthering heights -traducida y publicada recientemente en español con el título de Cumbres borrascosas- nos preguntaba que de dónde pudo sacar a Heathcliff, ese prodigioso ejemplo de pasión trágica, aquella pobre muchacha, hija de un pobre clérigo, que murió soltera a los treinta años en un pueblecito inglés. Y le dijimos que Emilia Brontë sacó esa su tormentosa criatura de donde todo creador las saca, de sí misma. O más bien que fue Heathcliff el que hizo a Emila Brontë.

Pero es la misma Emilia Brontë la que nos lo dice en el último hermosísimo poema que escribió. "Oh Dios de mi pecho; todo poderosa, siempre presente Divinidad! ¡La vida -que en mí tiene descanso- como yo -vida inmortal- tenemos poder en Ti!... Con amor que mucho abarca tu espíritu anima los eternos años penetra e incuba arriba, cambia, sostiene, disuelve, crea y cría. Aunque la tierra y el hombre se fueran y los soles y los universos dejaran de ser y te quedaras Tú solo, cada existencia existiría en Ti." La que escribió esto era una creadora, una poeta -mejor que poetisa- y cada verdadera existencia, cada acción que es pasión, vive en el Creador, así cada criatura de pasión y de amor como Heatchcliff vive en quien la creó. Y como Heathcliff vive y vivirá, vive y vivirá Emilia Brontë. Y muy de otro modo que como se lo figuran los idiotas.

El deán Inge -deán de la catedral anglicana de San Pablo, de Londres, de quien os hemos ya más de una vez hablado-, dice de esas palabras de Emilia Brontë moribunda que parecen contener "una verdadera filosofía" y añade: "Esta concepción de la relación de Dios al mundo es también la de la Iglesia Católica y ha sido defendida por una larga serie de filósofos cristianos que no me parecen inferiores en agudeza y penetración a los más celebrados pensadores modernos desde Spinoza hasta nuestros días". Pero no estamos muy seguros de que esa concepción de la Brontë "sea la general en la Iglesia Católica, ni mucho menos. Más se parece a la del propio deán Inge. Porque los Idiotas de la iglesia -y en ésta como en cualquier otra congregación los idiotas son los más- los que no tienen más que sentido común, como carecen de sentido propio y de pasión propia, no pueden concebir, ni menos sentir, esa especie de inmortalidad. Esa la siente un Heathcliff. Es decir, una Brontë". Para los idiotas, para los del puro y recto sentido común, no hay más que una inmortalidad común, una comunidad inmortal. Como no tienen más que individualidad corpórea, al deshacérseles el cuerpo se les deshace la individualidad. Y nada pierden.

Vamos a consultar con Bolívar, que ¡claro! sigue viviendo, nuestro propósito de hacer que la España Máxima canonice a don Quijote. Y no vayan a creer los semi-idiotas -que son peores que los idiotas puros- que se trata aquí de nada de espiritismo, ¡no! Para ponernos al habla con Bolívar no necesitamos espiritismos. Vamos a hablar con él en español claro y recio y no en ninguna clase de esperanto y vamos a hablar con él a solas, alma a alma, sin comunidad ambiente que nos estorbe. Y estamos seguros de que aprobará nuestro proyecto, con la condición ¡claro está! de que luego se le canonice a él también y le hagamos San Simón Bolívar. Y os aseguramos que ambos, San Quijote de la Mancha y San Simón Bolívar tendrán más realidad histórica que pueda tenerla aquel don San Diego Matamoros de que hablaba don Quijote.

(Se admiten adhesiones).

M. Unamuno

Publicado el 15 de abril de 1923 en La Nación de Buenos Aires

MIGUEL DE UNAMUNO

10 noviembre 1905

Sr. D. Ricardo Palma

Mi buen amigo: Adjunto carta que quiero que haga llegar al joven José de la Riva Agüero, cuya tesis acabo de leer. Aunque ya en mi carta le felicito, felicítele usted de mi parte. Pocas veces he leído un trabajo en que se revela mejor buen sentido, más independencia de juicio y más sereno sentido crítico. Y además la tal tesis me viene de perillas, pues ha de servir para un largo artículo en la Esfera, en que tomando pie de lo que el joven Riva Agüero dice, diga yo, por mi parte, muchas cosas que me bullen cerca de las literaturas hispano-americanas, de su carácter y originalidad, de su mayor o menor hispanismo, de afrancesamiento, etc. y también acerca de usted y de sus deliciosas Tradiciones y del Sr. González Prada.

Al final de un despiadado estudio que dedico al horrible libro del Sr. Vicuña Subercaseaux La ciudad de las ciudades (modelo de snobismo afrancesado) hago ya honrosa mención de la tesis del joven La Riva Agüero y anuncio el estudio que he de dedicarlo.

A otra cosa. El silencio que acerca de ello guarda usted en su nota, me hace sospechar que acaso no ha llegado a sus manos el ejemplar de mi Vida de Don Quijote y Sancho que en el mes de mayo le remití. Dígamelo para que repita el envío. Es mi obra y va, aunque poco a poco, abriéndose camino.

Otra cosa más. Me interesaría poder tener ahí un librero con quien entenderme directamente y a quien encargar de la propaganda y venta de mis libros en esa república, en las condiciones que él estimase convenientes. ¿A quién me recomienda usted? Me gustaría enviarle pronto alguna remesa de mí ya citada Vida de D. Quijote y Sancho, mi obra capital.

De quien nada sé es de su hijo D. Clemente. Dígale que me dé señales de vida, y que sepa yo de sus andanzas y fortunas.

Usted sabe que de veras le estima su amigo y atento lector

Miguel de Unamuno

MIGUEL DE UNAMUNO

De caballero andante a capitán de almas

Miguel de Unamuno no es el primero que ha estudiado a Don Quijote. Recuerdo haber leído, entre otros, un ensayo de Turghenief, en el que se comparaba al héroe manchego con el conocidísimo príncipe de Dinamarca que sirvió de vocero al alma del gran Will.

El libro de Cervantes, como todos -como, por ejemplo, la Odisea, las Mil y una noches y los Viajes de Gulliver- puede darse a los niños para entretenimiento y puede servir como texto a un filósofo, para una teoría acerca de la vida. Está en él la corteza, el sentido literal, que agrada al gusto de los niños de diez años y a los doctos de sesenta, y está en él, el germen, la substantificque mouelle, que cita Rabelais, y que tan sólo los hombres suficientemente grandes, para no sentir contrariedad por bromas y absurdidades, pueden sorber hasta el fin. ¡Cuánta sabiduría existe para quien la supiera buscar, en la literatura popular burlesca de todos los países y de todos los siglos! Tras las facecias, los chistes graciosos, hallas a menudo la sátira exacta; al final de aventuras inverosímiles, una crítica de la realidad, en medio de la locura más escandalosa, das con la revelación imprevista de alguna verdad paradojal más exacta que muchas sentencias ratificadas por los autorizados. Podríase construir la filosofía de los espíritus sencillos, de los pobres de espíritu y de los demasiado listos, que no tendría de qué avergonzarse en la comparación con la de los laureados. Francia nos daría su inmortal Monsieur de La Palice, su Jocrisse, su Bobèche y el infeliz Prudhomme; Alemania, el aventurero Simplicissimus, el valiente barón de Münchhausen y ese sucio burlón que es Till Eulenspiegel; Inglaterra, el capitán Gulliver y Tristan Shandy; Turquía, su loco nacional Nasr-Eddin e Italia no quedaría a la zaga con su Bertoldo, su motejador Piovano Arlotto y con esos viejos arcatori (bribones) que se nombraron Gonnella y Basso della Penna.

España exhibirá a don Quijote con su fiel amigo y escudero Sancho, y bastaría ampliamente para su gloria. Don Quijote no es ya, tan sólo, el personaje de una novela, la feliz invención de un encarcelado genial. Pertenece, como Ulises, como Farinata, como Hamlet, como Gulliver, como Fausto, como Don Abbondio, a esa raza humana que no tiene descripción en ningún manual de antropología, pero es más vital que los otros cinco, tanto que sus ciudadanos han podido esperar la inmortalidad. Estos seres que nunca fueron de carne tienen un alma en la nuestra, tienen hasta un cuerpo en nuestra fantasía; conocemos sus hábitos y aptitudes; conocemos sus pensamientos, sus gustos, y adivinamos lo que harían y dirían en circunstancias dadas. Encarnan, gracias al soplo divino que dio a ellos el arte de sus padres, un lado, un carácter, un aspecto de la humanidad. Son tipos eternos, ideas platónicas; protagonistas del drama espiritual, y por eso más "verdaderos" que los hombres que nos pasan al lado y que poseen ficha individual en los registros del censo.

Si consideramos el libro de Cervantes literalmente, hallaremos una sátira literaria, una novela picaresca de primer orden, entretejida de cuentos; pero si arrancando de esta comprobación empírica sabemos introducirnos en los subterráneos de la obra e ir más allá -acaso- de las intenciones del autor, descubriremos bajo esas historias risibles, bajo esas chanzas irónicas y esas absurdas conversaciones, una de las más poderosas visiones de la tragedia humana. Desde hace casi un siglo la alta crítica cervantina se ejercita en este sentido y más de un ilustre exégeta de significados espirituales ha creído poner dique a las interpretaciones. Quien hiciera el relator de la humanidad podría actualmente compilar ya para Don Quijote un libro semejante al que Lichtenberg consagró a los múltiples hallazgos relativos al Fausto goethiano. Hemos visto un don Quijote símbolo del espíritu y un Sancho Panza símbolo de la materia; un don Quijote expresión de la aristocracia idealista y un Sancho Panza representante de la plebe positivista; un don Quijote símbolo del optimismo heroico y un Sancho Panza encarnación del pesimismo desilusionado. Se ha visto en el discurso del caballero a los cabreros un manifiesto comunista y en las justificaciones de Roque Guinart, un pre-anuncio del anarquismo: los molinos de viento se han vuelto la pre-representación de las máquinas modernas destinadas a aterrar la medieval civilización de la caballería y la rústica Dulcinea del Toboso, mondadora de granos, ha aparecido como una cruel parodia de las vírgenes de las cortes de amor, como la victoria de la sensualidad verista sobre el madrigalismo platónico de la lírica provenzal y del dolce stil nuovo ya en boga -merced al Petrarca- en la península occidental.

Todas estas interpretaciones -y otras más que no nombro- son, aunque diferentes entre sí, todas verdaderas. Verdaderas, se comprende, de aquella verdad que no puede ser medida con el metro de la lógica y demostrada mediante teoremas. Una creación artística vital y resistente como Don Quijote puede ser tan infinita cuan eterna es. Cada espíritu puede enriquecerla con algo propio sin deformarla, puede hacerle hablar sus mismas palabras y hallará siempre textos que refuercen y vigoricen con pruebas la propia intuición. Siendo literalmente viva, puede transmutarse de mil guisas, como todo lo que vive; existiendo, sin duda, en Don Quijote, como en la tierra y en el cielo de Shakespeare, muchas cosas que no ha alcanzado aún nuestra filosofía.

El último es, según mi parecer, el más afortunado y profundo entre todos los exégetas de Don Quijote: Miguel de Unamuno.

Unamuno nació en 1864 en Bilbao -Vasconia- y comenzó a escribir desde muy temprano. Su Vida de Don Quijote y Sancho Panza es la más célebre y la más significativa entre sus quince obras. Este rector de la Universidad de Salamanca es todo a la vez: poeta lírico y trágico, ensayista múltiple, sociólogo de fibra y filósofo sin miedo. Dejando a un lado la literatura pura, es el espíritu más representativo de la España de nuestros días. Es para su país algo semejante a lo que fueron Carlyle para Inglaterra y Fichte para Alemania. Su actividad de apóstol espiritual, que comenzó a desplegarse después de las amarguras y los desalientos de las derrotas causadas por los norteamericanos, tiene de hecho alguna relación con la de los animadores teutónicos. Trata él, como Fichte, de volver a elevar, mediante una fuerte disciplina mental, sacada de las tradiciones más intactas de la pasada vida ibérica, los ánimos debilitados de sus conciudadanos, y se vale como Carlyle de la ficción y de la lírica, porque su pueblo, que no tuvo filosofía propia y que desde tan luengo está fuera de las mayores corrientes europeas, vuelve a hallar en el idealismo moderno nuevas razones de vida más intensa y de grandeza más pura.

Este comentario a la obra maestra de su literatura es el más animoso mensaje de su apostolado nacional. Don Quijote ha sido resucitado en una atmósfera de espiritualidad, en un mundo de conceptos típicos y místicos; pero entrambos, atmósfera y mundo, son rígidamente españoles; más, vascos si queremos y tanto como castellanos. En este libro existe un Don Quijote ideal, idealizado, transfigurado, que guarda con el de Cervantes la sola concordancia de las acciones exteriores; pero semejante vivificación que lo magnifica no está hecha por un filósofo extranjero y cosmopolita que ve en el santo caballero ideas abstractas y universales, creadas para toda época, para todo país y para todo cerebro, pero sí por un poeta-filósofo-místico-español, nacido en la misma tierra de su héroe, cristiano como él, loco como él, y que vislumbra, en la esencia del quijotismo, la verdadera puerta maestra para entrar en el alma misma de su patria. Por eso esta obra no es tan sólo el comentario apasionado de una obra maestra, sino que es al mismo tiempo un ensayo de psicología de la raza española en uno de sus más sublimes momentos.

Unamuno no ve a su don Quijote tan solitario como puede imaginarlo un extraño. No es un loco, no es un anormal, no es un segregado. Como todos los biógrafos, también Unamuno parangona su héroe con otros héroes, y éstos se llaman el Cid, Santa Teresa, Pizarro, Ignacio de Loyola, sobre todo Ignacio de Loyola.

No hay que asombrarse de estos acercamientos. Unamuno se atreve con otros más tremendos: pone al caballero de la triste figura al lado de la sombra del Crucifijo, y más de una vez nos muestra de qué medios estupefacientes se vale el loco hidalgo para realizar, mejor que muchos cristianos, las enseñanzas de Jesús...

Pero el mellizo de don Quijote es, para Unamuno, el creador de la Compañía de Jesús, el caballero errante de la fe, el antiguo soldado del mundo, que quiso volverse - y lo logró- capitán de almas. En esto el don Quijote de Unamuno es profundo, pues no es monocorde, no tiene un carácter solo, no personifica una idea fija. El vasco trata al manchego como a una auténtica personalidad histórica, como a un santo laico, del que Cervantes hubiese sido el único e imperfecto evangelista. Por eso no reduce su figura a un esquema unitario, quitándole y despedazándole el cuerpo que el arte le ciñó, sino que, al contrario, no satisfecho de lo que el libro da, añade en lugar de quitar, allí donde el viejo historiador calló o no dijo lo suficiente. Presa total de don Quijote, Unamuno no habla de Cervantes sino para reprocharle indirectamente el no haber comprendido a su héroe. El veterano de Lepanto es para él un interpretador necesario, y tan sólo por esto lo tolera.

El moderno biógrafo, a pesar de seguir fielmente capítulo por capítulo al biógrafo antiguo, no se presenta una vida mucho más complicada y completa que la que le sirve de texto y de cartabón; nos da la vida externa, explicada, justificada e ilustrada por lo interior.

Don Quijote es para Unamuno el espíritu humano que se acrecienta y ensancha en la locura, en el abandono al propio destino, en la búsqueda de la gloria y de la grandeza, y es, al mismo tiempo, el símbolo vivo de su raza, el sucesor y el compañero de aquellos idealistas valerosos y pugnaces y de aquellos cristianos místicos y enamorados, que constituyeron, en el pasado, la más verdadera nobleza de España.

Existe un pasaje en el comentario de Unamuno que ilumina singularmente esta repetida identidad. Narra, repitiendo a Cervantes, la manera como nuestro caballero, habiendo dado con algunos mercaderes toledanos, se plantó ante ellos, queriendo que atestiguaran que no existía en todo el mundo mujer más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

"Es ésta -comenta Unamuno- una de las más quijotescas aventuras de don Quijote, es decir, una de aquellas que elevan más alto el corazón de los redimidos por su locura. Esta vez don Quijote no busca contienda para defender a un necesitado o enderezar un entuerto o reparar una injusticia, pero sí en defensa y conquista del reino de la fe. Quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones mercantilizados veían solamente el reino material de las riquezas, que existe un reinado espiritual, redimiéndolos así a todas costas.

"Los mercaderes no se dieron por vencidos a las primeras, y, reacios a los discursos, acostumbrados a lo ambiguo, estiraron la confesión, aduciendo como disculpa el no conocer a Dulcinea". Y aquí don Quijote monta en quijotismo y exclama: "Si yo os la hiciera ver, ¿qué mérito habría en confesar una verdad tan manifiesta? Lo importante es que, sin verla, creáis, confeséis, juréis y sostengáis. ¡Admirable Caballero de la Fe! ¡Cuán profundo es el sentido de tus palabras! Fuiste de tu pueblo -del pueblo español- que bien alcanzó lejanías con la espada en la diestra y en la siniestra la cruz, para hacer confesar a desconocidas gentes un credo que ignoraban. Sólo que alguna vez equivocóse de mano, levantó la espada y golpeó con el crucifijo". No podríase mejor, en pocas palabras, exaltar el verdadero carácter del héroe creyente y -al mismo tiempo- disculpar la ignorancia religiosa de los españoles y los horrores de sus conquistas de allende los océanos.

[...] Todos aquellos que quieran entender mejor al eterno Don Quijote y quieran acrecentar su amor para la infeliz y desconocida España, deben volver a ella, siguiendo la voz de este Unamuno, que está entre los más austeros despertadores de espíritus que existen hoy en el mundo.

Por Giovanni Papini

(Traducción de Atilio E. Caronno)

Publicado el 10 de diciembre de 1923 en La Nación de Buenos Aires

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - LIMA BASQUE CENTER

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viernes, 1 de agosto de 2008

Alexander A. Parker "El concepto de la verdad en el Quijote"

No cabe duda de que la obra de don Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, es la más importante que hasta ahora se ha escrito sobre este tema. Sin embargo, como ya han apuntado varios críticos, es una obra a la cual pueden hacerse muchos reparos. Un aspecto de esta obra que me parece muy discutible, pero que hasta ahora nadie ha criticado, es la interpretación del Quijote a base del supuesto idealismo del concepto de la verdad que encontramos en la obra maestra. Tiene razón Castro en señalar la importancia fundamental de este tema para la comprensión de la novela, pero me parece que su afán de presentar a Cervantes como un pensador «moderno» que se adelantó a su época, rechazando la filosofía y teología de la Contrarreforma, le lleva aquí, como en otras partes de su obra, a cierta exageración.

Mantiene Castro que a Cervantes le preocupa, en casi todas sus obras, el problema de la realidad objetiva, de si el testimonio de los sentidos es seguro o falaz. Para él el pasaje más significativo de toda la obra de Cervantes son estas palabras que dirige don Quijote a Sancho: «Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa». Basándose en este texto, Castro nos presenta a Cervantes como uno de los pensadores antiescolásticos del Renacimiento, para los cuales la mente humana no refleja pasivamente la realidad, sino que se vuelve «su modelador ideal». Los sentidos engañan; hay que partir de los estados de conciencia para conocer lo que realmente son las cosas. En el Quijote, pues, encontramos el germen del idealismo filosófico moderno; y de esto se sacan consecuencias importantes para la ética. La verdad estriba en un punto de vista personal; asimismo la moral de Cervantes es, según Castro, «un sistema de moral autónoma» basado en la conformidad con la naturaleza, pero no con la naturaleza en el sentido de ley natural, sino con la naturaleza o manera de ser del individuo. La moral consiste en permanecer fiel a la propia manera de ser. Don Quijote tiene el derecho de «seguir el camino que su especial naturaleza le señala»; tiene su propia ley, «por la que discurre merced a altos e inescrutables motivos». Este camino y esta ley son plenamente legítimos para él, y nadie tiene el derecho de impedir que los siga. Cuando Sansón Carrasco logra vencerle, imposibilita que don Quijote siga viviendo. Tiene que morir; pero su vida ha sido una «síntesis inefable que armoniza los contrarios». El problema filosófico del conocimiento de la verdad lo presenta la novela como «problema infinito para el espíritu», y esto eleva el plano artístico de la obra. Castro concluye con estas palabras: «¿Dónde está la verdad o el error? ¿Infringe don Quijote el sistema de las concordancias naturales, o es que deberíamos superar esta moral (casi física y biológica) que percibimos con tanta evidencia, y lanzarnos a inventar otras dimensiones? Quedan vibrando en el ánimo los ecos del problema —claros, patentes—, que se nos brinda como un campo de infinitas experiencias artísticas e intelectuales».1

Este concepto idealista de la verdad refuerza la interpretación romántica del Quijote que viene aceptándose desde hace un siglo: don Quijote es un loco sublime, con pleno derecho de serlo, y más cuerdo en su locura que los hombres aferrados a la prosaica y mezquina realidad. Cierto que la obra de Castro presenta esta exaltación del quijotismo de una manera mucho más discreta y aceptable que la de Unamuno, la cual rebasa los límites de lo sensato; sin embargo, no dista mucho de ser en el fondo la misma cosa. Hemos de creer, como tantas veces se nos ha dicho, que sólo a la época moderna, es decir, a la post-romántica, le ha sido dado ahondar en la grandeza del Quijote, la cual se les escapó a los siglos xvii y xviii y, según algunos, al mismo Cervantes.

Ahora bien, contra esta exaltación del quijotismo me parece necesario reaccionar para llegar a comprender la intención de Cervantes. No hay que apresurarse a atribuirle ideas ajenas a las de sus compatriotas y contemporáneos sin averiguar primero si es posible llegar, sobre la base de las ideas de su época, a una interpretación del Quijote que tenga trabazón y densidad. No niego que un autor genial puede introducir en su obra ideas sugestivas de que él no llega a darse cuenta clara, pero que son patentes para los críticos posteriores. Si me atrevo a presentar una interpretación opuesta a la de Castro, es porque, ante todo, creo que da a la obra más valor. Cualquier interpretación del carácter de don Quijote que se haga a base de la exaltación del quijotismo, sea ésta mesurada o extravagante, me parece demasiado simplista; por eso trataré de probar que el concepto que de él tenía Cervantes es mucho más sutil y complejo. El relacionar el tema del Quijote con el idealismo filosófico podrá hacer «infinitamente sugestiva» la novela, pero más bien obscurece que aclara los problemas de la vida humana, puesto que eleva los motivos de don Quijote a un plano donde quedan «inescrutables». En cambio, si la novela se interpreta desde el punto de vista de la filosofía realista; si la realidad es lo que es, y si la causa por la cual las acciones de los hombres se conforman con la realidad o se oponen a ella, la buscamos en el interés de los personajes porque las cosas sean de un modo o de otro, entonces la visión de la vida humana en el Quijote se presta a un análisis que da a la novela un sentido preciso, tan valioso para nuestro siglo como para el xvii. Y no olvidemos que para los españoles de entonces no sólo eran analizables los motivos humanos, sino que el hacerlo era la mejor manera de alcanzar la sabiduría.

Vale la pena, para empezar, citar en su contexto el pasaje de que se sirve Castro para demostrar que la verdad para Cervantes es relativa a la mente que la forja:

Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste te juro, dijo don Quijote, que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo: ¡qué!, ¿es posible que en cuanto ha que andas conmigo, no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no porque sea ello así, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores, que todas nuestras cosas mudan y truecan, y las vuelven según su gusto y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa […]2

Las cosas, pues, parecen hechas al revés, no porque lo sean en realidad, sino por obra de encantadores. Y si hay algo claro y patente en el Quijote es que los encantadores que imagina don Quijote son los hombres mismos, y en primer lugar él mismo. La bacía de barbero es bacía de barbero; el encantador que la transforma en yelmo de Mambrino es el propio don Quijote. Siendo esto así, lo importante es averiguar por qué la transforma de esta manera. Claro es que está loco; pero esta explicación no basta: la cuestión es más complicada que eso, puesto que no sólo don Quijote, sino también el barbero, el cura, don Fernando y Cardenio y sus compañeros juran que la bacía es yelmo, hasta que llega un momento en que el dueño que la reclamaba no sabe a qué atenerse. Los viajeros que llegan a la venta intervienen en la disputa afirmando que es una bacía, y el resultado es una barahúnda que para don Quijote es la discordia del campo de Agramante. Es decir, aunque es don Quijote quien primero introduce la confusión en la vida, son los demás hombres los que la aumentan. No sólo él, sino casi todo el mundo se burla de la verdad. Toda la novela se construye sobre la base de la acción recíproca de la locura de don Quijote, por la cual se engaña a sí mismo, y de las burlas mediante las cuales los demás le engañan. Y en medio está Sancho, ora engañando, ora engañado. Dorotea se transforma en la princesa Micomicona; Sansón Carrasco, en el Caballero de los Espejos; el duque transforma a su mayordomo en la condesa Trifaldi y a su lacayo en Tosilos. Don Quijote transforma a una labradora en Dulcinea. Sancho invierte esta transformación, cambiando a Dulcinea en una labradora; pero pronto se encuentra confuso y perplejo, puesto que la duquesa le asegura que esta labradora era, en efecto, Dulcinea, y que él, pensando engañar, era el engañado.

De todo esto se deduce claramente el concepto de la verdad en el Quijote. Cada cosa y cada persona tienen su identidad inalterable, pero la mente humana tiene que interpretarla. Los sentidos no engañan, pero los hombres sí. Y puesto que el hombre es un ser social, el conocimiento de la verdad no sólo depende de cómo interprete él la realidad, sino que depende también del testimonio de los demás hombres. Y cuando éste falla, surge la confusión y la perplejidad. No son solos el caballero loco y el escudero simple los que se hallan perplejos ante la apariencia de las cosas. Al leer la carta que escribió la duquesa a la mujer de Sancho, dudan el cura y el barbero si las cosas que allí se dicen son veras o burlas. Contra el testimonio de la carta hay otro testimonio, el que las duquesas no se portan así:

[…] nosotros, aunque tocamos los presentes y hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas de don Quijote, nuestro compatriota, que todas piensa que son hechas por encantamiento.3

Una cabeza de bronce puede engañar a personas sensatas e inteligentes; al responder a sus preguntas, parece corroborar el aserto del dueño de que la fabricó «uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo». Hay un mono que adivina: los propios ojos de don Quijote ven lo que nunca hubiera creído, resistiéndose a darles crédito, hasta caer en la cuenta de que ello se hace por arte diabólico. Sin embargo, todo se puede explicar por causas naturales: en cada caso son los hombres, y no las cosas ni los animales, los que engañan. Sólo los hombres saben mentir.

Pero justamente lo que conduce a la perplejidad y a la confusión es que a veces es más difícil aceptar la explicación que la contradicción misma, porque uno puede ser engañado por personas a quienes se creería incapaces de mentir. El que don Quijote crea en la intervención de encantadores se justifica hasta cierto punto, ya que, si no, no habría más remedio que creer que un caballero noble y honrado puede mentir. Cuando se descubre que Tosilos no es Tosilos, sino el lacayo del duque, doña Rodríguez y su hija piden justicia de «tanta malicia, por no decir bellaquería». «No vos acuitéis, señoras, dijo don Quijote, que ni ésta es malicia ni es bellaquería, y si lo es, no ha sido la causa el Duque, sino los malos encantadores que me persiguen».4 Y cuando Sancho le advierte a su amo que el rostro del mayordomo del duque es el de la condesa Trifaldi:

Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y habiéndole mirado, dijo a Sancho: No hay para que te lleve el diablo, Sancho… que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo; pero no por eso el mayordomo es la Dolorida, que a serlo implicaría contradicción muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería entrarnos en intrincados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.5

Sin embargo, es engaño y no encantamiento. El encantador es el duque, que se sirve de la mentira, a pesar de ser caballero y honrado. Casi todos los personajes de la novela falsean la verdad, mintiendo o aparentando ser lo que no son. Y ahora tenemos que preguntarnos por qué lo hacen.

Sansón Carrasco, según dice Sancho, «es persona bachillerada por Salamanca, y los tales no pueden mentir sino es cuando se les antoja o les viene muy a cuento».6 De todas estas personas que no pueden mentir y a quienes, sin embargo, se les antoja mentir, son los duques los más desvergonzados. En esto sólo buscan su propio entretenimiento; sin ningún escrúpulo, sin conciencia de su propia dignidad, se divierten burlándose de un loco y de un simple. «Satisfechos los duques de la caza, y de haber conseguido su intención tan discreta y felizmente, se volvieron a su castillo con prosupuesto de segundar las burlas, que para ellos no había veras que más gusto les diesen».7 Por no hallar gusto en la verdad, el mentir les viene muy a cuento; pero al final dice Cide Hamete «que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos».8

Aunque estas burlas contribuyen al cabo a la purificación de don Quijote y Sancho, el efecto inmediato es todo lo contrario, ya que hacen que don Quijote tome por ciertas sus propias ilusiones y que Sancho se confirme en su engreimiento y en sus sueños ambiciosos de grandeza. El que hasta entonces don Quijote no había estado convencido en su fuero interno de que era verdadera su interpretación de la realidad, y que fue la acogida burlesca de los duques lo que le confirma en su interpretación, nos lo dice Cervantes bien claro: «Aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos».9

Sancho también falsea la verdad con deliberación, haciendo que su amo no dé crédito a sus propios ojos y que acepte a una labradora como Dulcinea. El motivo de Sancho es el deseo egoísta de ocultar una mentira anterior, pero en vez de arrepentirse de este cruel embuste, se envanece luego de su industria. Habiendo aprendido que la mentira le puede aprovechar, Sancho ya se va volviendo otro. Cuando miente otra vez con el cuento fantástico de lo que vio en su viaje por el cielo, su motivo es ya la vanidad: creyendo las mentiras de los demás, que han hecho de él una persona importante, no vacila en mentir a su vez para levantarse a sí mismo a las estrellas. Esta mentira le sitúa en un plano de locura semejante al de su amo, pues don Quijote dice con mucha razón, aunque quizá con cierta socarronería, que si Sancho quiere que él crea este cuento, Sancho tendrá que creer el cuento igualmente fantástico de lo que él vio en la cueva de Montesinos.

Cuando el barbero, el cura, don Fernando y Cardenio afirman que la bacía es yelmo, tienen el mismo motivo para esta burla que tendrán después los duques para las suyas: fomentar la locura de don Quijote para divertirse. «Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla, para que todos riesen […]».10 Hay muchas personas en las dos partes de la novela que hacen lo mismo. Aunque el barbero y sus compañeros tienen también sus puntas de locos, tienen, sin embargo, más dignidad moral que los otros. Encuentran divertidas las extravagancias de don Quijote y se ríen de ellas; pero al mismo tiempo se compadecen de él, y su objeto principal es hacerle volver a su casa para que se cure de su locura. A diferencia de los duques, le tienen a don Quijote simpatía y cariño, pero los medios que utilizan son contraproducentes. Le siguen el humor, fingiendo darle la razón, por su bien; pero al hacer esto se burlan ellos mismos de la verdad. ¿De qué sirve quitar la causa de su locura, tapiando el aposento de sus libros, si refuerzan la locura al decirle que ello ha sido obra de un malévolo encantador? ¿De qué le sirve al cura negar a don Quijote que sea verdad todo lo contenido en los libros de caballerías, si se pone en seguida a inventar un reino de Micomicón y a convencer a don Quijote de que anda encantado?

De este grupo de mentirosos bien intencionados es el bachiller Carrasco el menos apreciable. De él nos dice Cervantes que es «de muy buen entendimiento», «aunque muy gran socarrón» y «amigo de burlas».11 Tanto gusta de la locura del caballero y del escudero, que a sabiendas les envanece con sus lisonjas. Sin embargo, les incita con buena intención a salir otra vez en busca de aventuras, y la traza que idea para que don Quijote se vuelva a casa y se quede en ella es bastante hábil. Pero el que Carrasco se disfrace de caballero andante es de por sí una mentira ridícula, por no decir deshonrosa. Él se divierte con la farsa, pero él mismo es víctima de esta mentira. Don Quijote y Sancho lo son también por otra razón, ya que de resultas de esta mentira les es mucho más difícil conocer la verdad. «En altas voces dijo [don Quijote]: Acude, Sancho, y mira lo que has de ver, y no lo has de creer».12 Porque ¿cómo es posible que el caballero vencido sea el bachiller? «Estemos a razón, Sancho, replicó don Quijote: ven acá, ¿en qué consideración puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo, por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión para tenerme ojeriza?»13 Otra vez la única explicación que parece «razonable» es el encantamiento. Gracias a la conducta de sus semejantes, don Quijote se afirma en la creencia de que las cosas no son lo que parecen ser. Y otra vez se da cuenta el lector de que hay más de un loco: «don Quijote loco, nosotros cuerdos», dice Tomé Cecial al derrotado Carrasco, «él se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste; sepamos, pues, ahora ¿cuál es más loco, el que lo es por no poder menos, o el que lo es por voluntad?».14

De manera que, para Cervantes, los duques y Carrasco son tan locos como don Quijote. Aquéllos falsean la verdad deliberadamente, haciendo que las cosas aparenten ser lo que no son, para divertirse en daño del prójimo. Ahora bien, ¿con qué motivo falsea don Quijote la verdad, sosteniendo que una bacía es yelmo o que unos molinos son gigantes? Porque quiere lograr fama de héroe: teóricamente, en daño de los malhechores; en la práctica, la mayor parte de las veces, en daño de los inocentes. Sus lecturas le han enseñado que el heroísmo es algo extravagante y fantástico. He aquí lo malo de los libros de caballerías: no dar testimonio de la verdad. Este primer falseamiento de la verdad conduce a otro: enfrascado en estas lecturas, llega don Quijote a verse distinto de lo que es y a llenarse de una enorme vanidad. «Yo sé quién soy […] y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí hicieron, se aventajarán las mías».15 Las demás distorsiones de la verdad nacen de esta fantástica megalomanía. Los molinos se convierten en gigantes, la bacía de barbero en yelmo de Mambrino, para mayor gloria y lustre suyo. Educado en la mentira por los libros, trastornando la realidad con su arrogancia y con su ambición, don Quijote se pasea por un mundo de mentiras, nacidas algunas de la malicia, la bellaquería o el egoísmo de los hombres, y otras de las buenas intenciones de sus amigos, pero mentiras todas.

Es verdad que él tiene un ideal genuino que, considerado en abstracto, es noble. Y es verdad también que es admirable la tenacidad con que se aferra a todo trance a la que cree ser su vocación. Pero lo esencial es que su vanagloria corrompe su ideal y lo debilita y destruye en la práctica. A través de toda la primera parte, don Quijote, a pesar de su nobleza y elevadas miras, es un peligro para la sociedad: acomete y hace daño a viajeros inofensivos, llegando a veces casi a matarles, y pone a los criminales en libertad. Cuando proclama que el único móvil de sus acciones es el altruismo, cuando menciona sus propias virtudes caballerescas para justificar su modo de vivir, rebaja la altura de su ideal al añadir que todo ello va encaminado a la gloria mundana.16 Y en seguida echa a perder toda su defensa y envilece su ideal atacando violentamente a un cabrero y a unos hombres que llevan una imagen de la Virgen en procesión.

De aquí la disconformidad que hay entre sus palabras y sus acciones. De esta disconformidad él mismo se da cuenta en la segunda parte en más de una ocasión; primer paso en el retorno hacia la cordura.

¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuesa merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuesa merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado, como debo de haberle parecido.17

Esto lo dice a propósito de la aventura de los leones, de la que dice Cervantes «hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura». Tratando de disuadirle de acometer esta aventura, le había dicho don Diego que «la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza». Esta locura la justifica don Quijote con estas palabras, que son muy importantes para conocer la verdadera naturaleza del quijotismo: «El acometer los leones, que ahora acometí, derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía».

El quijotismo estriba en abandonar el justo medio (que para los españoles del siglo xvii era la virtud natural de la discreción)18 para lanzarse al extremo de lo «exorbitante».

El que prefiera don Quijote la temeridad a la cobardía es bastante razonable, según su propia explicación. Pero en realidad no se trata de eso; se trata de preferir la temeridad a la verdadera y «discreta» valentía. Es aquí donde anda errado don Quijote, pues continúa diciendo: «y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen: el tal caballero es temerario y atrevido, que no: el tal caballero es tímido y cobarde». «Mejor suena en las orejas de los que lo oyen […]» Don Quijote, pues, llega «al extremo de su jamás vista locura», no porque tenga un ideal que se lo exija, sino porque tiene puesta la mira en su propia fama. Por eso le había dicho poco antes a don Diego que los caballeros andantes buscan peligrosas aventuras «sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera».19

Para que la bondad innata de don Quijote sea la medida de sus acciones, es menester que su ideal se depure de todo egoísmo. Tiene que renunciar a su arrogante ambición, tiene que abatirse hasta reconocer con humildad la realidad de las cosas y de sí mismo. En la segunda parte, él sufre solamente, sin hacer que sufran los demás; la confianza en sí mismo se va tornando en depresión espiritual; cuando en el capítulo XXXII se defiende contra un acusador, a su defensa ya no puede hacerse el reproche de la ambición; por fin abraza la humildad cuando ve las imágenes de cuatro santos, reconociendo el fracaso de su vida como caballero andante. Su derrota precipita su conversión: «Cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria, y así me han salido al gallarín mis presunciones […]».20

El que recobre el caballero su salud mental en el lecho de muerte no es, como han creído muchos, un final meramente convencional para satisfacer las exigencias de la sátira literaria ni la señal de la derrota por quebrantamiento de la voluntad, sino que es la lógica culminación de esta transformación psicológica y moral, que ya había empezado en el primer capítulo de la segunda parte, cuando confiesa públicamente su extravío al decir: «Ni procuro que nadie me tenga por discreto, no lo siendo». La cordura y la discreción, que consisten en darse cuenta exacta de lo que es verdad y de lo que es mentira, se unen necesariamente en el caso de don Quijote al arrepentimiento moral; así dice a los circunstantes: «Pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía». Creyendo que alguna nueva locura se apoderaba de él, le dice Sansón Carrasco que «se deje de cuentos». Pero don Quijote ya no trata de cuentos; reconoce que aunque los de caballerías son mentirosos en el orden histórico, han sido demasiado verdaderos para él en el orden moral. Así le contesta a Sansón: «Los de hasta aquí, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte con ayuda del cielo en mi provecho». Y prosigue: «Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa, déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese, que en tales trances como éste, no se ha de burlar el hombre con el alma». Para mí son éstas las palabras más conmovedoras de toda la obra. Ellas resuelven todo el problema de la verdad, que es el asunto de la novela. En su lucha con la mentira —con la mentira propia y con las mentiras de los hombres que le rodean—, ha llegado don Quijote, por medio del sufrimiento y de la humillación, a darse cuenta de la verdad suprema, que «no se ha de burlar el hombre con el alma». Creo que en esta frase, sencilla y profunda a la vez, se cifra toda la filosofía y toda la enseñanza que hay en el Quijote.

También Sancho, a su modo, llega a esta sabiduría por descubrir los peligros de la ambición. Recordemos que su prudencia como gobernador consiste justamente en discernir la verdad a través de las mentiras de los hombres. «Cada día, observa el mayordomo, se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados».21

Todo esto, sin embargo, no agota la antítesis entre verdad y mentira que hay en la novela. En el transcurso de ella, dos personajes, sabiendo que la vida no es cosa de burlas, le habían hablado en serio a don Quijote; uno en la primera parte; otro, en la segunda. A diferencia de los demás, ni se burlaron de él ni le siguieron el humor: le dijeron la verdad francamente y sin rodeos. Pero se la dicen de distintas maneras, y Cervantes quiere que esto nos aleccione. El canónigo de Toledo no se ríe, como se ríen los demás, cuando le cuentan las hazañas de don Quijote. Dice Cervantes que se vuelve a él «con compasión». Le trata con respeto y cortesía, y hace lo que nadie había hecho hasta entonces. No siente la necesidad de condescender con él; reconociendo que es hombre inteligente, discurre razonablemente sobre los libros de caballerías y le recomienda con amabilidad y mesura que sea sensato y prudente: «Ea, señor don Quijote, le dice, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el felicísimo talento de su ingenio en otra lectura que redunde en aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra».22 La contestación de don Quijote a las razones sensatas y comedidas del canónigo sirve de contraste, pues habla y obra de la manera más disparatada.

El eclesiástico del palacio del duque es también hombre serio que no gusta de burlas ni frivolidades, pero carece en cambio de la mesura del canónigo. Se dirige a don Quijote «con mucha cólera», como dice Cervantes, y le insulta. «Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante, y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga; volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen.»23 Este consejo viene a ser exactamente el mismo que el que le dio el canónigo, pero ¡qué diferencia en el modo de darlo! La intolerancia y grosería del eclesiástico hacen que don Quijote responda con dignidad y aun con cierta mesura; es decir, hacen del loco cuerdo y del cuerdo loco.24

Para conocer la verdad, no basta conocerse a sí mismo, no basta un sincero examen de conciencia; es necesario que el testimonio y la conducta de los demás hombres la den a conocer también. Pero hay distintos modos de dar testimonio de la verdad: unos son recomendables y los otros no. Al caballero loco y extravagante no hay que escarnecerle ni denostarle, no hay que reírse de él ni seguirle el humor. Hay que decirle siempre la verdad, pero con simpatía, respeto y cortesía. El hombre que zahiere a don Quijote en las calles de Barcelona, mandándole que vuelva a su casa antes de que todo el mundo se contagie de sus extravagancias, corre parejas en locura con el eclesiástico. Cuando se le dice que «la virtud se ha de honrar dondequiera que se hallare», y que no se meta donde no le llaman, se da cuenta súbitamente de su locura y determina de ahí en adelante no dar consejo a nadie, aunque se lo pida.25

En cambio, don Diego de Miranda es, como el canónigo, un ejemplo de cordura y de discreción, justamente porque, como él mismo dice, «ni gusto de murmurar ni consiento que delante de mí se murmure: no escudriño las vidas ajenas ni soy lince de los hechos de los otros».26 Por eso, aunque llega a convencerse de la locura de su huésped, se guarda muy bien de decírselo, tratándole siempre con el mayor respeto.

Siendo todo esto, como creo, el concepto de la verdad que representa y desarrolla el Quijote, no veo que haya en él ningún problema de orden epistemológico. No cabe duda de que la obra subraya lo difícil que es conocer la verdad, así como comunicarla o difundirla. Debido a esta dificultad, la vida es un «intrincado laberinto» en que andan confusos los hombres. «Dios lo remedie», dice don Quijote en una ocasión, «que todo este mundo es máquinas y trazas contrarias unas de otras. Yo no puedo más […]».27 Pero la dificultad está en el plano de la moral, no en el de los sentidos. La dificultad que hay en alcanzar la verdad se debe a la arrogancia, al engreimiento, al egoísmo, a la frivolidad, a la cólera, a la grosería, a la intolerancia y al entremetimiento de los hombres; todo lo cual falsea la verdad de tal manera que todos debemos, como don Quijote, «rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre de malos hechiceros y de malos encantadores». Pero primero es menester estar seguros de que no nos estamos burlando con el alma. El bien y el mal forman la urdimbre y trama de la vida humana; aun los hombres vanidosos y disparatados tienen algo de bueno, que requiere que se les trate con simpatía y comedimiento; no nos metamos donde no nos llaman para no despeñarnos por la cuesta de la locura.

En resumen, la realidad no es ambigua; el mundo es razonable de suyo; sin embargo, reina en todo él la discordia del campo de Agramante, puesto que los hombres son muy propensos a falsear la verdad cuando creen que esto les conviene. Que el mundo es, en efecto, el campo de Agramante, formado de «máquinas y trazas contrarias unas de otras», lo sabemos, por desgracia, muy bien hoy día; y este desconcierto la filosofía del idealismo ni nos lo explica ni nos prepara para superarlo. Si no hubiera más que esto, creo que el Quijote sería una obra desconsoladora. Pero hay algo más: hay una realidad, la última de todas, que no es fácil de falsear; y es muy consolador el que nos sea difícil a los hombres burlarnos con el alma a la hora de la muerte.

(*) Alexander A. Parker, «El concepto de la verdad en el Quijote», en Revista de Filología Española, 32 (1948), pp. 287-305. volver

(1) El pensamiento de Cervantes, Madrid: Hernando, 1925, pp. 81-83, 88, 124, 140-142, 331, 336, 357.

(2) Quijote, I, 25.

(3) II, 50.

(4) II, 56.

(5) II, 44.

(6) II, 33.

(7) II, 35.

(8) II, 70.

(9) II, 31.

(10) I, 45.

(11) II, 3.

(12) II, 14.

(13) II, 16.

(14) II, 15.

(15) I, 5.

(16)

«De mí sé decir que, después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos, y aunque ha tan poco que me vi encerrado en una jaula como loco, pienso por el valor de mi brazo, favoreciéndome el cielo, y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días, verme rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho encierra… Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho» (I, 50).

(17) II, 17.

(18) Creo que no se ha dado al concepto de discreción toda la importancia que merece. Aunque ya en la época de Cervantes había llegado a significar cosas diversas es necesario tener siempre en cuenta el sentido primero para comprender las ideas morales de los españoles de aquel tiempo. Véase el estudio valioso de Margaret J. Bates, «Discreción» in the Works of Cervantes: A Semantic Study (Washington: The Catholic University of America Press, 1945). He hecho un estudio del desarrollo del concepto de la discreción desde la época patrística hasta Calderón en un apéndice a mi edición del auto calderoniano No hay más fortuna que Dios, que publicará dentro de poco la Manchester University Press [A. A. Parker (ed.), Pedro Calderón de la Barca, No hay más fortuna que Dios, Manchester: Manchester University Press, 1949].

(19) Cuando no hay posibilidad de alcanzar fama, don Quijote no es temerario, sino «discreto». Sancho le increpa por haberle desamparado en la aventura del rebuzno: «No huye el que se retira, respondió don Quijote; porque has de saber, Sancho, que la valentía, que no se funda sobre la base de la prudencia, se llama temeridad; y las hazañas del temerario más se atribuyen a la buena fortuna, que a su ánimo» (II, 28).

(20) II, 66.

(21) II, 49. También demuestra Sancho cierta sabiduría práctica relacionada con el tema que venimos estudiando, cuando al enterar a su mujer de su nombramiento como gobernador le escribe: «No dirás desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro» (II, 36). Hay que recatarse con cierta cautela de la malicia de los hombres, doctrina que llevará al extremo de lo antisocial la moral de Gracián.

(22) I, 49.

(23) II, 31.

(24) Este paralelismo —la repetición en la segunda parte de un incidente de la primera: la misma acusación y el mismo consejo, pero con un cambio en el rango moral de los acusadores, y, por tanto, del acusado— me parece tan importante para el estudio de la arquitectura del Quijote como para su interpretación. No sé si algún crítico ha reparado ya en él. No creo que sea demasiado caprichoso ver una extensión de este paralelismo en el hecho de que, después de la conversación con el Canónigo, ve don Quijote una imagen de la Virgen, que no reconoce y que le lleva a portarse de la manera más desatinada; mientras que después de la conversación con el eclesiástico (aunque, por cierto, con un intervalo más largo), encuentra las imágenes de los cuatro santos, que esta vez reconoce, y que le llevan a un acto de humildad, y, en cierto sentido, de contrición. Combinados estos cuatro incidentes, marcan los dos primeros el descenso moral de don Quijote y los dos segundos su ascenso, constituyendo así cada par un elemento integrante en el paralelismo general de las dos partes.

(25) II, 62.

(26) II, 16.

(27) II, 29.

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